miércoles, febrero 28, 2007

UNA LIBRETA NEGRA



Y así se dispuso a continuar un cuento a medio hacer, inventando personajes tremendamente espirituales, tal y como él quería. Personajes sin nombres, sin pasado, sin presente. Sueños arropados por la esperanza ocupaban las primeras páginas. Letras frenéticas apuntaban el principio del camino.

La última vez que se vieron, fue un día de lluvia perezosa. Y fue ese día cuando él le entregó la libreta. Una libreta negra cuyo contenido aún estaba por ser escrito. Si ella alguna vez pudo haber sentido alegría, fue, sin lugar a dudas, aquel día, cargado de dudas, de miedos, pero también de luz. De una luz intensa, casi deslumbrante.

Se miraban nerviosos, no se conocían. Hablaban, sonreían y, en sus ojos, el deseo, que era amor y era fuego y era luz. Se besaron como jamás se habían besado. Se amaron como jamás se habían amado.


Después, ella, echó a correr. Con el corazón desbocado y la lluvia sobre su rostro. Apareció una nueva sensación parecida a la de un cuchillo clavándose en las entrañas.
¿Es eso lo que se siente cuando se muere?

Ya, más tranquila, comenzó a leer lo que debía continuar escribiendo. Lo leyó sosegadamente, saboreando cada palabra, buscando más sentido que el estrictamente escrito, y descubrió que ella, era cada uno de esos personajes que él inventó. Ella era todos. Una invención. Porque, en realidad, ella no existía mas que en su pensamiento.

martes, febrero 27, 2007

MÁSCARA

¿Por qué importa tanto la realidad? –escribe Caytran-. Si todo se hundiera y apenas quedara flotando una máscara, se agarrarían a ella para sobrevivir y la llamarían realidad. Tendrían que ahogarse para dar con algún conocimiento.



Versos para explicar lo que la razón no alcanza a desentrañar.
Me enredo en rimas sin sentido, que no llevan a ninguna parte. Fraguo palabras esperando encontrar, a través de la sintaxis, la luz. Y sufro, sólo, porque escucho una canción.
Busco con avidez una máscara a la que amarrarme. Si ni si quiera yo me comprendo, ¿cómo vas a comprenderme tu?

jueves, febrero 22, 2007

PÁGINAS OCRES



“Nadie lanza nunca un libro al agua. Se lo echa al fuego, se lo aprisiona en una caja, se lo entierra de pie en una biblioteca. Pero nadie lanza jamás un libro al agua. Nadie. Nunca. Jamás.”

El libro flotante de Caytran Dölphin

(Leonardo Valencia)

Así es como comienza el libro que llevo encima. Me gustó desde que vi su portada. Fue como un imán. Si me apuran, casi el motivo de su adquisición. Bildnis Erich Lederer, 1912 de Egon Schiele. Es un lánguido y atractivo muchacho, de tez blanca cuya mirada se pierde en la indeterminación. Tengo la certeza de que ese muchacho piensa lo mismo que yo. Lo percibo en su semblante. A mí, que me gustan tanto las dualidades.

Sólo después vino la lectura en la que aún hoy me sumerjo. Sé que me llevará tiempo. Pero no tengo prisa alguna. Hay libros que requieren un sosiego, un detenerse, una mirada minuciosa. Y éste es uno de ellos. Descubrí que pasar sus páginas es todo un placer. Son ocres y cuadradas, y desprenden un olor fascinante, a librería antigua, de las de suelo de tarima y escaleras rodantes. Si, sí. De esas que te invitan a hablar bajito y hacer alarde de tu más exquisita educación.

Una vez metida en la historia, me doy cuenta de la cantidad de semejanzas con mi vida. No. No vivo en Guayaquil. Ni mi vida anda flotando en una ciudad inundada. Sin embargo añoro esas charlas alrededor de las fogatas. Sólo eso.

He dicho.

