Los brazos de Dios

Los balcones que rodean el convento, cuajaditos de geranios y petunias, evitan el gamberreo de los pájaros colgándose unos grandes pendientes plateados que, en un pasado no muy lejano, tuvieron una ocupación más melodiosa. Pues bien, cuando el sol sonríe y estira sus cabellos alcanzando estos balcones, hace refulgir los aros que se cuelan a través de los ventanucos del convento, y entonces, sor Obdulia, dubitativa en su reclinatorio, acompañada por una fe acróbata a punto de derrumbarse, es envuelta por cientos de halos de luz. Sólo entonces, junta las manos sobre su blando pecho, con tenacidad y reza ante tan abrumadora evidencia.

Texto publicado en Conseguir los sueños, Ed. Hipálage.

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