jueves, noviembre 08, 2007

Ha nacido el amor

El delicioso sol de abril nos daba de lleno en la cara porque le mirábamos de frente, agradecidos pero protegiendo nuestros ojos con unas gafas oscuras. Aquella disposición nos mantenía a uno al lado del otro. Cerca, pero lejos. Ricardo tenía las piernas estiradas y cruzadas bajo la mesa que habíamos elegido en la terraza de aquel bar. Eso significaba que su culo estaba al ras de la silla. Cruzaba los brazos sobre su torso inflado, y su barbilla casi se apoyaba sobre su pecho. La papada le desbordaba por los lados. Tras los cristales verdes que ocupaban gran parte de su rostro no se adivinaba si dormía o si miraba. Ya habíamos terminado los cafés. Ricardo, incluso había apurado un coñac y había intentado desentrañar los posos. Yo, acodada sobre la mesa, observaba al resto de los clientes que el que más o el que menos, dormitaba clandestinamente. Vagué con mi mirada por el lugar ajardinado, observando las castañas caídas, que son muy bonitas, pero que no son comestibles, o bueno, son comestibles pero excesivamente laxantes, observando las bolsas vacías de pipas de Tarancón, que eran arrastradas por la brisa, animadas casi a volar, y acompañaba con mi mirada a la gente que por allí deambulaba, al ratón mugriento con un globo fálico en la mano, a un sospecho grupo de africanos cuchicheando, a una china vendiendo carteles taurinos. Me detuve ante una pareja que, sentada en un banco de madera se besaban y manoseaban sin vergüenza. Él, despatarrado, la sostenía por la cintura de modo que sus cuerpos formaban un anclaje, un puzzle de dos piezas. Parece que él se entretenía mordisqueando el cuello de aquella muchacha. Ricardo. ¿Si? ¿tú qué crees que es el amor? ¿el amor? si, el amor. Ricardo cambió de postura. Suspiró y me miró con hastío. No parecía alentado a comenzar un diálogo de aquel calibre. Pero habló. Con desgana, pero habló. El amor es un tren hacia París. No. Te lo pregunto en serio. Lo digo en serio. El amor es un ascenso a una alta montaña. Es... es una gran prueba. ¿Sabes qué creo yo? Sorpréndeme. Creo que el amor es una mierda. ¿Una mierda? Si. Una mierda. El amor no apesta. ¿Tú has conocido el amor? El amor es una herida. ¿Una herida? Jamás he visto que el amor supure. El amor puede infectarse. ¿De veras? Claro. No. Una herida, no. Porque las heridas terminan curándose. El amor es una úlcera crónica. Dolorosa y sangrante. A veces me asustas. Es lo que pienso. El amor es vida. ¿vida? Si. Verás. El amor nace, crece... si, claro, folla y muere. ¡Qué bruta eres! Parece que en lugar de sentimientos tienes cristales rotos. Soy realista. Y algo depresiva. El amor nace dentro. En el pecho. Aquí. –Y se señalaba con el dedo índice el lugar que ocupaba su corazón-- Y si pones tu mano sobre él puedes llegar a escucharlo. ¿acaso no has observado a Valentina y a Ramiro? Su amor se oye a través de las paredes. –Y volvió a adoptar la postura inicial para seguir dormitando.--Valentina ha dejado su país. Por él. Ramiro ha dejado su vida. Por ella. Creo que voy a vomitar. Vomita si quieres, pero hazme un favor, ve al aseo a hacerlo. Y cuando termines, avísame, porque debemos volver al trabajo. Creo que ya son las tres y tenemos que terminar los balances. No iba a vomitar, por supuesto. Me gustaba sacar a Ricardo de sus casillas, pero me levanté dispuesta a quitarme a esa pareja de mi campo de visión. Pedí al camarero que había tras la barra, la llave del baño. Era una llave normal, de las de puertas normales, de casas normales, de vidas normales y llevaba una cuerda de esparto a modo de llavero. Abrí. Casi tenía que rozar con mis piernas el mugriento retrete para poder cerrar la puerta. Olía mal. El suelo estaba enlodado. Oriné. No había papel. Me lavé las manos. Me miré ante el espejo roto y gastado. Me vi. Vi mis ojos. Miré dentro. Mi mano subió lentamente como una araña hasta el lado izquierdo de mi pecho y ahí se quedó, intentando escuchar una suerte de pataleo.