viernes, enero 11, 2008

El destino está en la boca.

En el bosque cerrado y oscuro, me encontró la noche, pero era temprano para marchar, pues aún mis bolsillos se estremecían de soledad, ya casi arcaica. Así que mi búsqueda continuaría hasta dar con aquellas dos piernas, dulces y blancas, y con el tesoro que entre ellas hay, del que quería beber y no cesar. Quién iba a imaginar que la muerte me iba a hacer fuerte, más aún de lo que lo hizo el desamor, el desengaño o el fracaso. A pesar de aquella tristeza certera, tenía que luchar por no dejarme arrastrar. Recuerdo que mientras me escabullía por entre las ramas rugosas que me llamaban entre lamentos, buscaba con mi mirada ese cuerpo mutilado de mujer presuntamente hermosa asomando lánguidamente desde dentro de la tierra. Entonces la vi. Vi la flor púrpura que expelía aquella fetidez divina que nos salvaría a todos de la muerte. Pero entre la hojarasca una agitación monstruosa y fatigada me puso en alerta, aunque todo mi esfuerzo fue en vano, pues Trius, el perro de tres cabezas, olía el miedo pegado a mi pescuezo. Pude coger la flor que me daría la vida y huí sin apenas mirar hacia atrás buscando refugio. Tras de mí, el perro aullaba babeante y sus dientes amenazaban a las estrellas de tan iluminados. Todo el bosque temblaba ante Trius. Así llegué hasta el precipicio, en donde yo me detuve, pero no mi corazón. Conocer cuál sería mi destino a partir de ese momento era cuestión de tan sólo segundos. Lanzarme al vacío o arrojarme a sus zarpas. Qué sería menos doloroso: el abismo o el desgarre de la carne. Tenía a mis pies la muerte y en mi bolsillo, la mandrágora. No había más alternativa. Ante huir o enfrentarme, siempre elegiré lo que honra al hombre. Morir luchando, aunque en la boca uno deguste un sabor pestilente a desprecio de mujer.