jueves, marzo 01, 2007

LA NADA


Como no sé nada del mundo, pero sé un poco de mí, decido empezar por ahí, escribiendo hacia dentro. Quizás así pueda llegar a inventarme. Estoy aburrida de ser sin más. Por eso, con el corazón palpitante por la emoción, me siento en la mesa de mi cuarto, cojo una estilográfica, fijo mi vista en el papel inquietantemente blanco, y me dispongo a escribir. Todo lo hago de forma pausada, casi calculando los movimientos, con sosiego y elegancia, como un no vaya a ser que se despierte...

La mano me tiembla un poco, pero es por la falta de costumbre. Le doy la vuelta a mis ojos, un giro preciso, de ciento ochenta grados, justo para ver mi interior. Está muy oscuro ahí dentro. Seguro que hasta hay eco. Busco con paciencia, algo. Un recuerdo..., aunque duela, pero en ese preciso momento, siento en el pecho un mordisco que me rompe. No es un bocado de dientes de leche, sino de lobo. De colmillos que desgarran. Rápidamente la mesa se empapa de sangre. Es espesa y está caliente. Se va extendiendo con parsimonia, recreándose en su avance, ocupando el vacío blanco. Siento que huele de un modo familiar. Casi puedo verlo.

Y es fastidioso, porque ahora, no podré inventarme. Me lamento por haber perdido lo que nunca tuve. Llevo la mano al pecho y noto el corazón rabiosamente acelerado. Casi dando saltos. Parece que quisiera salir de ahí. Intento colocarlo de nuevo en su cavidad, mientras me dirijo a algún lugar para buscar un trapo. Cuando regreso, con la mano aún sobre mi pecho, veo que la sangre chorrea desde la mesa hacia abajo. Las gotas caen con una consistencia melosa, casi estirándose para tocar el suelo. Y pienso que es preciosa. Y densa. Y brillante. Y viva.

Pero ahora, pierdo el tiempo limpiando algo tan engorroso como es la sangre. Si al menos no fuera roja, dejaría secar el papel, y entonces, escribiría hacia dentro, como hacen los buenos escritores, esos que dicen que para escribir, primero, hay que leer mucho. Que luego Dios dirá.

Mas el papel ha quedado inutilizado y mis ganas de reinventarme, dormidas. Ahora sé, que me ha visitado un negro fantasma. Cuando tenga la bondad de marcharse, y cuando tenga un nuevo papel blanco y cuando haya leído lo suficiente, volveré a intentarlo, quizás entonces, Dios diga algo.

Post scriptum. Después leo, y leo, y leo lo que nunca fue escrito, porque era nada.