jueves, octubre 30, 2008

martes, octubre 28, 2008

Distancias

Entre tu vida y la mía

existe un espacio de tiempo yermo,

que nos secciona

y nos prodiga

en una falsa cercanía

de fantasmas. Distancias.

Soy un cuerpo incorpóreo

de materia etérea.

Tócame. No me toques.

El camino es largo

para quien lleva en los ojos

una venda negra y certera.

Avanzo ciega por un camino baldío

esperando encontrar tu presencia,

y rozar las espinas de tu lengua con la mía.

Salvo distancias, turbada,

espinas, llagas,

y la lejanía no calma

este dolor de abandono

que se instala en mi cama.

Es la distancia la que me salva

de tamaña agonía.


domingo, octubre 26, 2008

El deseo cerró los ojos
y me pidió a mi.


lunes, octubre 20, 2008

Miedo


Todas las noches

un hombre extraño

en pijama y zapatillas

lee el periódico

sobre el sofá de mi salón.





jueves, octubre 16, 2008

Henry

¿Cómo es posible? ¿eh Henry? dime ¿cómo es posible? Será que en novela negra, Henry, abres un mundo que no abren otros. Ni Juan, ni Guillermo, ni siquiera Enrique. Un mundo de humo, y lluvia. Un mundo de cloaca y mujeres hermosas, rotas. Pero estamos aquí Henry. Y decir aquí es decir tierra de olivos. De Soberano. Esto no es Chicago Henry. ¿Y las conversaciones? Te comprendo, Henry. No es lo mismo ¿verdad, amigo? No es igual preguntar "ey Henry ¿viste cómo quedaron los Rangers? ¡qué partidazo! Somos americanos, ¿eh Henry? Los putos amos." No es lo mismo. No. No es igual pedir al barman un whisky doble sin hielo, y mirar de soslayo a ese tipo inhabitual en el Night Club. No. En novela negra no es lo mismo. No es igual Sabina que Waits. No. Te entiendo Henry. Entiendo que viéndote a ti, uno piense en gánsters, en ley seca, en sangre. "¿Ey Henry, irás el Día de Pascua a ver al Padre Benjamin?" Irás Henry. Y darás tu mano al Padre. Con la otra guardarás tu BlowBack. Y llegarás a casa. Tu mujer te estará esperando con un pastel de manzana recién horneado. Y le darás un beso. Un beso de amor verdadero. ¿Verdad Henry? Y los niños. ¿He dicho los niños? Porque tendrás hijos Henry. Los niños saltarán de alegría al verte. Se subirán sobre ti. ¡Papi! gritarán. Ellos no saben. Tranquilo Henry. Duerme. Yo también lo sé. Por eso, para mi, tu nombre sobra.

miércoles, octubre 15, 2008

Opciones que tienen que ver con esa raya llamada horizonte

Podría nadar y nadar. Nadar a contra corriente. Nadar hasta la extenuación. Dirigir la mirada hacia aquella línea llamada horizonte y no cejar en el empeño. Hasta conseguir alcanzarla. Tocarla.

Pero también podría dejar de mover los brazos y las piernas. Quedarme flotando como un pedazo de corcho, oscilando arriba y abajo, viendo cómo sube y baja aquella línea llamada horizonte, allí lejos. Siempre lejos. Y simplemente, observarla.

martes, octubre 14, 2008

El árbol de los deseos.

La noche aún permanece.

Son esas cosas que tiene el otoño.

Y entre mis brazos El árbol de los deseos.

Era Faulkner y no otro.

Pero no me llega.

"Si yo mandase en una guerra –dijo Éxodo-, me conseguiría un buen puñado de mujeres casadas, les vendaría los ojos, las pondría en una dirección y les diría: Sigan adelante tal como están ahora, y cuando tropiecen con alguien, será su marido. Así es como organizaría la guerra."

No
que no.

lunes, octubre 13, 2008

viernes, octubre 10, 2008

Negro, muy negro


Raymond Chandler

Decir novela negra es como decir Raymond Chandler pues fue él quien acuñó el término en su libro El simple arte de matar.


Aunque sería Dashiell Hammett el verdadero fundador del género -eso he leído-.

Dashiell Hammett

(Esta era la revista en donde publicaba sus relatos allá por los años 20)


Hay que ver qué individuos tan adecuados.


Me preguntaba, antes que nada, y ya que me tocará escribir sobre ello, qué elementos son los que deben definir a una novela negra, y me encuentro con palabras muy asiduas a los periódicos como miedo, violencia, injusticia, corrupción e inseguridad. Voilà! Chandler trabajaba de reportero en el London Daily Express y en el Bristol Western Gazette. Si a eso le sumamos su interés por la escritura, es comprensible que deba salir algo así como una novela negra. Inevitable. No basta entonces con que sólo aparezca un muerto, porque el muerto ya lo tengo. Por lo demás el texto narrativo debe contar con una atmósfera asfixiante y un lenguaje crudo, directo. En este tipo de relatos prevalece la sostenibilidad de la imagen decadente de la sociedad, y por ende, la falta de ética.


En algún sitio he leído también que la novela negra es una suma de género policiaco y violencia, y que existen tres tipos de novela negra dependiendo del punto de vista: la del detective, la del criminal o la de la víctima. Asi que, tengo el muerto y el punto de vista.


