jueves, abril 19, 2007

La ventana ausente


Un hombre que desea, es un hombre loco. Por eso, decir que lo que los ojos no ven, el corazón no lo desea, es tan falso como decir que morir es pasar a mejor vida. El deseo se forja con la ausencia, y así, poco a poco, el hombre se hace poeta, y el poeta, de tanto desear, enloquece. Esta es la historia de un poeta que se volvió loco. El poeta, de traje raído y zapatos relucientes –y del que no diré su nombre, pues carece de importancia-, solía acudir a una taberna cada mañana. Allí, pasaba largas horas divagando entre humo y tinta. Su mirada se perdía tras los cristales de la vidriera. La vida pasaba deprisa en el exterior. La vida pasaba despacio en el interior. Y el poeta soñaba tanto y tan rápido, como la vida le permitía.
Sus versos, cuando surgían, lo hacían sin previo aviso, y entonces, el café se quedaba frío. Del erotismo más sublime surge mi yo más canalla, escribía el poeta. Esa mañana comenzó así su verso, y después, miró afuera. Vio gente con prisas, hojas cansadas, un edificio dolorido y una ventana ausente. Pero nada de eso le servía. Se mojó los labios y aborreció el café. Miró de nuevo. Con otros ojos. Y esta vez vio la celeridad del alma, la primavera dormida, el hogar que agoniza y una mujer hermosa. Apareció allí, de repente, en aquella ventana. Ocupando la ausencia que antes hubo en ella. Regalando a sus ojos la prístina piel de aquellos pechos desnudos. El poeta sintió un vahído y después, una insolente turgencia. Sin menoscabo, cogió el lápiz y por fin, continuó sus versos.

Del erotismo más sublime,
surge mi yo más canalla.
Deja que me acerque, mujer, que te mime.
Y después, calla.
Sueño que de tus pechos níveos bebo
y que me embriago de violeta.
Que mi deseo longevo,
con tu distancia se agrieta.

Pero la mujer desaparece. Solo deja el recuerdo de su sombra. Un triste y callado eco. Son las once de la mañana y el poeta, rendido, se marcha. Al día siguiente no pudo apartar la mirada de aquella la ventana. Que estaba sola. Y así continuó durante todo el día. Y al día siguiente. Y al siguiente.

Una de esas mañanas, en la taberna, el poeta se mojaba los labios, se rascaba su pelo ralo y se desesperaba. El café estaba frío a morir. Esa ventana, llena de esperanza. Allí estaba ella. La esperanza era una mujer. Eran unos pechos. El poeta creía enloquecer. Detuvo sus ojos en sus ojos. Y deseó tocar su piel. Se levantó con precipitación. Vertió sobre la mesa, el café. Salió a la calle, pero ella ya no estaba. Cabizbajo se volvió a su mesa. A sus versos. A su papel. La agonía, negra como tu alma, me invade y me mata, escribía el poeta. Y cuando el sol ya se marchaba, echó su última mirada a la ventana ausente y después, se marchó a su casa.

El tiempo pasó, y los encuentros entre el poeta y la mujer de la ventana siguieron siendo fortuitos. Una mañana, el poeta impaciente, le preguntó al tabernero por el nombre de aquella mujer. ¿Qué mujer? preguntó el tabernero. Aquella, la que cada mañana se asoma a esa ventana para que yo concluya mis versos. Ella me muestra sus pechos desnudos. Y llora. Y es entonces cuando mi lápiz cobra vida. El tabernero le miró con compasión y le aconsejó que descansase. No le vendría mal dormir, le dijo. Pero el poeta insistió. Dígamelo, dígamelo por el amor de dios, o voy a volverme loco. ¿Loco? le preguntó el tabernero con una expresión socarrona en su boca. Frente a esta taberna, amigo, sólo hay bosque. Sólo bosque.