Setenta veces siete


Lamento anunciarles que no soy Irina. Tan sólo soy su compañera de departamento. Pero mentiría si afirmara que no sueño con ser ella. La observo desde los ventanucos de mis gafas, y siento un profundo deseo de vivir por un instante en su aterciopelada piel. Si yo pudiera instalarme, temporalmente, digo, en ella, viviría en un estado de excitación permanente. Dejen que abandone, por hoy, mis pensamientos suicidas. Sobaría mi largo cabello el cabello de Irina que cae bucólicamente por encima de sus pechos apuntando al cielo. Me apuesto a que la criatura sólo lee poesía de amor cortés. Por no hablar de la sutileza de sus ohs, sus ayes, sus uhs. Por eso, no es de extrañar que, cuando sonó su teléfono en el departamento, mientras ella desayunaba fuera, yo contestara con el ferviente anhelo de vivir mínimamente su relación de vasallaje amoroso. 

-Soy Tony-. Tony es Antonio pero Irina, que vive en permanente belleza, lo llama así para no perturbar ni un ápice la hermosura que la rodea. 

-Ahá-, sólo añadí pretextando suma ocupación laboral. 

-Lo he hecho, cariño.- Continué a la muda escucha. -¿Qué hago ahora, amor? Estoy temblando. Ven, por favor, ayúdame. La idea fue tuya. Deberías estar aquí conmigo... pesa como un demonio, no lo puedo mover... Lo he golpeado hasta matarlo. El hijo de puta se... ¿Iri? ¿estás, Irina? ¿Iri? ¡Maldita seas, contesta!



Debo destacar que, mi suprema ignorancia sobre la idiosincrasia de esta criatura, me impidió pronunciarme, aunque no me impidió deducir que, es de justicia poética que, tanta hermosura fuera, cuanto menos, veleidosa. Así pues, colgué el auricular y volví a mi puesto de trabajo, no sin antes haber bloqueado al usuario para evitar posibles futuras intervenciones hostiles. 

Curiosamente, ese día, Irina no me pareció tan deslumbrante como de costumbre y, quizás por ese motivo, porque la belleza no es descanso, trabajé como nunca antes había trabajado.

Nota. La imagen es de GREG KADEL 

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