Poner orden




Intentaba poner orden en mis pensamientos, como si  de una caja llena de cachivaches, de hoy y de ayer, se tratara. Y qué mejor modo de hacerlo que poniendo orden entre mi colección de libros. Orear algunos de ellos, dar cabida a otros. Por algún defecto mío que aún ignoro, acumulo toda la poesía en un solo estante y me sirvo de criterios de orden muy estrafalarios, como colocarlos en parejas amorosas, digamos Ingeborg Bachmann junto a Paul Celan o, se me ocurre, Única Zürn junto a Hans Bellmer. También sitúo cerca de Anna Ajmátova a Marina Tsvetaieva, en fin, esa clase sentimental de orden. Conviven en aquel estante entre setenta u ochenta libros de poesía que, ante la imposibilidad de permanecer en una fila única, se han visto en la necesidad de ocupar una segunda, ocultando la presencia de autores muy importantes en mi vida. De modo que, para alcanzar a Novalis, tengo que quitar de en medio a Cristina Peri Rossi. ¿Decir “los autores más importantes de mi vida” no es decir un disparate? Viniendo de mí, es posible. Libero, pues, una estantería para acomodar esos libros apelotonados. Decido llevar a esa balda libre a mis poetas predilectos. Aníbal Núñez, Joyce Mansour, Ana Cristina César, Alejandra Pizárnik y, recientemente, Juan Bonilla. Ahora, contando esto, me doy cuenta de que olvidé rescatar a Wislawa Szymborska. Al llegar a casa la trasladaré a un lugar privilegiado.

En esta reconfortante actividad, aparece un libro de Elías Canetti. No recordaba haberlo comprado. Pero ahí estaba. ¿Habrá más cosas que no recuerde? Tampoco recordaba mis pendientes de mariposa con un brillante incrustado y los llevo puestos. Cuántas pequeñas cosas olvidamos. El libro en cuestión, tiene en la portada la imagen de Canetti con ese pelucón blanco y el bigote avanzado como si quisiera salir corriendo. Un libro de ingeniosos y brillantes aforismos que uno no se cansa de leer. Un libro que necesita ser señalado y escrito y manoseado. El suplicio de las moscas. Lo leo sintiendo punzadas con varios de ellos. El dardo en la palabra. Me pregunta una compañera si le compro una pulsera. Levanto la cabeza. Me pesan los parpados. Es roja. De plástico. En ella aparece escrito en blanco Yo también soy refugiada. Por supuesto compro una y me la pongo. Me asalta una idea de la que quizá debiera avergonzarme. Sentirme acogida en mi propia casa, refugiada, protegida de los sentimientos que no soy capaz de dirigir. ¿Se pueden controlar los sentimientos? ¿anularlos? Se puede uno refugiar entre las sábanas con un libro de Canetti en las manos, y sentir que, así, estás a salvo.

Ella quiere suicidarse, dice, pero después de que él le pida disculpas.

Elías Canetti.

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