Hace tiempo que no escribo nada aquí. Solía hacerlo. Divagaba. Bueno, sería
más exacto decir que hace tiempo que no escribo nada ni aquí ni en ninguna
parte. Ahora, ya más mayor, sólo leo. Pero por qué no hacerlo ahora. Escribir
digo. Divagar, como en los viejos tiempos. Es la tristeza la que me apremia. Yo
quiero disimular, como que no, pero tengo mucho que decir. Otra cosa es que deba
hacerlo. Otra cosa es cómo debo hacerlo. Con qué forma, con qué fin. En el libro
El placer del texto, de Roland Barthes, que leo furtivamente entre mis
obligaciones, subrayo mucho. Cosas sueltas. Veamos, por ejemplo, “el texto es
un objeto fetiche y ese fetiche me desea”, […],” en el texto, de una cierta
manera, yo deseo al autor.”
Vale y qué. Son apuntes que realmente sólo me ayudan a pasar el tiempo.
Tratar de entender a Barthes es tratar de que el tiempo pase rápido. Paradójico,
¿verdad? Cuanto más complejo es el texto, mayor concentración requiere y mayor
abstracción precisa. Aunque el libro que tengo entre manos no es éste,
precisamente, sino El tambor de hojalata, de Günter Grass. Yo tenía una
vaga idea de este libro, tan sólo por el actor David Bennent, -Oscar y su flamante
tambor de hojalata en el libro-.
Y había imaginado, puesto que imaginar es inherente a nuestra naturaleza,
que se trataba de una historia terrible. Aún no lo sé, no lo he acabado, en
realidad llevo poca lectura, la que me permite la apretujada vida que llevo,
pero lo cierto es que me estoy riendo con la voz del
narrador -que es Oscar-, que me recuerda un poco a mí misma. Ahora bien, me he tenido que hacer un esquema
con los personajes porque me abruman sus impronunciables nombres.
Debo confesar que he comenzado el texto con una mentira, puesto que sí escribo, poco, pero escribo. Tengo un puñado de poemas eróticos. No en plan Leonore Kandel. Buscad e indagad. Tiene una anécdota brillante. Yo sólo conozco, parcialmente, Follar con amor. Es una compra que aún tengo pendiente. Aquí está la edición de Torremozas disponible.
No me siento cómoda siendo líricamente explícita, pero sí eróticos en cuanto a exaltación del deseo y aceptación del cuerpo como elemento sustancial en el gozo de la sensualidad. Poemas desde el deseo con cierto fondo nihilista. Y también tengo un trabajo muy personal, muy de mi vida, un canto a la familia, al que aún le falta tomar forma. De modo que, mentir así, tampoco es tan grave. Lo que sí lo es, es marcharse furibundamente, arrastrado por la tristeza. Eso es más grave, sí. Y lo siento, Gomtran.
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