jueves, julio 09, 2009

Querida amiga:

Creo que esa falta de retoricismo puede verse suplida por el peso del nombre otorrinolaringólogo, aunque te confesaré que es una palabra que odio, la odio con toda mi alma, la mataría. Es de esas palabras que preferiría no recordar... porque me hace daño. Mucho daño.

Hace calor. Hay espejos en el asfalto y el horizonte es un sueño que vivo despierta. Casi se pega mi sombra al alquitrán. De vez en cuando miro y sigue tras de mí. Gracias a dios-en-minúscula llego a mi templo favorito. Busco a Ingeborg Bachmann. Unos libros tapan a otros. Todos están muertos. No la encuentro y mi idea primigenia va quedando atrás, entretenida en algún lugar de la piel. Está Rilke y está Brines y está Margarit y está ... tampoco está Rosa Chacel con su cara de abuelita buena. Tendría que dirigirme a uno de esos hombres verdes y pedirles cortesmente que movieran aquellas estanterías. En cuclillas recuerdo que en algún momento deseé leer a Luis García Montero porque habla de lavadoras y de tiendas de muebles. Cojo el libro. Es suave. Me gusta el olor que desprenden las páginas al pasarlas. Me gusta el viento que agita mi interés. Hace que mi pelo se mueva. Casi por inercia dejo de buscar y me quedo con él. Suspiro.

Ahora me mira desde la mesa. Mi yo se esconde de nuevo entre ropa pop.Tendrá que esperar mientras despierto lentamente. Es tan dulce despertar... Ojalá pudiera cerrar los ojos y despertar mil veces.

Cierro los ojos muy fuerte y espero.
Y espero. Deja, por favor, toda esa tierra en tu oído. Es para mí ¿recuerdas? para mí. Y en ella me recluiré.

Y espero.