La mano

Por imposible que parezca, vivo con una mano. Es mansa como una paloma. En sus cinco dedos guarda todo el erotismo jamás imaginado. Al regresar del trabajo, me espera bajo las sábanas, tendida y abierta como una flor, como una boca, como una herida. Aguarda mi limpio regreso de colonia y cremas, y sube sigilosa hasta mi boca, introduciendo sus dedos, que se enroscan con mi lengua, apareciendo y desapareciendo, mojados y templados, suaves como la seda, para bajar hasta mi hendidura, mojar  y frotar, quedarse dentro, entrar y salir, infinitamente despacio, hasta el salvaje goce.
Sin embargo, ha averiguado que salgo con mujeres, con las que hablo y río, y está tremendamente celosa. Tengo miedo de su violenta expresión, de la tensión de sus cinco dedos. He escondido todos los cuchillos que hay en la casa por temor a que me hiera. Incluso los diabólicos alfileres con los que hemos jugueteado siempre al límite. Mas hoy la encuentro, agazapada tras la puerta, empuñando una percha metálica. Viene hacia mí, loca de cólera.

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