miércoles, julio 22, 2009

Desde el destierro

Cada noche, después de ver llorar a los espejos, te espero como un centinela, sentado en este absurdo banco.

Sé cuándo te aproximas por el viento que agita tu falda.

Entonces me preparo. Abro el periódico y me oculto tras él. Tú apareces como las vírgenes suicidas. Ocurres como un milagro. Contemplo tu rostro. Me detengo en tu boca y siento que el hambre me devora. Me postraría ante ti y te comería abriendo mucho la boca, intentando tocar con la lengua el rosario de tu cielo hasta zambullirme dentro.

Y bajar.

Bajar al infierno de tu cuerpo. A tu infinitud. Quedarme a vivir en tu vientre. Ser tu feto y asomarme a la luz que resplandece al fondo de ti.

Ser estornino extraviado.

Nadar. Querer ahogarme. Nacer y morir dentro. Fundirme. Ser la sangre que te baña. Que vieras en tu mirada, mi mirada. Que lloraras para rodar por tu piel.

Todas las noches, después de derrochar mis fantasías, veo cómo esta religión se escapa de mis manos. Los dioses se desmoronan en un chillido, afilado como una navaja, rompiéndolo todo a su paso, rompiéndome a mí. La fe me abandona agitando un pañuelo cuando, en el camino de arena, pierdo el perfil de tu mirada.

Te alejas sin hacer ruido y una brisa, como de veleta, acaricia mi cara.

Entonces vuelvo a quedarme solo en este estúpido banco, harto del precioso sacrificio.

Sé cuándo te alejas por el surco en el camino, por las hojas arrastradas. Y así, ensimismado en tu universo de destierros, te emplazo, mi bendito fracaso, hasta mañana.