miércoles, mayo 05, 2010

OJOS DE PEZ

Esta pasión mía por los peces, no se fraguó con el arrullo del mar de fondo, sino en la cocina de mi abuela, con aquel acogedor cacharreo. Mi infancia transcurrió en el pequeño patio de cemento, habitado por macetas rojas donde florecían admirables selvas domésticas que acogían toda suerte de insectos. Era un lugar fresco, por lo sombrío, y durante las vacaciones estivales era agradable pasar el tiempo allí, arrodillado, jugando a matar hormigas, arrojando sobre ellas un espumoso salivazo blanco. Verlas naufragar de su Nautilus era todo un acontecimiento. Mientras, mi abuela canturreaba desde dentro de la cocina coplas y preparaba la comida con suma dedicación.

Cuando traía pescado fresco, no me apartaba ni un instante de sus faldas. Me gustaba ver cómo lo destripaba, abriéndolo en canal desde la ijada hasta la cola. Primero les cortaba las cabezas con una tijera enorme, y un sonido estremecedor hacía que algo dentro de mí temblara. Luego las iba dejando a un lado, de modo que la montaña de despojos parecía arraigar en la encimera de mármol, y el perfume nauseabundo iba invadiendo el hogar. Mis pequeñas y aburridas manos buscaban entre ese viscoso y maloliente vertedero el modo de entretenerse, y aquellas cabezas atentas parecían llamarme en silencio. Así que, una por una, les iba arrancando los ojos y dejándolos apartados en un montoncito. Después, mis dedos regordetes espachurraban cada una de esas gelatinosas esferas y extraía de su interior unas preciosas perlas nacaradas, que ni las más recónditas ostras del Pacífico podrán jamás soñar, y con ellas fabricaba unas lindas pulseritas para Violeta, la niña guapa. A ella le fascinaban todas aquellas joyas que yo le regalaba, y preguntaba con insistencia el origen de aquel secreto tesoro que sólo yo conocía. Jamás lo confesé, pues algo pérfido parecía ocultarse bajo el velo de mi generosidad.

Sin más, Violeta, la niña guapa, lucía mis reliquias con un rostro esplendoroso y sus ojos centelleaban de emoción. Así fue como un buen día el terror asaltó despiadadamente mi vida, pues supuse que aquellos ojos abisales, los de Violeta, la niña guapa, debían esconder la más preciosa perla que jamás pudiera alcanzar. La perla que removería mi perversa curiosidad infantil.


Cuento publicado en el número 43 de la revista literaria Cuadernos del matemático.