miércoles, octubre 31, 2007

Amarillo canario

Le felicito. El doctor de la boca nacarada lo dijo con la misma vehemencia que se usa cuando te dicen, después de una larga jornada de nervios, que ha sido un niño, que no tienes cáncer, que el trabajo es tuyo, que has cruzado la frontera, que te han concedido la hipoteca a sesenta años. Entonces se desperezaron todas las flores del mundo, los prados resplandecieron, los hijos sonrieron a sus madres esquivas, el cielo se volvió rosa y verde y amarillo, y meliflua mi sonrisa, incluso pude escuchar el canon de Pachelbel. Esas dos palabras tenían la contundencia de un gran libro de sólidas tapas cerrándose, simultánea y concluyentemente, plof, provocando una nube de polvo blanquecino. Tras aquella nube, el doctor, del que me llegaba el aroma de su perfume, caro sin duda. Le felicito. El binomio adquirió la suficiente fuerza como para que me creyera curada. Curado de mis manías. De mis soliloquios. Si he de ser sincera, yo misma advertí el progreso que había estado viviendo las últimas semanas. Ya casi no le lanzaba al pobre de Eduardo mis inquisidoras miradas cuando su tráquea materializaba un glup redondo y lento. E incluso, había notado mi manera de reprimirme en el vagón del tren cuando alguien, cualquiera, sentado por casualidad a mi lado, mascaba chicle con la boca abierta. Por fin había conseguido no resoplar más de una vez cuando comenzaba la tortura de las explosiones de fresa. Por eso había llegado este ansiado momento de reconocimiento. Tan sólo faltó que el doctor de la boca nacarada me tendiese un diploma y me lanzara serpentina mientras yo le ofrecía mi amistosa mano.

Abandoné la consulta con pies alados. Rejuvenecida. Ligera como un molinillo, esférico y delicado, a punto de desmembrarme con el roce de cualquier ligera brisa. Una vida nueva comenzaba para mí a partir de ese momento. La estación de tren a la que me dirigía tenía el aspecto de un ingenioso prisma, hasta que dejó de serlo, para convertirse en el culo de la opulenta mulata que me precedía. Era pomposo, prieto y lucido. Enfundado en un ajustado pantalón amarillo canario. Sus cachetes danzaban rítmicamente a izquierda y a derecha, y mis pasos seguían aquel ritmo que al parecer se imponía. Izquierda. Derecha. Izquierda. Derecha. Pom. Pom. Pom. El rugido de un tren nos alertó a ambas de su perentoria partida. Y entonces el culo aumentó el ritmo de la samba al afterpunk. Derechaizquierdaderechaizquierdaderechaizquierda, para terminar siendo una carrera a contra reloj. Del bolsillo apretado del apretado pantalón asomó la cabeza lo que parecía ser un billete de transporte público. Vi perfectamente (ya he explicado que su ritmo me sometía a un encantamiento) cómo aquel billete salía del bolsillo, como sale un gusano de una castaña: decidido a morir, cayendo al suelo. Y entonces es cuando uno piensa en Santo Tomás de Aquino, y el egoísmo vence al corazón, (que además está tonto y ciego de esplendoroso) y no le dice nada a la mujer del culo oscilante. El billete se queda triste yaciendo en un suelo peligroso y desconocido para los billetes. Pero las dos entramos en el vagón, que parecía suspirar de aburrimiento, aliviadas de saber que llegaríamos a nuestro destino con cinco minutos de adelanto. La mujer del culo oscilante, que mascaba chicle de menta fresca, se sentó a mi lado. Y comenzó a buscar en su bolso de vinilo negro. Era grande, tanto como una bolsa de basura. Y la mulata del culo rítmico se desesperaba buscando lo que yo solo sabía. Sacaba de su bolso todo su contenido. El teléfono móvil, una agenda mugrienta, un pintalabios, una compresa, un chismito pequeño con unos auriculares largos, una billetera con billetes de transporte público. Ahí se detuvo. Los extrajo todos. Los pasaba de una mano a otra como si jugara al mus. Como si cambiara cromos. Y bisbiseaba palabras desconocidas para mí. Porque aún no sé hablar brasileño. Alguien, un hombre esmirriado, se situó frente a mi y me preguntó gesticulando grotescamente, si el tren se dirigía a Atocha. Asentí sonriendo. Y el culo oscilante que seguía sacando cosas de su bolso de vinilo negro. Aún extrajo un secador de pelo, un cucú de pared. Y aquel esmirriado movía el pie acompasadamente con la música atronadora que salía de sus auriculares incrustados en sus enormes orejas de murciélago, transparentes y varicosas, pavoneándose ante mí (aunque pretendía hacerme creer que a quien quería impresionar era al culo cadencioso). Estaba decidida a ayudarla, a decirle que su billete estaba tirado en el suelo de la estación. Que se olvidara de él, que ya no estaría cuando regresara. Que echara alguna hora más en el trabajo para poder comprarse otro, pero un clic me lo impidió. Clic, clic, clic. Alcé la mirada y busqué con ansiedad el causante de aquel sonido. Clic, clic. Un hombre narigón, vestido como se visten los horteras franceses de los años setenta en las portadas de los discos de treinta y tres revoluciones, se cortaba impasiblemente las uñas con un llavero cortaúñas. Imaginé el suelo lleno de trozos de uña. También imaginé que un trozo de uña me caía dentro de un ojo. Algo se removía en mi interior. Noté cómo se mezclaban mis humores en el estómago, cómo tamborileaban mis dedos sobre mi pierna y decidí pensar en un mundo feliz, tal y como me había estado enseñando el doctor. Un mundo basado en la tolerancia clic, clic, un mundo clic, donde los ancianos y los clic niños, clic, clic, clic no son arrollados clic cuando van a entrar a algún lugar, donde las sonrisas clic, clic superan con creces clic a los desprecios. Clic, clic, clic. Pero me levanté encendida en fuego. El clic dejó de oírse por unos segundos. Miré con efusividad al francés narigón y hortera que también me miraba, le lancé flechas siux envenenadas que imaginé clavadas en su borboteante corazón rojo, escupí fuego al esmirriado que me observaba ufano mientras me decía a mí misma ven, que te estoy esperando, enano esmirriado a ver si sigues teniendo ganas de mirar el culo oscilante de la mujer sin billete después de mi mirada asesina, y a ella... a ella la dejé para el final. La miré. La remiré. Vi cómo continuaba mascando goma verde, y chasqueé la lengua, me di la vuelta y marché con pies alados de aquel infierno.