martes, octubre 09, 2007

El ojo

Yo no quería mirar ese ojo. ¡Pero era el ojo quien me llamaba! Era él quien parecía decirme, como en un dulce encantamiento, mírame, ¿no ves cómo soy? soy irregular, inverosímil y remoto ¿qué sientes? ¡vamos mírame con valor!, quiero que te sientas culpable por ser tan proporcionada. Pero yo me decía a mi misma, no, no le hagas caso, no le mires, que no note que le estás observando. Intenta fijar tu mirada en el otro ojo. En el bueno, en el de la mirada recta. De ese modo no se sentirá retraído. No tendrá excusas frente al espejo para pensar que le he visto raro. Que piense que para mí, como para el resto, su anormalidad no es eficaz. Pero todo mi esfuerzo me ha sido en vano. Porque mis ojos buscaban allí la desviación, la oblicuidad en su mirada, como si fuera el narcótico que me faltara en la sangre. Yo diría que se trataba más bien de una fuerza irresistible, como la que ejercen los imanes, la que me atraía hasta su anómala mirada. Hipnotizada, sólo era capaz de hacer lo que no me gustaba nada. Justo mirar aquella tara. Y por no querer hacer daño, sólo yo me hacía daño.