viernes, mayo 22, 2009

Aves migratorias

Se pone el traje que guarda para las ocasiones y acude al punto de encuentro. La flor se la prende en la solapa y sale de casa sintiéndose renacido, con el corazón bailándole dentro. Se pasa la mano por el mentón y comprueba que su piel no raspa. Por el camino, aún le queda tiempo para improvisar saludos sin titubeos.

Elige una mesita redonda, cercana al ventanal, por donde puede ver a un perro atado a una papelera que ladra al viento, a dos hombres besándose con violencia o a un pobre que mendiga con un cartón de vino en la mano. Le pide al camarero un cortado y, mientras espera, juguetea con un pedazo de papel.

De sus manos nace una pajarita.

Mira su reloj de pulsera y excusa su retraso. Saca su cuaderno, arranca una hoja y la marca con esmero. De sus manos nace otra pajarita que deja con cuidado junto al estanque plateado.

Bebe un sorbo de café, se atusa la flor, mira de nuevo la hora y, suspirando, arranca otra hoja.

Pajarita tras pajarita el tiempo se le viene encima. Cuando observa que el camarero barre ya el serrín de los últimos borrachos, deja una moneda junto a la taza vacía y sale de aquel lugar sin páginas en el cuaderno. Se siente estúpido con aquella inútil flor prendida en la solapa. La arranca sin piedad y la arroja lejos.

Cuando llega a casa cuelga el traje que guarda para las ocasiones y allí, solo, dentro de su jaula invisible, mientras marca una nueva hoja, piensa que si las palabras hieren, más aún hiere el silencio. Se asoma a la ventana pues escucha cómo una gran bandada migra graznando hacia tierras más cálidas y ve cómo una nube de pajaritas de papel cubre el cielo plomizo huyendo de las lágrimas. Una de ellas deja caer de su pico una flor que va a parar junto a sus pies desnudos.