viernes, julio 11, 2008

Querida amiga:



Hoy he querido escribirte una carta. Una carta de esas que mandaba de joven a Jerez de los Caballeros y que cruzaba el tiempo con algún tesoro dentro como un sello naranja de Franco o un billete gastado de cien pesetas, una foto asustada o una flor seca. Esas cartas que acumulamos en un paquetito atado con un lazo rojo y que escondemos en lo más profundo del armario. Allí todos los recuerdos juntos, en algún lugar entre la ropa y la naftalina y el olvido.



Esas cartas que escribía mientras merendaba pan con chocolate. Eso es lo que he querido hoy. Escribirte una carta como las de antes, con puntos, con comas y con pegotes irisados de azul. De esas que desprenden un aroma a tinta y a infancia y a ilusiones y a mañanas. A veces pienso que escribirte es la mejor manera de hablar conmigo misma. De entenderme.



Tengo el oscuro sentimiento de que siempre he sido demasiado joven para casi todo. Demasiado joven para vestir la ropa de mi hermana. Demasiado joven para ir a la discoteca. Demasiado joven para salir con chicos. Demasiado joven para enamorarme. Demasiado joven para dejar de ser virgen. Demasiado joven para casarme. Demasiado joven para ser madre. Demasiado joven para perder un padre. Demasiado joven para casi todo. Y cuando lo he tenido todo, he sido demasiado joven para haber vivido tanto.