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Instrucciones para un sepelio.

El día que muera
no quiero llantos.
Quiero que se usen
las palabras más hermosas
abriendo bien la boca,
que suenen y resuenen en el tiempo
como un diapasón.
Quiero que la gente diga
ataraxia
crisantemo
sempiterno, petricolor,
que el eco llene la sala de rumores,
que las conversaciones recuerden
a las obras de Queneau,
que se vistan los amigos de sedas y organzas
y lleven sombreros de ala muy ancha,
que la familia ofrezca
en cucharilla de plata caviar iraní,
Moët & Chandon,
chocolate con avellanas,
plátanos y pan,
que al fondo de aquel lugar
alguien disponga sobre la mesa
unos cuantos libros,
por si les apeteciera leer
unos versos de Szymborska,
unos pasajes de Rayuela,
y los niños,
los niños que lean cómics de Hergé,
de Milo Manara, por qué no,
que hojeen sin leer,
que corran de un lado a otro
que salten que griten
que molesten que rían que, en fin,
sea todo agradable
como una tarde de cine
de lluvia mansa,
de gallinita ciega,
que no me echen de menos,
y con eso me basta.

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