miércoles, noviembre 14, 2007

Tacatá

Conducía ese trasto viejo, borracho de tristeza. Conducía sin saber que lo hacía. El runrún de mi mente me sumía en un estado de semiinconsciencia que me impedía escuchar a aquella mujer que ocupaba el asiento de copiloto. Después de tanto tiempo amándonos pude comprobar que era una completa desconocida.   Sus reproches eran lánguidos y discretos, pero sonaban como el metal contra el asfalto. Y la tristeza se había evaporado, lo supe cuando la recogí. Lo vi en su mirada. Fui consciente del final de nuestro camino, que era oscuro y pedregoso. Me desvié del camino hacia un lado, paré muy despacio, puse las luces de avería tacatá tacatá tacatá y aguardé a su mirada. En ella, todo era nada. El brillo de sus ojos me asustaba. Era el momento de abrir la puerta hacia la sombra. Me dio miedo perder lo que nunca tuve. ¿Qué sería de mí sin ella? Esbocé una sonrisa. Me salió de perro. Vi la determinación personificada. El silencio ahora hacía tanto daño... Bajé la mirada y sentí el dolor de un cuchillo en el pecho. Después la puerta se cerró y lloré abrazado al volante siguiendo con la mente el ritmo del tacatá.

 

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