miércoles, diciembre 27, 2006

27

Hoy, detrás de mi reflejo, se vislumbraba una vida mucho más oscura y tenebrosa. Un mundo de alcantarilla, sumergido bajo las arterias y los pies frenéticos.
Y lo he visto.
Y me ha visto.
Allí estaba él. Allí estaba yo.
Y aunque aún me tiemblan las piernas, creo que por esta vez, me ha dejado marchar. Será porque es navidad.

martes, diciembre 26, 2006

ERRANDO


Ellos
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-¿Qué haces, esposa mía? –dijo él-. Levántate.

Ella se estremecía.

-Tú has venido –susurró casi gimiendo-, y ya no es de noche, ya no tengo miedo. ¡Por fin estoy junto a ti! Estoy como dentro de una fortaleza, como dentro de un nido. ¡Si tú supieras qué tristeza, y cómo he llorado estas noches solitarias! ¿Y tú, corazón, qué has hecho estas noches?

-Erraba –dijo él-, en mi caballo, pensando en el modo de raptarte. Pero no recuerdes, mi amada, el tiempo de la soledad. Ya pasó todo. Ninguna fuerza podrá separarnos. Estamos unidos para la eternidad.

(Elsa Morante, El chal andaluz)

lunes, diciembre 18, 2006

LINEAS

Hoy me he dado cuenta, observándome con mirada escrutadora, de que ya no soy la misma persona. A veces lo hago, -digo observarme- pero nunca trasciendo. Durante un instante me contemplo, fijo mi mirada en las pupilas, y buceo a través de mi propia negrura en busca de mí misma y de mi esencia. Da la impresión de que no me conozco lo suficiente, como si detrás de esa coraza, se escondiera un universo desconocido. “La belleza será convulsiva o no será”, que decía Bretón, y yo me dispongo a averiguarlo asomada al precipicio de mis ojos.
Sin embargo, he de confesar, que hoy me detuve en lo más superficial, no por ello menos importante. Mi coraza está algo ajada, porque empieza a ser dibujada por finos surcos. Veo líneas transversales en la frente que denotan el asombro, quizás la ignorancia, que en mi vida me asalta con vehemencia. Las cruzan, perpendicularmente y entre las cejas, unos pequeños surcos, como las púas de un peine mellado, que manifiestan severidad y que son las que más me preocupan, las más marcadas. En el extremo de cada ojo, nace, en forma de abanico, un ramillete de alegres y finas líneas; signo inconfundible de mi expresividad, de la risa y del llanto. El rictus, suavemente marcado, demuestra la parte más agradecida de mi personalidad. Las arrugas de la alegría no me molestan, sino que me complacen.
Mi hijo, que es curioso por naturaleza, me mira fijamente, quizás emulando a su mamá, y después de unos segundos, confirma, con voz seria, el número de líneas que ve en mi rostro. Cinco. Diez. Doce. Hoy, ya no soy la misma persona, pero descuiden, que estoy tranquila.

jueves, diciembre 14, 2006

REFLEJOS

Un reflejo en el cristal que se revela verdadero, más aún que la propia realidad, a falta de sueños, buenos son los espejos del Alma. Vida empañada cien veces, y cien veces borrada. Con mis manos. Con tus manos. Ojos que se cruzan con ojos frente al triste cristal. Lágrimas frías precipitándose al vacío. Pensamientos que, encubiertos, se esconden tras el azul. La vergüenza al desnudo. Doble vida. Quizás irrealidad. Todo ello dibujado en el cristal. La ventana a la que te asomas cada día. A través del vidrio, un gajo de luna me ha sonreído, y he sentido vergüenza ante su pureza, que dejaba al descubierto toda mi mezquindad. Tanta. Tan poca. Dime qué ves aparte de mediocridad y de aplastante rutina. La voz metálica anuncia la próxima estación y un túnel nos engulle. Me preparo para salir de nuevo a la vida.

lunes, diciembre 11, 2006

EL JUEVES

Aquel día, y como todos los jueves desde hacía veinticinco años, Marisa estaba planchando. Lo hacía de espaldas a la puerta. Mojaba su dedo índice para tocar el acero y comprobar la temperatura. Si el dedo sonaba kisssssh eso significaba que la plancha estaba lista para empezar. Le gustaba planchar los jueves porque era el día en el que su marido se reunía con los socios y por lo general, llegaba tarde. Ella disfrutaba bisbiseando canciones para entretener su mente.

