martes, agosto 07, 2007

Deseos

Era un día cualquiera y estaba sola cuando la noche, salpicada de destellos, llegó como un susurro. Casi como el rumor de los recuerdos. Como una sombra de murmullos ilícitos. Una remembranza de bisbiseos desconocidos e insensatos. Recuerdo que pensé, ojalá se rompa la noche en mil pedazos, y yo con ella. Que se rompa como un espejo. Como el espejo de un sultán. Y que se rompan los sueños, aún a riesgo de que se conviertan en pesadillas. Recuerdo que lo deseé con mucha fuerza. Y que cerré los ojos como si fueran puños. Me pregunté, ¿y si, cuando abra los ojos, la noche se ha desquebrajado? o lo que es mejor, ¿y si la noche se ha roto en diminutas piezas, tan pequeñas como el polvo? ¿minúsculas e insignificantes? ¿y si la noche ya no existiera? entonces ¿qué pasará entonces? ¿desearé que se rompa también el día? Cuando abrí los ojos, suspiré aliviada.  Porque allí, aún estaba la noche. Aquella noche tan callada.