Llevo tanto tiempo aquí, roto, que ya me cuesta respirar. Apenas un hilo finísimo entra torpemente por mis orificios nasales. Tengo que hacer verdaderos esfuerzos por conseguirlo. Inspiro con tanto trabajo que prefiero no seguir intentándolo. Mi cuerpo no lo necesita. Quiere abandonarse. No soy consciente del mundo. Ni de la luz que entra. No lo soy de los sonidos que llegan amortiguados. Lejanos. Como si procedieran de un sueño profundo. Tengo los brazos muertos, las piernas. No puedo moverme. Todo yo soy un guiñapo. Carroña. No articulo ni un sólo sonido. Si pudiera gritar no sé si lo haría. No siento más que lástima de mí. Llega el momento de la muerte. He oído el batir de alas de un ave de rapiña a mi alrededor. Vuela en círculos sobre mi cuerpo hasta que se extinga mi latido. Ahora siento su presencia maligna muy próxima, al acecho. Puede que, ni siquiera espere a que muera para comenzar su festín. Soy una presa rendida. Me entrego. Dejaré que me atraviese la carne. Que me despedace y me devore. No haré más. A menos que, al fin, te decidas haciendo que el teléfono vibre con tu llamada, como un milagro y lo espante.
Esther Cabrales (Madrid, 1973). Poeta. Ha cursado estudios de Derecho y de Filología Hispánica que jamás concluyó, porque siempre estuvo profundamente dedicada al sector financiero. Ha publicado Erosión (Renacimiento, 2017), Cuerpos (Renacimiento, 2019), Animal (Torremozas, 2021), Lengua muerta (Páramo, 2021), Mondo (Bajamar, 2024). Poemas suyos han sido incluidos en antologías nacionales, como son Rojo Dolor (Renacimiento, 2021), Distopía en femenino (Elenvés, 2023).
martes, marzo 01, 2016
El buitre
Llevo tanto tiempo aquí, roto, que ya me cuesta respirar. Apenas un hilo finísimo entra torpemente por mis orificios nasales. Tengo que hacer verdaderos esfuerzos por conseguirlo. Inspiro con tanto trabajo que prefiero no seguir intentándolo. Mi cuerpo no lo necesita. Quiere abandonarse. No soy consciente del mundo. Ni de la luz que entra. No lo soy de los sonidos que llegan amortiguados. Lejanos. Como si procedieran de un sueño profundo. Tengo los brazos muertos, las piernas. No puedo moverme. Todo yo soy un guiñapo. Carroña. No articulo ni un sólo sonido. Si pudiera gritar no sé si lo haría. No siento más que lástima de mí. Llega el momento de la muerte. He oído el batir de alas de un ave de rapiña a mi alrededor. Vuela en círculos sobre mi cuerpo hasta que se extinga mi latido. Ahora siento su presencia maligna muy próxima, al acecho. Puede que, ni siquiera espere a que muera para comenzar su festín. Soy una presa rendida. Me entrego. Dejaré que me atraviese la carne. Que me despedace y me devore. No haré más. A menos que, al fin, te decidas haciendo que el teléfono vibre con tu llamada, como un milagro y lo espante.
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