El bosque

Para comprender mi tristeza 
habría que quemar, al menos, un bosque,
devastarlo,
dejarlo sin verdes, sin ocres, sin vida.
Arruinarlo a conciencia,
destruir árboles centenarios arrasar
sin remordimientos,
a los cantores petirrojos
hacerlos volar
erráticos
y después,
contemplar el desastre
largamente
con ojos limpios,
contemplarlo sabiendo
que tarde o temprano
brotará de la nada la rama
del silencio el canto,
aunque pasarán años,
lustros, décadas,
siglos tal vez,
para cuando el bosque
vuelva a ser bosque,
pero bosque al fin.

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