El soldadito de plomo


Y Pedrito, tras largas tardes de hastío sin su querido compañero, de desencajársele la mandíbula bostezando, de tanto aborrecer al resto de sus muñecos, de tan soporífera espera, quiso ser él mismo quien abriera el vientre de aquel deseado enorme pez azul y naranja y plata , asestando aquí y allá afiladas cuchilladas ante la atónita mirada de su madre. Y cuando llegó a las nauseabundas vísceras del pescado maloliente, al no encontrar nada extraordinario dentro, salvo el estúpido esqueleto de espinas, se dirigió hacia la ventana y emuló el definitivo salto de su inseparable amigo.



Variaciones sobre la muerte.

El muchacho, antes de arrojarse por la ventana, se clava el cuchillo junto al corazón, después cae sobre la acera. Ensangrentado se levanta y, al percatarse de la inutilidad de su acto, se dirige hacia la estación de ferrocarriles, dejando a su paso un reguero de sangre. Camina sobre las vías y deja que un feroz tren lo arrolle. Sólo después, se lanza a la aguas de un río embravecido que lo arrastrará hasta un océano lento que lo escupirá como una flema a la orilla de una tierra extraña donde será rescatado por un ave zancuda y parlanchina y llevado hasta mismísimo rey.

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