martes, abril 15, 2008

HERMANAS

Debo agradecer el haber olvidado la cara de espanto que pusieron mis padres el día de mi nacimiento. Parece ser que, una vez descartada, primero la opción de la reencarnación en una diosa, y después la del castigo celestial, todo volvía a su cauce, y los sentimientos de desamparo inicial, dejaron paso al de la resignación. Nacer con cuatro ojos, dos narices y dos bocas es, cuanto menos, incómodo. Si ya es complicado ponerse de acuerdo con uno mismo en su más elemental unicidad, cómo lo será cuando un cerebro es compartido por dos existencias, que para más inri, son femeninas. No neguemos ahora la complejidad del género. Aclarar los sentimientos, darles un orden y un concierto son tarea difícil hasta para una ameba, de ello estoy segura. Así que, si esos sentimientos son dobles, pues aun ocupando una misma cavidad craneal corresponden a personas distintas, el desenlace al entuerto se barrunta complicado.

Sí que es cierto que, compartir necesidades tiene sus ventajas, si éstas son fisiológicas. Seamos prácticos. Todo es cuestión de organizarse. La organización es la premisa básica de nuestra vida en común, la mía y la de mi hermana. Y si nos sometemos a ella sistemáticamente todo funciona correctamente. De hecho recuerdo que, siendo aún bebés, mientras yo mamaba, mi hermana se chupaba perezosamente un dedo, o mientras mi hermana mamaba, a mi me daba por llorar, sin que ese proceso de alimentación fuera interrumpido.

Pero las ventajas son pocas si las comparamos con los perjuicios. Pues ¿te imaginas lo que supone no poder tener pensamientos propios? ¿tener que compartir cada uno de ellos, buenos o malos? El odio, el deseo o la vergüenza deben ser también vividos por imposición. Porque si crees que por compartir la materia gris que ocupa ese hueco craneal se está siempre de acuerdo o se piensa de igual modo, estás muy, pero que muy equivocado. Por no hablar del indolente sentimiento de orfandad que va naciendo en la portadora del rostro más oriental en toda aquella geografía facial. Claro, que no lo sabes, pero imagínate dos caras unidas por sus lados, solo que uno de esos lados fue mal calculado y ha quedado condenado a una inclinación descendente, confiriendo al rostro una expresión de eterna tristeza. Un mirar hacia otro lado involuntario. Una asimetría vergonzante. De esto se desprende que, gracias a esa situación corporal, una de las dos se halla en una situación privilegiada con respecto a la otra, pues es la que está de frente, y por tanto a la que corresponde ser la tarjeta de presentación de ambas personas, quieras o no quieras. Será la primera a la que se ve. La primera que se exprese. Y a estas alturas, parece evidente que ésa no soy yo.

Todo se complica cuando se abandona la etapa más inicial de la vida y uno empieza a cuestionarse su sexualidad. No deja de ser extraño que dos personas investiguen simultáneamente un mismo cuerpo, lo toquen, lo exploren y lo sientan. Pero es ya en la madurez cuando viene lo verdaderamente complicado, pues tener que aceptar a la pareja de la que es parte de ti y por la que sientes una repugnancia cruel, es de los peores sentimientos que he tenido que compartir jamás con mi hermana. Es inadmisible para mí sentir el latigazo de la pasión sin ser partícipe sentimental, y serlo en cambio, material. Una contradicción a la que me somete la naturaleza cada día. Sin entrar en más detalles, sentir una y otra vez la lengua de aquel individuo reptando y mezclándose con la mía, y saber que mis manos, que no son mías, pues son compartidas, se escurren y enredan por entre sus muslos, puede llegar a ser el peor de los castigos que me haya tocado vivir.


Y ahora toca lo que es pertinente según el sistema: excusarme ante mi hermana por esta confesión que ya se sabe de memoria. Y tratar de continuar con una vida que poco o nada me pertenece. Seguir aguantando los latigazos del amor ajeno mientras mi mirada se pierde entre las juntas del suelo. Claro que, gracias a este amor que les entretiene en la más absoluta bobería, dejando a mi disposición el cerebro en su totalidad (imagínense entonces quién es el que maneja el cotarro, perdona hermana), yo puedo imaginarme un universo en el que la protagonista soy yo. Y en ese universo, yo, te miro de frente.