lunes, febrero 19, 2007

AL SILENCIO

Oh voz, única voz: todo el hueco del mar,
todo el hueco del mar no bastaría,
todo el hueco del cielo,
toda la cavidad de la hermosura
no bastaría para contenerte,
y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera
oh majestad, tú nunca,
tú nunca cesarías de estar en todas partes,
porque te sobra el tiempo y el ser, única voz,
porque estás y no estás, y casi eres mi Dios,
y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro.


(Gonzalo Rojas)


Abismo.

En el cuarto, a penas entra un hilo de luz, y hay un hueco donde cabe mi dedo. Cabe mi cuerpo. Y cabe mi vida entera. A veces, es un abismo, al que me asomo sintiendo vértigo. Un agujero negro, infinitamente profundo, que lo abarca todo. Que me engulle. Otras, inexistente. Cuando tú estás, se hace pequeño. Casi invisible. Pero hoy no. Hoy me ocupa. Me absorbe. Me anula.



Me agazapo en un rincón, pero está ahí. Lo siento. No hay salida. No la hay. Ojalá estuvieras aquí. Contigo no siento el miedo. Ni de vivir. Ni de morir. Sólo tu. Pero hoy, una marea de nada me envuelve. Y un nudo en el pecho me mata. Me muerdo las uñas con avidez desmesurada. Y espero a que alguien diga cualquier cosa. Un sonido basta. Para despertar de la nada. ¿Hay alguien?, pregunto, y el eco de mi voz retumba en mi cuerpo. Absurdo. Solo yo, soy ahora. Nadie más. Descubro con sorpresa que mi voz es un arma. Entonces, carraspeo. La afino, no sin antes, meditar cada palabra. Entono y el vacío merma. Me crezco y, fuerte, grito: ¡No te tengo miedo!


De nuevo, el abismo.


Por un momento me creí poderoso. Mi voz te cesó. Pero aún eres mi Dios. Y yo aquí, acurrucado, te siento, y creo que me pierdo de nuevo en el abismo de tu elocuencia. Y a ti, mi Dios, te tengo miedo. Por todo, y por nada.