lunes, abril 16, 2007

Un día en cualquier ciudad del mundo


El día transcurre con normalidad. El pulso del lugar es precipitado, como nos gusta a todos los que habitamos en las grandes urbes. Los cláxons no entienden de silencios. La gente no entiende de modales. El egoísmo no entiende de elegancia. Hoy, además, las nubes avanzan a la velocidad de los automóviles. Así da gusto. En esta ciudad de cualquier lugar del mundo, la prisa es un modo de vida asimilado, aceptado y normalizado, como en cualquier ciudad del mundo. No para los niños, desde luego. Para ellos simplemente se trata de una aburrida mentira. Ni siquiera lo pueden tocar. ¿Cómo creer pues en algo que no se ve? igual que no creen en hadas, brujas y ogros, ¿por qué creer en el tiempo? Pero para los adultos, el tiempo es una necesidad vital. Si no corremos ¿para qué vivimos? Así que, desde que nos levantamos y hasta que nos acostamos, una prisa incipiente nos empuja. Vamos, vamos. Rápido. Hay que vivir mucho.

Hoy, una madre y su pequeño acuden a un gran centro comercial. Van con mucha prisa. Tienen que hacer rápidamente la compra, para irse después a las actividades extraescolares que harán del pequeño un gran hombre. El inquietante edificio gris espera con la boca abierta el fluir de la gente. La mujer es joven para lo mayor que podría ser. Se ve que su cuerpo no tiene tanta prisa por envejecer. El niño aparenta ser eso, un niño. Como los de antes. Va solito. Nadie le da la mano, porque las manos de la madre están en otro lugar. Quizás ocupadas con un móvil. Quizás tímidas en un bolsillo. Los dos caminan. El uno al lado del otro. En el semáforo, el niño se detiene observando a un simpático perro que intenta morderse su propio rabo, y para ello, da vueltas y vueltas sobre un mismo eje. Ahora sí. Cuando el muñeco estático del semáforo cambia a verde, la mano de su madre le agarra de una manga y tira de ella para que el pequeño agilice su paso. No hay que perder tiempo, pues el semáforo también tiene prisa por cambiar. El niño avanza después que sus pies. Un paso de su madre, equivale a tres pasitos suyos. Intenta poner un pie en cada ralla blanca del asfalto, pero es imposible, con una piernas tan cortas...raya, gris, gris, gris, raya, gris, gris, gris, raya…. Los pajarillos metálicos comienzan a cantar. Parece que la primavera se le ha adelantado al invierno. El pulso se acelera aún más. Pero la acera es ya una realidad.

Dentro del centro comercial hay un hormiguero de gente. Que va. Que viene. La joven madre aprovecha las actividades que el centro comercial ofrece a sus clientes, y deja a su hijo disfrutando de un cuentacuentos exclusivo para usuarios mientras ella se abastece. No te muevas de aquí hasta que yo regrese ¿me oyes?. El niño asiente con determinación, siguiendo con la vista, arriba y abajo, el dedo índice de su madre. Ella desaparece entre el bullicio, y el niño comienza a mirar con curiosidad a aquel extravagante hombre que se dispone a contar ¿cuentos?

Pero el niño piensa que los cuentos son aburridos. Que hay que imaginar demasiado, e imaginar es una pérdida de tiempo, porque hay que hacer un gran esfuerzo para, al final, no ver nada. Además, ese hombre es demasiado mayor para hacer esas payasadas, y piensa que si él tuviera un padre e hiciera eso, se avergonzaría de él. Así que, se quita las gafas para evitar ver cómo aquel hombre gesticula y pronuncia cada palabra como si hablara con bebés.

El niño sin gafas no puede ver nada, pero alcanza a distinguir entre bultos la zona de telemática. Decide ir hacia allí, así que se levanta y avanza entre la nebulosa a pasos cortitos, tropezando torpemente con las vitrinas. Camina confundido y no llega hasta esa sección, porque la marabunta le empuja y le arrastra y le lleva por un camino equivocado. Pero no puede hacer nada más que dejarse llevar por la masa delirante y ciega. El pequeño no siente temor. ¿Cómo sentir algo que no se puede ver?

El niño es escupido por el gran edificio luminoso y camina entretenido por las calles, gris, gris, gris, gris, gris, eso sí, ahora con las gafas puestas, para disfrutar bien de todo lo que le ofrece el día. Si me caigo del bordillo, pierdo. Si pierdo es que me muero. Mierda. Caca. Gilipollas. El niño funambulista, avanza sin remisión hacia ningún sitio.

En el descampado el sol se pone con parsimonia. Entre los escombros es bonito ver cómo anochece. Los trozos de cristal verde le ofrecen destellos. El niño descubre que inventar juguetes con la basura tiene cierta gracia. Pero empieza a sentir frío. Sentado entre los deshechos espera a que su mamá regrese. Ya le parece que se está retrasando demasiado.

El niño piensa que dormir acurrucado entre los escombros es triste e incómodo, pero de ahí no se movería porque en eso quedó con su madre. Así que la esperaría allí, pero durmiendo.