miércoles, mayo 07, 2008

Una silla sola

Soy Rosalía Hurtado, pero podría perfectamente ser otra. Lo soy porque me han convencido de ello, pero bien podría ser mi madre, mi propia hermana, o la virgen María. Soy el reflejo de todas ellas. El resultado de todas sus frustraciones. Un lago a ras del suelo. Sólo tengo que creérmelo y ya soy Rosalía. A veces me he sorprendido a mi misma, mirándome en un espejo, mordiéndome las uñas, y no me he reconocido. He pensado ¿quién es esa mujer que me mira? ¿realmente soy yo? He visto, sí, he visto a alguien, pero no era yo. Esa imagen mostraba tanta incomprensión –casi repulsión o pánico- como yo sentía en mí misma. Es como si ese reflejo también se extrañara de quien la encarnaba.

A veces me pregunto qué hubiera sido de mi vida de no haber estado ahí, en el epicentro de nada, de haber nacido en la antípoda, en el meollo de todo, qué hubiera sido de mí de no haberme enamorado, de no haber tenido hijos, de no haber hecho caso a nadie más que a mí misma, de haber vivido la vida como sólo yo hubiera sabido hacerlo. Quizás ya no estuviese aquí.

Hace algún tiempo albergaba la esperanza de que toda esa mimesis vivida no fuera más que una pesadilla de la que algún día despertaría. Pero ya se ha desvanecido toda ella. Ahora no soy más que un diente de león luchando en pleno vendaval. El pelo encanecido, las comisuras de la boca amargamente declinadas, peor aún, deshabitada.

He empezado a coquetear con ideas fatales. Empecé hace ya algún tiempo, si soy sincera, casi sin querer. Empecé emulando a quien se sintió atraído por la muerte antes que yo. Después le envidié. Le envidié por lo que fue. Por lo que no es. Leí de él "Tengo veinticuatro años y soy un anciano que agoniza". Después se suicidó. Y yo le envidio, porque él era un anciano, pero yo estoy muerta en vida. ¿Quién lo diría? Yo, que parezco encarnar toda la vida en mis ojos. Yo, que soy toda vida.

Puede que, a estas alturas, la idea del suicidio, sea lo único que pueda ejercer libremente. Dejar, de una vez por todas, de vivir encerrada entre estas murallas de carne correosa y a las que no tengo ningún tipo de apego. Ni si quiera a estos pechos que saciaron a niños y a hombres. Que fueron fuente de vida y deseo. Frente al espejo me miro. La miro a ella. Nos miramos. Es una desconocida. En las manos lleva algo parecido a una cuerda. Detrás de ella, una silla, sola, parece esperar tranquila. Voy.