lunes, febrero 12, 2007

DICIEMBRE

(mucho más agobiante está el mundo en diciembre
el suicidio se pasea por la calle
mucho, mucho más agresivo...

si logro salir de este invierno también
y de esta enfermedad
y de esta muerte,
el próximo verano bien lo sé
que voy a añorar
el mes de diciembre )

Dorin Popa


Solsticio de invierno.

Fue el día veintiuno de diciembre, a mediodía, coincidiendo con el cenit. La nieve caía descuidadamente, flotando en el aire. La estampa se antojaba, cuanto menos, navideña. Un día magnífico para morir. El frío traspasaba la ropa y cortaba la piel. Me frotaba las manos, que de frías, dolían. Definitivamente supe que había perdido el norte, precisamente ese día, el solsticio de invierno. Pensé en encender una hoguera, y aprovecharla para después, echar la daga al fuego. Mas la idea se desvaneció en segundos. Persistía el fuerte sentimiento de huída. Me dirigí entonces, al malecón, allí, donde el grito de las gaviotas se asemeja al llanto de un bebé. Me arrebujé entre las rocas y contemplé el azul inmenso. La daga me pinchaba en la pierna, pero aguanté, como si de un cilicio se tratara. Necesitaba sentir el dolor físico, para paliar el del corazón. Pasé así algún tiempo, quizás horas. La daga me recordaba que aún estaba vivo, al menos, por el momento. No tenía un porqué, y mucho menos, un cómo. Por unos instantes, me olvidé del frío que entumecía mis huesos, y agucé mi oído para escuchar el susurro del mar. Al fondo, la ciudad. Gigante de cemento. Ya empecé a añorarlo. Su tristeza, su frialdad. Noté cómo palpitaba el corazón, tan fuerte al sentir el lejano, pero frenético, murmullo de la ciudad. El sol debía estar ahí, por algún lado, detrás de la densa capa de nubes repujadas. No hace falta ver para creer. No hace falta. No. Y la daga, allí, en mi pierna. Recordándome la urgencia de mi partida. Metí la mano en el bolsillo. Saqué la daga y contemplé el insolente fulgor de su hoja, cuando un cuervo se acercó a mi dando bramidos y agitando las alas con fuerza. Un graznido, que le salió de dentro, me asustó. Mi mano flaqueó arrojando la daga al agua. Sonó glup y me pareció cómico. Súbitamente me pregunté cuántas dagas habría ya en aquel turbio fondo. Tantas había arrojado... Me levanté cuando el solsticio de invierno comenzó a decaer. Y dirigí mis pasos de vuelta a la muchedumbre, para perderme de nuevo entre la masa, y ser, uno más en el mes de diciembre. Quizás el porqué, fuera yo mismo.