lunes, abril 28, 2008

LIBROS

Creo que estoy enferma de libros. Y lo siento. Sobre todo lo siento por mi marido, pues sé fehacientemente que a él le gustaría más que su mujer se perdiera buscando pintalabios rojos y zapatos de tacón, en lugar de poemarios y cuentos por los que suspira noche y día. Y es que siempre he soñado con lucir una prolija biblioteca, de lomos dorados, aunque a estas alturas me conformo con que sean azules o blancos. Tan malita estoy que aprovecho cualquier situación para adquirir uno. Se me ponen los ojos en blanco y una fuerza exterior me arrastra hasta las estanterías. Confieso que el paseo de los martes por la Gran Vía sólo es una excusa para poder colarme en la Casa del Libro y tachar de una vez por todas un título más de mi fatua lista. Ya da igual si lo leeré o no lo leeré. El caso es tenerlo, tocarlo, olerlo, mirarlo y admirarlo que luego, ya veremos de dónde saco el tiempo.


Tener una biblioteca como la que yo tengo, pequeña, pues aumenta con disimulo, como quien no quiere la cosa, tiene su gracia. Como por ejemplo que esté piel con piel Juan Manuel de Prada y el Marqués de Sade, de algún lado tendría que venirle a ese caballero el lado oscuro del vicio que tan bien guarda tras los cristales de sus gafas, pienso. Asociaciones que me gustan o que me resultan extrañas, como que luzca Amarillo, el último libro de Felix Romeo junto a la Sombra del viento, de Ruiz Zafón.



Hay algo bueno en esta obsesión literaria. Y es que cuando uno quiere poseer todos los libros (si no todos, muchos de ellos) no le queda más remedio que aprender a ser crítico, al menos, para no morir arruinado en el intento. Entre comprar Cuadernos del hábito oscuro o Un mundo sin fin es fácil decantarse por el primero. Y es que, la cartera, además de determinar los hijos que uno tendrá en el futuro, también es la que filtrará el gusto por los libros. Así pues, gracias a mi cartera no compraré ni zafones ni folletes.