lunes, enero 25, 2016

Páginas marcadas.

Es posible que
un día de esos
en los que los minutos son lentos
como una canción de cassandra,
uno de esos en los que yo ya no esté,
-no es tan terrible-
alguien se tope con los libros de mi biblioteca
y se detenga, durante unos segundos,
a hojearlos,
con el amortiguado sonido de una aspiradora
-ya quisiera yo que fuera jazz, en mi vecindario no se escucha
nada semejante-
y descubra con cierta alegría
la gran cantidad de esquinas dobladas,
de páginas marcadas,
de anotaciones al margen,
que atesoraba en casa;
sólo así, quizás, mis hallazgos,
hayan valido la pena
y el pellizco, se sienta en el estómago
el pálpito, en el vientre
el latido,
de nuevo, en mí.

Colores y muñecas

Escribí hasta que no pude más.
Hasta comprender
la inutilidad de mi lenguaje.
Después dibujé.
Durante años colores y muñecas.
No salió de mí ni una sola palabra
que no tuviera que ver con el dolor.
No diré absolutamente nada de mi cuaderno.
Lo llevaba conmigo.
Siempre.
Ahí había algo parecido a la escritura.
Pero sólo hablaba de mí.
De la no-palabra,
de la ausencia.
Una suerte de urdimbre suave y fosca.