La vida vivida

Sabía de sobra que, a su edad, él ya comenzaba a codiciar mujeres jóvenes. Al menos, veinte años más jóvenes. Mujeres bonitas y candorosas como ángeles o impertinentes e insaciables perritas. Tantas como cupieran en una noche, en una canción. Pero todas ellas debían cumplir aquel apremiante requisito de la carne tierna y el alma aún vacía, expuesta a su total influjo. Mente simple y lengua larga como la de una mariposa. Las extremidades abiertas, a la latente espera. Algo completamente opuesto a sus deseos, donde se cumplía la fórmula contraria. Pues, a menos que se tratara de una mente brillante, para ella carecería de cualquier interés la juventud en un hombre, primando la vida arrastrada, complicada y, a buen seguro, los sentimientos difíciles, abrasivos, suicidas. El desarraigo del corazón al cuerpo. Las oscuras conversaciones, el humo, el alcohol. El todo o nada. Morir si es preciso. En definitiva, la vida vivida.

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