lunes, abril 30, 2007

Con la mirada fija en la pared y en el punto exacto, alcanzas el infinito.

miércoles, abril 25, 2007


Tenía a sus pies, el mundo, hecho añicos.

jueves, abril 19, 2007

La ventana ausente


Un hombre que desea, es un hombre loco. Por eso, decir que lo que los ojos no ven, el corazón no lo desea, es tan falso como decir que morir es pasar a mejor vida. El deseo se forja con la ausencia, y así, poco a poco, el hombre se hace poeta, y el poeta, de tanto desear, enloquece. Esta es la historia de un poeta que se volvió loco. El poeta, de traje raído y zapatos relucientes –y del que no diré su nombre, pues carece de importancia-, solía acudir a una taberna cada mañana. Allí, pasaba largas horas divagando entre humo y tinta. Su mirada se perdía tras los cristales de la vidriera. La vida pasaba deprisa en el exterior. La vida pasaba despacio en el interior. Y el poeta soñaba tanto y tan rápido, como la vida le permitía.
Sus versos, cuando surgían, lo hacían sin previo aviso, y entonces, el café se quedaba frío. Del erotismo más sublime surge mi yo más canalla, escribía el poeta. Esa mañana comenzó así su verso, y después, miró afuera. Vio gente con prisas, hojas cansadas, un edificio dolorido y una ventana ausente. Pero nada de eso le servía. Se mojó los labios y aborreció el café. Miró de nuevo. Con otros ojos. Y esta vez vio la celeridad del alma, la primavera dormida, el hogar que agoniza y una mujer hermosa. Apareció allí, de repente, en aquella ventana. Ocupando la ausencia que antes hubo en ella. Regalando a sus ojos la prístina piel de aquellos pechos desnudos. El poeta sintió un vahído y después, una insolente turgencia. Sin menoscabo, cogió el lápiz y por fin, continuó sus versos.

Del erotismo más sublime,
surge mi yo más canalla.
Deja que me acerque, mujer, que te mime.
Y después, calla.
Sueño que de tus pechos níveos bebo
y que me embriago de violeta.
Que mi deseo longevo,
con tu distancia se agrieta.

Pero la mujer desaparece. Solo deja el recuerdo de su sombra. Un triste y callado eco. Son las once de la mañana y el poeta, rendido, se marcha. Al día siguiente no pudo apartar la mirada de aquella la ventana. Que estaba sola. Y así continuó durante todo el día. Y al día siguiente. Y al siguiente.

Una de esas mañanas, en la taberna, el poeta se mojaba los labios, se rascaba su pelo ralo y se desesperaba. El café estaba frío a morir. Esa ventana, llena de esperanza. Allí estaba ella. La esperanza era una mujer. Eran unos pechos. El poeta creía enloquecer. Detuvo sus ojos en sus ojos. Y deseó tocar su piel. Se levantó con precipitación. Vertió sobre la mesa, el café. Salió a la calle, pero ella ya no estaba. Cabizbajo se volvió a su mesa. A sus versos. A su papel. La agonía, negra como tu alma, me invade y me mata, escribía el poeta. Y cuando el sol ya se marchaba, echó su última mirada a la ventana ausente y después, se marchó a su casa.

El tiempo pasó, y los encuentros entre el poeta y la mujer de la ventana siguieron siendo fortuitos. Una mañana, el poeta impaciente, le preguntó al tabernero por el nombre de aquella mujer. ¿Qué mujer? preguntó el tabernero. Aquella, la que cada mañana se asoma a esa ventana para que yo concluya mis versos. Ella me muestra sus pechos desnudos. Y llora. Y es entonces cuando mi lápiz cobra vida. El tabernero le miró con compasión y le aconsejó que descansase. No le vendría mal dormir, le dijo. Pero el poeta insistió. Dígamelo, dígamelo por el amor de dios, o voy a volverme loco. ¿Loco? le preguntó el tabernero con una expresión socarrona en su boca. Frente a esta taberna, amigo, sólo hay bosque. Sólo bosque.

lunes, abril 16, 2007

Un día en cualquier ciudad del mundo


El día transcurre con normalidad. El pulso del lugar es precipitado, como nos gusta a todos los que habitamos en las grandes urbes. Los cláxons no entienden de silencios. La gente no entiende de modales. El egoísmo no entiende de elegancia. Hoy, además, las nubes avanzan a la velocidad de los automóviles. Así da gusto. En esta ciudad de cualquier lugar del mundo, la prisa es un modo de vida asimilado, aceptado y normalizado, como en cualquier ciudad del mundo. No para los niños, desde luego. Para ellos simplemente se trata de una aburrida mentira. Ni siquiera lo pueden tocar. ¿Cómo creer pues en algo que no se ve? igual que no creen en hadas, brujas y ogros, ¿por qué creer en el tiempo? Pero para los adultos, el tiempo es una necesidad vital. Si no corremos ¿para qué vivimos? Así que, desde que nos levantamos y hasta que nos acostamos, una prisa incipiente nos empuja. Vamos, vamos. Rápido. Hay que vivir mucho.

