Y con la cabeza sobre tu pecho
oscilando en la penumbra
sin pensar
o, por qué no, pensando en las orillas de este poema
que se circunscribe en el silencio,
en el viento abisal de tu voz quebrada,
en el lenguaje incoherente del amor,
en Ciorán y en todos los apátridas del tiempo,
en nuestros hijos –esos que no han nacido y que jamás nacerán-,
en los poetas muertos,
en las bocas llenas de flores,
en el tiempo que caerá sobre mis manos,
sobre nosotros en la penumbra en el dolor de palabras extranjeras como amor poema o yo.
Esther Cabrales (Madrid, 1973). Poeta. Ha cursado estudios de Derecho y de Filología Hispánica que jamás concluyó, porque siempre estuvo profundamente dedicada al sector financiero. Ha publicado Erosión (Renacimiento, 2017), Cuerpos (Renacimiento, 2019), Animal (Torremozas, 2021), Lengua muerta (Páramo, 2021), Mondo (Bajamar, 2024). Poemas suyos han sido incluidos en antologías nacionales, como son Rojo Dolor (Renacimiento, 2021), Distopía en femenino (Elenvés, 2023).
martes, septiembre 22, 2009
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6 comentarios:
Un fuerte abrazo desde Brighton, Esther.
Espero que podamos seguirnos mútuamente.
Daniel Yáñez, un amago de apátrida en el tiempo.
Yo tengo un hijo no nacido y que nunca nacerá que se llama Lucas. Mola, es buen tío, no hace casi ruido y sólo aparece si le llamo.
Hoy te envío el cuento para el dibu.
Besos.
Leí el otro día que "la verdad es siempre extranjera", quizá por eso palabras como amor, palabra y yo sólo sean ciertas si son extranjeras, sólo entonces dirán su verdad.
Hay una suspensión que me gusta mucho en el poema, como si se mantuviera en un precario equilibrio.
yo he tenido mis problemas por morirme algunas noches. un saludo!
Subrayo lo que dice Rubén. Me invade una sensación de flote frente a la inmensidad cuando leo este poema.
Una latencia detrás que cada palabra...
Pensar en las orillas del poema, en las bocas llenas de flores y en las palabras que nos resultan extranjeras ... amor, poema o yo.
Es tan exacto lo que escribís, Esther. Si esas palabras no nos resultaran extranjeras no escribiríamos, no nos arrancaríamos las flores de la boca, no nadaríamos hasta esa orilla que invariablemente retrocede ante cada brazada y se desplaza sin que podamos alcanzarla. Ese es el prodigio y la condena.
Un abrazo.
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