jueves, enero 31, 2008

Invisible





Sentada sobre la espuma.

Invadida por un trajín arcaico.

Sangre azul. Papel blanco.

A mi espalda Sansón y Dalila.

¿Qué soy si tu me humillas?

¿Si me apagas con tu mirada descalza?

¿con tu desnudez masculina?

Me tragas. Muerdes. Matas.

Me anulas con tu porte academista.

Y es cuando la poesía calla,

cuando más me batalla

y me sube la arena por la espalda

para después nada.

Te aborrezco así,

en la forma acostumbrada,

con la envida desmesurada

que me ocupó cuando te vi.

Y te odio por ello Pérez Villalta.

Te odio hasta el fin.

Encierro

Tras la muselina y la seda,
un atisbo de luz que crece
impertérrito me recuerda
que aun habitando dentro de una caja
sigo viva.

martes, enero 22, 2008

Por caminar

Caminábamos sin rumbo definido.

Caminábamos por caminar.

Un paso. Otro más.

Sus pies pequeños, roedores, dibujaban trazas de inocencia.

Su mano acogía toda la paz del mundo, y sin embargo.

La noche caía, como la seda desde la cama. Y arriba, arriba la luna.

Bañando en leche el camino. De piedras. De tiza.

"Mamá, nos está siguiendo". Aseveró su boca diminuta.

¿Porqué mi alegría? ¿porqué mi tristeza?

"Querrá estar contigo". Entonces el amor. Subía las escaleras de mi esternón.

El amor eres tu, vida mía. Los dinosaurios metálicos dormían.

Algún murmullo más nos acompañaba.

Pero estábamos solos. En la vida. Tan solos como una cometa huida.

Baldía.

Viento suave de poniente.

Solos él y yo. En el aire flotaba una suerte de alegría.

Mientras, sus pequeños pies, ratones, pisaban con fuerza el camino.

Juguete de latón. Cartón piedra. Las dudas rascando la panza de una nube.

"¿Pero porqué nos sigue?"

Que porqué.

¡Qué fácil la vida cuando se es niño! Quiero ser niña.

La luna... luna entrometida.


(Esther R. C.)

martes, enero 15, 2008

20 libros

Estos son los veinte libros que hicieron más liviano mi viaje a ninguna parte, este año ya muerto.

 

El libro de arena (J.L. Borges)

Mi abuelo (Valéri Mréjen)

La analfabeta (Agota Kristof)

La asesina ilustrada (Vila Matas)

Alumbramiento (Andrés Newman)

Los perros de Tesalónica (Kjell Asdildsen)

Lo mejor que le puede pasar a un cruasán (Pablo Tusset)

Alter ego (Varios autores)

Los cien golpes (Melissa P.)

¡La libertad o el amor! (Robert Desnos)

Ochenta y seis cuentos (Quim Monzó)

Pájaros a punto de volar (Patricia Highsmith)

Contra natura (Alvaro Pombo)

El bosque de los zorros (Arto Passilina)

Llamadas telefónicas (Roberto Bolaño)

El matrimonio amateur (Anne Tyler)

El hombre que inventó Manhattan (Ray Loriga)

El chal andaluz (Elsa Morante)

La bicicleta de Sumji (Amos Oz)

La sabiduría de los cuentos (Jodorowsky)

 

Todos ellos especiales sin duda.



Miedo

Y si no soy yo quien arrastra estelas de cordura a través de los impasibles pasillos de la vida, ¿quién es entonces la persona que me habita?


viernes, enero 11, 2008

El destino está en la boca.

En el bosque cerrado y oscuro, me encontró la noche, pero era temprano para marchar, pues aún mis bolsillos se estremecían de soledad, ya casi arcaica. Así que mi búsqueda continuaría hasta dar con aquellas dos piernas, dulces y blancas, y con el tesoro que entre ellas hay, del que quería beber y no cesar. Quién iba a imaginar que la muerte me iba a hacer fuerte, más aún de lo que lo hizo el desamor, el desengaño o el fracaso. A pesar de aquella tristeza certera, tenía que luchar por no dejarme arrastrar. Recuerdo que mientras me escabullía por entre las ramas rugosas que me llamaban entre lamentos, buscaba con mi mirada ese cuerpo mutilado de mujer presuntamente hermosa asomando lánguidamente desde dentro de la tierra. Entonces la vi. Vi la flor púrpura que expelía aquella fetidez divina que nos salvaría a todos de la muerte. Pero entre la hojarasca una agitación monstruosa y fatigada me puso en alerta, aunque todo mi esfuerzo fue en vano, pues Trius, el perro de tres cabezas, olía el miedo pegado a mi pescuezo. Pude coger la flor que me daría la vida y huí sin apenas mirar hacia atrás buscando refugio. Tras de mí, el perro aullaba babeante y sus dientes amenazaban a las estrellas de tan iluminados. Todo el bosque temblaba ante Trius. Así llegué hasta el precipicio, en donde yo me detuve, pero no mi corazón. Conocer cuál sería mi destino a partir de ese momento era cuestión de tan sólo segundos. Lanzarme al vacío o arrojarme a sus zarpas. Qué sería menos doloroso: el abismo o el desgarre de la carne. Tenía a mis pies la muerte y en mi bolsillo, la mandrágora. No había más alternativa. Ante huir o enfrentarme, siempre elegiré lo que honra al hombre. Morir luchando, aunque en la boca uno deguste un sabor pestilente a desprecio de mujer.


martes, enero 08, 2008

Paris

No pongas las manos sobre las puertas,
te expones a una magulladura.

(Metro de Paris)