Nada

Confieso que cuando leo una traducción tan pura, tan ella misma, confundo traductor y escritor ¿acaso son una misma persona? ¿dónde termina uno y comienza otro? sus formas, sus límites ¿son los mismos cuerpos? Recibo su nombre y me lleno de júbilo. Respiro hondamente. Es tanto mi agradecimiento hacia el intérprete que necesito, por un instante, abandonarme, dejar la búsqueda de mí misma y reconducirme hacia ese otro reino que me llama. Para decir, con mi lenguaje, palabras impenetrables que sólo yo comprendo. Llegar y sumirse en una profunda tristeza por algo que creemos ajeno a nosotros mismos, pero que nos desgarra un poco. La muerte de la voz. De la mano que se tiende desde el propio muerto, desde el cuerpo soñado. Saber que él no está ¿a quién dirigirse ahora? a una nada absoluta en la vastedad de lo inconcreto. O tal vez, ahogarme en el silencio.

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