miércoles, marzo 07, 2007

LA ARMONIA DE LAS ESFERAS




“Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara
y de sentarse en el fatigado sillón,
volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava
y dijo una palabra en voz baja.
La rosa resurgió.”

Jorge Luis Borges
La rosa de Paracelso

La armonía de las esferas.

Hace un tiempo, fui a París. Sólo puedo recordar ese viaje como un acontecimiento mágico, porque todo lo que allí me sucedía, iba arropado con un aura de excelsitud. Desde el viento que soplaba lánguidamente, arrastrando a su paso hojas de diversos colores, hasta detalles mínimos que parecían calculados por algún tipo de fuerza superior, de orden oculto; como esas notas musicales que llegaban hasta mis oídos, casi como un sueño. Así, La vie en rose, con sus proporciones armónicas y sus formas abstractas, constituía mi cosmos, y estaría siempre sonando en mi imaginación a cada paso que daba en aquella fastuosa ciudad parisina.

Fui sola porque tenía algo pendiente en mi vida. Ese tipo de cosas que sabes que debes hacer por no creer que has estado en el mundo sólo de paso. Antes de morir, quería visitar el cementerio del Père Lachaise y averiguar cómo trataba aquel lugar a mi queridísimo Sr. Wilde. Pude comprobar que, bajo aquél cielo plomizo, su tumba aparecía sublime. Dejé una rosa roja custodiando la piedra. ¡Qué palabras! ¡Qué simbología! ¡Quién me iba a decir a mi, que algo tan poco habitual como es la presencia de una rosa, fuera a repetirse en más de una ocasión durante mi viaje! ¡Cuántas rosas marcarían a partir de ese momento mi vida para siempre!

Abandoné aquel lugar para pasear por la abigarrada ciudad. Me acerqué a la Sainte Chapelle, paseé por los Campos Elíseos flanqueados de hermosos castaños, toqué los rosetones del Arco de Triunfo y así, recorrí aquella ciudad con una aguja apuntando al cielo. Notre Dame y sus terroríficas gárgolas, El hotel des Invalides, busqué bajo la pirámide del Louvre algún indicio que apuntara al descubrimiento de los restos de María Magadalena y navegué por el Sena.

No dejaba de ser una turista más. Yo también descubrí que al pie del Sacre Die hay un carrusel de ensueño. Y todavía hoy, si cierro los ojos, puedo escuchar su música. Ya no soy una niña, lo sé, pero elegí un carruaje tirado por un caballo blanco. Me acomodé en su interior como lo hubiera hecho una princesa. Y esperé con pueril ilusión a que comenzara el viaje. Mi viaje.

El carrusel giraba y a través de la ventana vi a un hombre con la mirada perdida. Mirando sin ver. Creí no conocerle, pero pude comprobar cómo me observaba. Yo quise creer que me miraba. Ahora lo sé. Parecía mayor y algo abreviado por el paso de los años, aunque bien vestido. Pelo ralo y blanco. Las orejas, inauditas. En su mano lucía un bastón con cabeza de metal, y sus ojos, sus ojos parecían traspasar mi cristalino, a pesar de su ceguera. Porque, sí, aquel hombre era ciego. Me asusté por las coincidencias. Me alarmé por la imposibilidad. El parecido con el escritor de Tucumán era sorprendente, pero absurdo sólo pensarlo ¿porqué habría fijado sus ojos vacíos en mi? ¿Acaso me conocía? De pronto, me urgió que aquel carrusel cesara su movimiento. Tal era mi deseo de acercarme al extraño e interrogarle, que me ahogaba.

Cuando bajé, aquel hombre ya no estaba allí. Pero le vi alejarse calle abajo. Caminaba con la celeridad que le permitían sus viejos pasos, casi escapando, o ¿acaso pretendía que le siguiera? ¿qué querría que supiera? Le seguí lo más cautamente que pude a través de las calles parisinas hasta llegar a la orilla del Sena. Él seguía sin descanso su andadura. Se dirigía hacia los quais, aquellos paseos que flanquean el río y en donde los vendedores ofrecen joyas literarias. Súbitamente y mientras le observaba oculta desde un rincón, arrebolada por el cielo, aquel hombre se detuvo en un puesto de libros, volteó la cabeza una vez más hacia mí, y a los pocos segundos, se había desvanecido como un fantasma de humo.

Primero temblé y después, me dirigí hacia ese puesto. Nada había de extraño en él. El vendedor canturreaba con un pitillo entre los labios, mientras colocaba postales de mujeres desnudas de los años veinte.

De entre todos los libros que estaban expuestos allí, me fijé en un uno que irradiaba luz. Pero al parecer nadie podía verlo más que yo. Esa luz, brillaba sólo para mi. Sentí miedo. Era una edición francesa, muy cuidada y elegante de La Rosa de Paracelso. Recordé aquel cuento vívidamente. Y entonces, sí. Supe quién era ese hombre que me había conducido entre tinieblas hasta allí. ¿Porqué no? ¿Acaso no lo merezco? Lo cogí con delicadeza, como si tuviera vida. Lo sostuve con ambas manos y observé la portada en piel repujada y grabada con letras doradas. Entonces lo abrí, con sumo cuidado, intentando que la magia no cesara. Estaba dedicado. Con letra furiosa se leía “La rosa resurgirá, amigo”. Y yo no podía dar crédito a lo que estaba leyendo, porque la firma, ¡la firma de aquella dedicatoria! era ni más ni menos que de Bioy Casares, amigo recalcitrante de Borges. Y ese libro estaba allí, entre mis manos. Y de porqué estaba aquel libro ahí, no hay explicación, como tampoco la hay sobre la dedicatoria de Bioy, ¿porqué le dedicaba un cuento, que no era suyo, al propio autor? Me sudaban las manos. ¿Se habría dado cuenta alguien de aquel hallazgo? ¿o sólo yo podía verlo?

Pero la armonía continuaba sin cesar y así, el librero me sonrió e hizo un gesto que cualquiera habría comprendido tal y como yo lo hice. Así que, le devolví mi mejor sonrisa agradeciéndole el regalo, guardé el libro como quien guarda un tesoro, y me marché al hotel apresuradamente.

Cuando llegué a la habitación del hotel, deseosa de poder abrir de nuevo el libro, de empaparme en sus letras, de soñarme discípula, vi que una rosa roja flotaba sobre mi cama.

Ya soy vieja, y aún no he llegado a comprender nada de aquella aventura, aunque sé que aquel caballero que leía de niño a Schopenhauer, me eligió a mi. Mi libro, o el libro de Bioy o, tal vez, el libro de Borges sigue aún inédito en mis manos, y la frase continúa resonando como una armonía en mi cabeza.

Fuera la tierra sigue girando sobre sí misma. La luna alrededor de la tierra. Y todo, alrededor del sol, en armonía. Yo, en el centro de ese universo.


Esther R.C.
2007


(Este cuento se lo dedico a mi hermano mayor.

Para ti Juan.

Ya te daré la rosa.)