miércoles, febrero 07, 2007

ZANG Y LA MONTAÑA BLANCA



La música de fondo corresponde a la cación de Yann Tiersen titulada Esther y que aparece en su último disco On tour.

La voz la pongo yo.

El cuento, el cuento creo que ya existía antes de haberlo escrito, existía en mi cabeza.

En las tierras lejanas de Oriente, los hombres no temen a los dragones. los consideran seres superiores y benévolos. Lung era un dragón blanco, y en Shandong, la ciudad de la montaña, le consideraban un dios.

Allí, los días son claros y la hierba resplandece. Los colores brillan más que en cualquier otro lugar del mundo. Un día soleado, de los que huelen a musgo y a hierba mojada, Zang conoció el amor.

Su padre, un pobre viejo alfarero, trabajaba día y noche en su taller, y la cerámica negra lo cubría todo. Pasaba horas y horas engarzando pensamientos y moldeando vasijas. Y en soledad, el viento le susurraba al oído que algo inusual sucedía con su hija. Por eso, una noche se dispuso a despejar aquella duda.
Hace mucho tiempo, un níveo dragón llegó a Shandong. El animal, malherido, trató de descansar y reponerse. Su lechoso cuerpo yacía sobre la hierba, y descansaba junto al turbulento río amarillo, bajo el cálido y generoso sol de primavera. Sufrió fiebres y delirios. Estaba debilitado, y permanecía tumbado sin poder moverse. Zang le encontró una mañana por casualidad, mientras recolectaba el musgo que mantenía su cama esponjosa. Cada día se acercaba a él. Primero, temerosa. Después, más serena. Aprendió a despojarle del musgo que crecía entre sus escamas. El dragón blanco, como signo de agradecimiento, le lamía las manos, y pronto, iniciaron una hermosa amistad.

Pero Lung no supo comportarse ni como un amigo, ni como un dios. Porque pronto se enamoró de aquella muchacha. Por eso, como castigo, fue convertido en montaña, y su fuego dejó de refulgir. A pesar de ello, Zang siguió visitándole cada día. Y continuó retirándole el musgo que, ahora, repujaba sus rocas.

Una inmensa montaña blanca abrigaba ahora Shandong. En aquel lugar, todo eran colores. El cielo, azul; el río, amarillo; la hierba, verde; y, la montaña, blanca.

El padre de Zang vivía muy preocupado. Apenas sabía dónde andaba su hija. Sólo alcanzaba a entender que ella volvía con el ocaso y desaparecía al alba. Un día, sin poder resistir la curiosidad, la siguió a través de la maleza hasta la montaña blanca. Allí, descubrió con pavor cómo su hija se desnudaba ante aquella inmensidad, y pudo escuchar los gemidos de placer que aquel pétreo ser emitía, al ver el dulce cuerpo de su hija contonearse a la luz de la luna. Ahora entendía. Por fin comprendió el motivo por el cual el dragón dejó de ser un dios, y desgraciadamente supo quién fue la mujer que le causó aquel castigo: su propia hija. Ella le había dejado en vergüenza ante sus vecinos. El viejo escapó de aquel lugar y esperó a que su hija regresara. Cuando Zang llegó a su hogar, descubrió que toda la cerámica estaba esparcida y rota por el suelo fruto de la ira. El viejo, de rodillas, quedaba de espaldas a ella. Y aquella noche, después de presenciar tan vergonzoso hecho, decidió preguntarle con arrojo acerca de sus prolongadas ausencias, a pesar de conocer ya la respuesta. Zang le confesó lo que llegaría a convertirse en el peor de sus infortunios. De dónde vienes, preguntó el viejo sin levantar la cabeza. Y ella, sospechando que su padre se había dado por enterado de aquel secreto, se anticipó diciéndole, Padre, padre, amo a la montaña blanca. El viejo, apesadumbrado y con el corazón roto, le ordenó con todo el dolor que cabía en sí, que abandonara la casa para siempre.

Y así fue como Zang se fue a vivir al interior de la montaña blanca. A partir de aquel día, la montaña recuperó su fuego, y dejó de ser montaña, para ser volcán. La leyenda dice que cuando Lung y Zang hacen el amor, la montaña ruge y lanza fuego. Un fuego con forma de mujer. Y allí, al pie del volcán, los turistas siempre se encuentran una vasija negra repleta de fruta fresca.

Ésa es la historia de Lung, el dragón blanco, el único dragón que, por haber amado como lo hace un hombre, no es considerado un dios en Shandong.
(Esther R. C.)