jueves, junio 07, 2007

Lo que pensarán de nosotros cuando hayamos muerto.


La primavera continuaba dormida, a pesar de lo avanzado que estaba el mes de mayo. Parecía como si el invierno, después de tantos meses instalado, se resistiera a partir. Con todas las mantas que cubrían mi cuerpo, aún sentía mis huesos entumecidos. Abrí los ojos y observé cómo una franja de luz se colaba a través del vano de la puerta. Como siempre, sólo yo llenaba el vacío de la cama. Aparentemente todo seguía igual entre aquella penumbra que había ido creciendo durante los últimos meses en mi cuarto. A mi derecha, pude ver una raquítica silla, que después recordé, era la que ocupaba Ana durante las noches en vela, mientras me mojaba las sienes con paños helados, o le acercaba agua fresca a mis labios resecos. Frente a la cama, el espejo seguía impasible el paso del tiempo. Hice acopio de la poca fuerza que aún conservaba, y pude levantarme para dirigirme hacia él, con la intención de comprobar, hasta qué punto había hecho mella, esa extraña enfermedad que aquejaba mi cuerpo. Lo que sucedió a continuación, sólo pudo arrancar de mi rostro, una expresión de horror y espanto, porque aquel deslucido espejo, no me devolvería ninguna imagen de mi mismo, tal y como yo esperaba. Era como si mi cuerpo fuera transparente como el agua. Víctima de mi imaginación, agité las manos frente a él haciendo ademán de saludo, con la vana esperanza de encontrar alguna suerte de movimiento en su interior. Después, y ante el primer desengaño, me pellizqué la cara, intentando así, comprobar el estado de mi mente, quizás aún en proceso de sueño. Pero me sentía más vivo de lo que jamás hubiera pensado estar. Definitivamente, y por inverosímil que pudiera parecer, el espejo estaba vacío, o quizás fuese yo quien estuviera muerto y exento de mi propio reflejo. Por un impulso casi mecánico, me dirigí hacia la ventana para abrir el postigo y dejar así, que la luz del día inundara el cuarto. Sólo después me volteé para ver, con pánico en los ojos, mi lecho. Allí, entre las mullidas mantas, se encontraba mi cuerpo inerte. Me acerqué a mi mismo y me toqué con sumo cuidado. Estaba caliente. Lo cual sólo podía significar que yo no estaba muerto, y que lo que a mi cuerpo le sucedía, era simplemente, que mi alma había abandonado la materia, para vislumbrar desde otra dimensión, la miseria que me rodeaba, y de la cual yo era un absoluto ignorante. De pronto, escuché el tintineo de unas llaves que se acercaban hasta la puerta. Después, sentí cómo se abría la cerradura. De nuevo tuve miedo. Era Ana. No me vio. Quiero decir, que no vio mi alma, aunque sí mi cuerpo. Nada le extrañó. Se sentó en la escuálida silla. Acercó su oído hasta mi pecho, y casi pude observar su determinante abnegación. Entonces tuve ganas de prometerla que jamás le volvería a poner una mano encima. Que la amaría como jamás había amado antes. Quería pedirle perdón por haber sido tan miserable, pero cuando ya me disponía a introducirme de nuevo en mi cuerpo, alguien inesperado irrumpió el silencio del dormitorio. Era Nicolás. Un antiguo y buen amigo de la familia que le preguntaba a Ana que si ya. No, aún no, respondía ella. Y yo observaba con impaciente curiosidad cómo Nicolás le tendía con complacencia a mi esposa, un vaso, al que previamente le había agregado unos polvos. Ana lo cogió respondiéndole con una sonrisa, mitad de agradecimiento, mitad de complicidad y después, me lo hizo beber como si fuera un pajarito recién nacido, con mi pico rojo y abierto. Ahora, ya tengo la certeza de lo que pensarán de mi cuando yo haya muerto.
(El dibujo es de Moisés mahiques)