Hoy, una madre y su pequeño acuden a un gran centro comercial. Van con mucha prisa. Tienen que hacer rápidamente la compra, para irse después a las actividades extraescolares que harán del pequeño un gran hombre. El inquietante edificio gris espera con la boca abierta el fluir de la gente. La mujer es joven para lo mayor que podría ser. Se ve que su cuerpo no tiene tanta prisa por envejecer. El niño aparenta ser eso, un niño. Como los de antes. Va solito. Nadie le da la mano, porque las manos de la madre están en otro lugar. Quizás ocupadas con un móvil. Quizás tímidas en un bolsillo. Los dos caminan. El uno al lado del otro. En el semáforo, el niño se detiene observando a un simpático perro que intenta morderse su propio rabo, y para ello, da vueltas y vueltas sobre un mismo eje. Ahora sí. Cuando el muñeco estático del semáforo cambia a verde, la mano de su madre le agarra de una manga y tira de ella para que el pequeño agilice su paso. No hay que perder tiempo, pues el semáforo también tiene prisa por cambiar. El niño avanza después que sus pies. Un paso de su madre, equivale a tres pasitos suyos. Intenta poner un pie en cada ralla blanca del asfalto, pero es imposible, con una piernas tan cortas...raya, gris, gris, gris, raya, gris, gris, gris, raya…. Los pajarillos metálicos comienzan a cantar. Parece que la primavera se le ha adelantado al invierno. El pulso se acelera aún más. Pero la acera es ya una realidad.

Dentro del centro comercial hay un hormiguero de gente. Que va. Que viene. La joven madre aprovecha las actividades que el centro comercial ofrece a sus clientes, y deja a su hijo disfrutando de un cuentacuentos exclusivo para usuarios mientras ella se abastece. No te muevas de aquí hasta que yo regrese ¿me oyes?. El niño asiente con determinación, siguiendo con la vista, arriba y abajo, el dedo índice de su madre. Ella desaparece entre el bullicio, y el niño comienza a mirar con curiosidad a aquel extravagante hombre que se dispone a contar ¿cuentos?

Pero el niño piensa que los cuentos son aburridos. Que hay que imaginar demasiado, e imaginar es una pérdida de tiempo, porque hay que hacer un gran esfuerzo para, al final, no ver nada. Además, ese hombre es demasiado mayor para hacer esas payasadas, y piensa que si él tuviera un padre e hiciera eso, se avergonzaría de él. Así que, se quita las gafas para evitar ver cómo aquel hombre gesticula y pronuncia cada palabra como si hablara con bebés.

El niño sin gafas no puede ver nada, pero alcanza a distinguir entre bultos la zona de telemática. Decide ir hacia allí, así que se levanta y avanza entre la nebulosa a pasos cortitos, tropezando torpemente con las vitrinas. Camina confundido y no llega hasta esa sección, porque la marabunta le empuja y le arrastra y le lleva por un camino equivocado. Pero no puede hacer nada más que dejarse llevar por la masa delirante y ciega. El pequeño no siente temor. ¿Cómo sentir algo que no se puede ver?

El niño es escupido por el gran edificio luminoso y camina entretenido por las calles, gris, gris, gris, gris, gris, eso sí, ahora con las gafas puestas, para disfrutar bien de todo lo que le ofrece el día. Si me caigo del bordillo, pierdo. Si pierdo es que me muero. Mierda. Caca. Gilipollas. El niño funambulista, avanza sin remisión hacia ningún sitio.

En el descampado el sol se pone con parsimonia. Entre los escombros es bonito ver cómo anochece. Los trozos de cristal verde le ofrecen destellos. El niño descubre que inventar juguetes con la basura tiene cierta gracia. Pero empieza a sentir frío. Sentado entre los deshechos espera a que su mamá regrese. Ya le parece que se está retrasando demasiado.

El niño piensa que dormir acurrucado entre los escombros es triste e incómodo, pero de ahí no se movería porque en eso quedó con su madre. Así que la esperaría allí, pero durmiendo.

jueves, abril 12, 2007

Ser aguacero

A penas me doy cuenta de lo complicado que resulta ser lluvia,
ser agua,
ser lágrima,
para poder filtrarme entre las grietas de la vida.
De la mía.
De la tuya.
Y discurrir por el pedregoso camino que lleva hasta la piedra.
A la nuestra.
De colarme entre los dedos del viento.
De tocar las cuerdas al sol.
Cómo deseo ser aguacero.
Y ser sol.
Y ser viento.
Para llegar hasta donde estás y abrirme por dentro.
Ser lágrima y gritar.
Un te quiero que sabe a profunda soledad.


(Domi, mi amor.)

lunes, abril 09, 2007


La noche polar
me impidió ver
la geometría de tu cuerpo,
el ángulo de tus pechos.

Anquilosada en el pasado
te inventé en mil deseos,
con ojos romboidales
y labios asimétricos.

Una nariz que tangencial
acusaba mis secretos.

Uñas,
pelo
y dientes.

Miscelánea de humores
que durante años
nos hicieron diferentes.

lunes, abril 02, 2007

Nana para supervivientes

Silencio...
que nadie hable
que me despiertan al niño.

Sólo quiero oír
el rumor de las pestañas.
Así que, silencio,
que me despiertan al crío.

¿No ven que necesita oírse?
¿sentirse?
¿creerse?
Denle silencio,
que necesita entenderse.

¿Ven?
¡Qué bonito cuando duerme!
¡Qué suave cuando piensa!
así que, que nadie me le despierte,
que será su recompensa.

Algún día,
este niño, se soñará poeta.
Así que ¡silencio!
que el niño duerme,
que me le despiertan.