martes, septiembre 04, 2007

Conversaciones calladas

El niño jugaba a hacer castillos de arena. Pasadizos, grutas y patios. Almenas, torres y calabozos. Él solo. Bueno, él y las monótonas olas. Tampoco necesitaba a nadie más. Aunque bien es cierto que la presencia de alguien con quien poder hablar, con quien poder planear las bases de su juego, siempre hacía más apetitosa la fogosa mañana de playa. Llevaba ya un buen rato trabajando en un gran túnel que suministraba agua a las estancias del castillo y que, a veces, su desbordante abundancia, redondeaba las líneas de la construcción.

La vehemencia de una sombra le hizo sospechar que alguien le observaba. Notó a su lado la presencia de una persona. Levantó sus gatunos e inocentes ojos, y vio a una pequeña cuyo pelo rubio se asemejaba al blanco y delataba su origen extranjero. No se dijeron nada, pues los dos sabían que sería inútil. El niño volvió a bajar la mirada hacia su castillo y siguió trabajando en su construcción, alargando todo lo que podía aquel interminable túnel. Un instante después, vio cómo la niña se arrodillaba junto a él, y sin mediar palabra, comenzaba su labor de ayuda. Su pequeña manita arrimaba puñados de arena donde evidentemente debían ir altas montañas, y arañaba la arena donde era obvio que hubiese fosos. A veces se miraban largo rato, pero en ningún momento hablaron, no les hizo falta porque se entendían perfectamente.