¿Es suficiente con esto para comenzar a escribir un relato de este género? Hombre, pues no, claro. Hay que sentir que se escribe para .Maten, maten ustedes pero con arte, como hacía Chandler, y después lo contamos.

miércoles, octubre 08, 2008

In principium error fuit

Me pregunto si yo también comencé con un mito, o como un mito, no sé qué es más exacto pensar. No me llamen vanidosa, no es esa mi intención. Ustedes también nacieron de un mito –eso creo, pregúntenles a sus padres si les esperaban sentados a la mesa del comedor al calor de un brasero-. ¿El mito de mi origen procede de un error demiúrgico? si es así, no dejo de ser tan tradicional y previsible como el resto. ¿Ven como no es para tanto? Por mucho que me empeñe, mi arranque en esta vida no es sino producto de un error de cálculo –entiéndanme, si la cuarta de cinco hermanos, no corresponde a un error de cálculo, a qué entonces-. No se esperó al novilunio. No. Ni se aguardó a la comunión de astros. No. Tan sólo fue una distracción. Un error del demiurgo aburrimiento. Eso me sitúa socialmente dentro de ese movimiento demográfico llamado baby boom de los años setenta que tan mal vendrá para las futuras pensiones. Y con esto reivindico mi posición dentro de la Generación Nocilla, que aunque literariamente y estilísticamente me toque de lejos –está bien, apenas si me roza- al menos me tocará alimenticiamente –extraña palabra-. Puedo demostrar que he ingerido decenas, qué digo decenas, centenas, ¡miles! de bocadillos de Nocilla de dos gustos, y aún lo hago. He bailado a Mecano y a Hombres G. Lloraba con Europe y me mesaba el cabello con Miguel Bosé. Y por si eso fuera poco me ha dado por escribir. Qué le vamos a hacer. Soy tan previsible y tradicional como todos los individuos del 73, y ando como pollo descabezado buscando mi discurso narrativo como todos los individuos del 73, sólo que yo lo hago a la deriva, sin participar en ningún discurso dominante, así me pasa, claro. Pero no se equivoquen, estoy contenta y orgullosa de ser, en definitiva, un error.

domingo, octubre 05, 2008

viernes, octubre 03, 2008

Todo parece seguir un orden armónico. Una suerte de baile matemático que ondula el tiempo. Los avatares del día a día se conectan a través de tendidos eléctricos invisibles. Cables de tender la ropa. Antes de concluir el libro de relatos Tres rosas amarillas de Raymond Carver, La máquina del tiempo me envía a mi correo una serie de cuentos de distintos autores y de distintas épocas. Leo los títulos de arriba hacia abajo. Los Asesinos de Hemingway, Algo de Tolstoi, de Tennessee Williams, algo de mi triunvirato Bolaño, Cortázar, Borges. Sonrío al leer algún título. Por ejemplo cuando veo entre ellos el cuento Tres rosas amarillas. Continuo. Me detengo en otro. Se titula La tristeza. Es de Chéjov. Me viene que ni al pelo. Será por lo que siento. Instintivamente busco la definición de tristeza. Después leo el cuento. Las voces de mis compañeras de trabajo llegan amortiguadas. No sé lo que dicen, pero oigo cómo ríen. Da igual, estoy metida en una burbuja. El porqué de todo esto aún no lo comprendo, pero siento que necesito leerlo.

No lo leo, lo devoro. "La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, se extiende, en fina, blanca capa, sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombros de los humanos, sobre los sombreros." Me agobia el personaje y la situación. A la noche retomo la lectura del libro de relatos de Carver. Sólo me queda el último. Se titula Tres rosas amarillas. ¿Por qué esa insistencia? Siento cierto placer antes de leerlo. Por muchas razones. Por la librería. Por el gusto compartido. Por la literatura. Leo: "Chejov. La noche del 22 de marzo de 1897, en Moscú, salió a cenar con su amigo y confidente Alexei Suvorin. Suvorin, editor y magnate de la prensa, era un reaccionario, un hombre hecho a sí mismo cuyo padre había sido soldado raso en Borodino. Al igual que Chejov, era nieto de un siervo...". Siento a Domi toser a lo lejos, mover las páginas del periódico. Cuando se revuelve en el sillón de ese modo, casi imperceptible, sé que no le queda mucho para rendirse ante el sueño. Por un instante, como una ráfaga, pienso que cenobio suena a cenutrio. Me gustan esas pavadas. Cuando termino el relato, suspiro. Todo parece seguir un orden armónico, una suerte de baile pitagórico. Cierro el libro y lo dejo sobre la mesilla. Me arrebujo entre las sábanas y pienso en la absurda idea del declive del libro. Imposible. Después, duermo como una bendita.

miércoles, octubre 01, 2008

Mejor no continuar leyendo, dice el economista somnoliento. Tiene el pelo aplastado. Sus pies son pequeños como los de un muñequito que corona una tarta de bodas. Una suerte de hombre menguante desenfundándose su traje de motorista bemewiano. Lees la primera página y se te quitan las ganas de seguir, continua diciendo. Así están las cosas. Los periódicos económicos dan miedo. Es un desastre. El libro que estoy leyendo parece acompañar el infortunio de estos días. Los personajes de Carver me angustian, y sólo hacen prolongar el desconsuelo que me dejó Fante. Así están las cosas. El buenos días se alarga por el pasillo. Ya es ayer. Un gran agujero negro habita en mi estómago. Me va consumiendo. Una jauría de perros lloran desconsolados en mi cabeza. Camino sobre mis pasos, bajo jirones de sol. El jardín me espera verdeado y silencioso. Allí se juntan las palabras en voz baja. Son verdades. Son besos de viento ¿Dónde queda el mañana? La nuit je mens riza el recuerdo remoto. Se agotan las esperanzas. Quizás mañana. Quizás. Mientras tanto viene el tiempo en el que se caen las hojas. Se arremolinarán entre mis pies, como mañana. ¿He dicho mañana? Puede que la luz aún persista. Que la casa se mantenga en pie. Aquella casa. Quizás mañana sea el principio.