martes, julio 10, 2007

Un ángel.

Su madre –ahora lo piensa-, fue una mujer de hoy, de ayer, y cómo no, de mañana, -porque así era, una mujer que avanzaba, como lo haría un molinillo, con pies ligeros a través del paso del tiempo-, digamos que fue una mujer de mente abierta, con luz en los ojos y el alma despejada. Pues su madre miró a su hija con detenimiento, -sus ojos en sus ojos, su azul en su azul-, y la percibió tal y como se percibe a un ángel. Esos ojos sólo podían pertenecer a los de un tranquilo querubín, capaz de transmitirla toda la paz de la que ella carecía, y su belleza, sin duda innata, asomaba por entre su piel de seda, fruto, claro que sí –a ella le gustaba pensarlo así- de su propio cuerpo, de su propia sangre, de sí misma. Su niña, y sólo su niña era la única responsable de mantenerla en un sosiego permanente, en una tranquilidad casi como una sedación, hasta que un buen día, de esos de cielo indiviso y pensamientos mansos, la madre, hermosa como lo son todas, le preguntó con un hilo de voz, ¿qué querrá ser mi cielo? dime... ¿has pensado lo que querrás ser cuando seas mayor amor mío?, a lo que la niña respondió, con toda la templanza que su pequeño cuerpo albergaba, pero firme y con decisión, claro mami, quiero ser una pin-up. Eso... eso era lo más parecido a decir mami quiero ser puta, pero con esos ojos almendrados y esa cara de ángel... ¿quién podría negárselo?