jueves, noviembre 22, 2007

Yo maté a Frida Khalo

Siempre amé a aquella muchacha de una sola ceja. La amé hasta la enfermedad. La amé aún sin saber lo que era el amor. Irracionalmente. Lo confieso. Cada día imploraba a mi dios de acero sentir su piel caliente sobre la aleación de mi brazo. El único modo de hacerme sentir mínimamente humano. Iba con ese muchacho. Ese tal Alejandro Gómez Arias. Aún lo recuerdo bien. Ella le miraba embelesada, perdida en el océano de sus ojos tristes y a mi me hervía la poca vida que no tenía. Charlaban de todo y de nada, pero su mano me tocaba. Era a mí a quien acariciaba. Y era mi alma ferrosa quien la protegía en aquel camión desaforado.

Pero he de reconocer que la idea de tomarla no se había pasado por mi cabeza. Soy capaz de amar desde la sombra. Eso ocurrió después, cuando el conductor del camión, borracho de velocidad, me hizo perder la cordura. Ése fue el día en el que murió Frida, y no como cuentan esas manidas biografías que nada saben de aquel entonces. Todo patrañas. Lo narraré y verán cómo, aunque oxidado, no miento.

Aquel hombre azotado por el alcohol conducía tan rápido como el viento en los acantilados, como la voz entre los valles. Todo se precipitaba y mi deseo se henchía como un globo rojo a punto de explotar, azuzado por los celos y por el calor de esa hembra. En la encrucijada, un tranvía se acercaba con paso lento. Nosotros acudíamos a su encuentro, raudos, alentados por la ignorancia. Dentro del camión unos reían. Ignorantes. Otros, gritaban. Espantados. Frida se abrazó a Alejandro. Alejandro se abrazó a la vida. Yo me enervaba viéndolos tan unidos. La velocidad venía vestida de muerte y presentí que ése era el día y no otro. Si no la penetraba en ese momento no lo haría jamás. Entonces, el camión y el tranvía chocaron. La gente, asustada, salió despedida por los aires. Yo me desgarré. Me separé de mi cuerpo y atravesé el vientre de Frida en busca de la comunión tan esperada. La penetré allí mismo con una fuerza exagerada.

Después del vértigo, todo fue nada. El silencio vino despacio. Frida yacía desnuda sobre el camino de sangre y arena, como una artista vestida de rojo y plata. Yo, aún dentro de ella, sentía el reducto de su voz fatigada. Extinguiéndose. Después la gente gritaba "¡la artista! ¡la artista! ¡que alguien socorre a la artista!".

Fue Alejandro Gómez Arias quien me arrancó despiadadamente de sus entrañas. Y mientras me extirpaba de la carne rosa y blanda, gritaban al unísono las gaviotas, sonaban las sirenas de los buques del océano y se cerraba el cielo plomizo en torno a nosotros. Frida había muerto. De ella nació una niña. La vimos todos salir de su cuerpo. La niña Frida. Con ojos nuevos y un cuerpo encerrado en su propia carne. Yo maté a Frida Khalo. Yo mismo. Un miserable pasamanos. Pero me consuela pensar que la devolví a la vida, arrebatándosela.