Pero algo la detuvo aquella tarde. Un aliento estremecedor la esperaba en el hueco de su cuello. A sus espaldas sintió la presencia de su marido, que ahora la cogía por la cintura para morderla suavemente el lóbulo de su pequeña oreja. Tras ella, la turgencia prometía una inusual velada. Marisa sonrió complacida y se dejó llevar. Su sangre fluía vertiginosa y la sentía en su piel, ardiente. Se dio la vuelta, le miró a los ojos y se devoraron. Marisa se abandonó a la locura añorada y no puso objeciones cuando él le arrancó la ropa. Entonces una risa sonora y llena de vida nació de su garganta, rompiendo por un momento el mágico rumor del deseo.

Hicieron el amor como nunca lo habían hecho antes. Él la tomó con una fuerza desconocida, casi salvaje. Terminaron exhaustos. Ella, de espaldas a él, aguardaba para recibir un beso suyo, un beso concluyente. Cuando lo hubo obtenido oyó el crepitar de los muelles, después se sintió sola. A los diez minutos, escuchó cómo se cerraba, de un portazo, la puerta que da a la calle. Supo así que él se había marchado. Entonces, durmió como una niña.




Llevaba tiempo pensando en esa posibilidad. Su único deseo era hacerla feliz. Creyó que el día propicio sería el jueves. Y fue así como determinó hacerlo. Ese jueves no fue a la reunión del despacho, sino que esperó nervioso sentado en la mesa de un bar, dejando que los minutos siguieran avanzando, paladeando los pensamientos, reconcomiéndose con ellos, mirando el vaso vacío como si esperara de él algo más que un simple refresco. Se mantuvo impasible, hasta que por fin le vio entrar por la puerta del bar.

Venía tan acelerado que casi no tocaba el suelo. Cuando estuvo frente a él, cogiendo el aliento que le faltaba le dijo soltando las llaves sobre la fría mesa, Ya está, lo he hecho. Él esbozó una sonrisa forzada, confirmando su deseo. Así concluyeron, sin cruzar una palabra más sobre aquel asunto. Cogió las llaves que le habían tendido sobre el mármol y las guardó en el bolsillo de su pantalón arrugado. Se levantó, se dio la vuelta y se fue a casa, dejando todo muy lejos, más de lo que pudiera imaginar. Ese día, cuando llegó a casa, su esposa le esperaba, por fin, radiante.

martes, diciembre 05, 2006

LA NOCHE


Algo la despertó, aquella noche de diciembre y después, la arrojó de la cama. Tuvo que darse algo tiempo antes de reaccionar para recuperar la cordura y saber si todo lo que sentía era real o sueño, orientarse en la habitación oscura. A tientas fue al cuarto del niño que gemía invadido de pánico. La criatura tenía un perro dentro que le oprimía el pecho y no le dejaba respirar. Su tos salía en forma de ladrido y sus ojos, suplicantes, miraban a su madre, esperando la solución. Ella cogió al pequeño de la mano y lo condujo al salón, aún torpe por el sueño roto. Abrió la ventana y juntos se sentaron a respirar la fría noche y a observar la magia de la penumbra.

Una madre y un niño miraban por la ventana de madrugada, y la quietud de la noche les invitó a disfrutar del silencio. El viento fresco abrió al niño nuevos caminos para respirar. El murmullo de los árboles llamaba la atención del pequeño, que los miraba entre dulces caricias y templados besos. Así empezó a serenarse. La luna, misteriosa, les observaba desde un cielo plagado de nubes. Los sueños viajaban de ventana en ventana mientras la ciudad dormía. El pequeño, vencido por el cansancio, fue sumiéndose en un apacible sueño, mecido por los susurros de las hojas húmedas. Al fin, parecía que aquel perro se había quedado dormido, o quizás se hubiera marchado por donde había venido. Ahora podrían descansar. La madre cerró la ventana y la noche siguió fuera durante un buen rato más