Sólo eso.

lunes, febrero 19, 2007

AL SILENCIO

Oh voz, única voz: todo el hueco del mar,
todo el hueco del mar no bastaría,
todo el hueco del cielo,
toda la cavidad de la hermosura
no bastaría para contenerte,
y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera
oh majestad, tú nunca,
tú nunca cesarías de estar en todas partes,
porque te sobra el tiempo y el ser, única voz,
porque estás y no estás, y casi eres mi Dios,
y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro.


(Gonzalo Rojas)


Abismo.

En el cuarto, a penas entra un hilo de luz, y hay un hueco donde cabe mi dedo. Cabe mi cuerpo. Y cabe mi vida entera. A veces, es un abismo, al que me asomo sintiendo vértigo. Un agujero negro, infinitamente profundo, que lo abarca todo. Que me engulle. Otras, inexistente. Cuando tú estás, se hace pequeño. Casi invisible. Pero hoy no. Hoy me ocupa. Me absorbe. Me anula.



Me agazapo en un rincón, pero está ahí. Lo siento. No hay salida. No la hay. Ojalá estuvieras aquí. Contigo no siento el miedo. Ni de vivir. Ni de morir. Sólo tu. Pero hoy, una marea de nada me envuelve. Y un nudo en el pecho me mata. Me muerdo las uñas con avidez desmesurada. Y espero a que alguien diga cualquier cosa. Un sonido basta. Para despertar de la nada. ¿Hay alguien?, pregunto, y el eco de mi voz retumba en mi cuerpo. Absurdo. Solo yo, soy ahora. Nadie más. Descubro con sorpresa que mi voz es un arma. Entonces, carraspeo. La afino, no sin antes, meditar cada palabra. Entono y el vacío merma. Me crezco y, fuerte, grito: ¡No te tengo miedo!


De nuevo, el abismo.


Por un momento me creí poderoso. Mi voz te cesó. Pero aún eres mi Dios. Y yo aquí, acurrucado, te siento, y creo que me pierdo de nuevo en el abismo de tu elocuencia. Y a ti, mi Dios, te tengo miedo. Por todo, y por nada.

lunes, febrero 12, 2007

DICIEMBRE

(mucho más agobiante está el mundo en diciembre
el suicidio se pasea por la calle
mucho, mucho más agresivo...

si logro salir de este invierno también
y de esta enfermedad
y de esta muerte,
el próximo verano bien lo sé
que voy a añorar
el mes de diciembre )

Dorin Popa


Solsticio de invierno.

Fue el día veintiuno de diciembre, a mediodía, coincidiendo con el cenit. La nieve caía descuidadamente, flotando en el aire. La estampa se antojaba, cuanto menos, navideña. Un día magnífico para morir. El frío traspasaba la ropa y cortaba la piel. Me frotaba las manos, que de frías, dolían. Definitivamente supe que había perdido el norte, precisamente ese día, el solsticio de invierno. Pensé en encender una hoguera, y aprovecharla para después, echar la daga al fuego. Mas la idea se desvaneció en segundos. Persistía el fuerte sentimiento de huída. Me dirigí entonces, al malecón, allí, donde el grito de las gaviotas se asemeja al llanto de un bebé. Me arrebujé entre las rocas y contemplé el azul inmenso. La daga me pinchaba en la pierna, pero aguanté, como si de un cilicio se tratara. Necesitaba sentir el dolor físico, para paliar el del corazón. Pasé así algún tiempo, quizás horas. La daga me recordaba que aún estaba vivo, al menos, por el momento. No tenía un porqué, y mucho menos, un cómo. Por unos instantes, me olvidé del frío que entumecía mis huesos, y agucé mi oído para escuchar el susurro del mar. Al fondo, la ciudad. Gigante de cemento. Ya empecé a añorarlo. Su tristeza, su frialdad. Noté cómo palpitaba el corazón, tan fuerte al sentir el lejano, pero frenético, murmullo de la ciudad. El sol debía estar ahí, por algún lado, detrás de la densa capa de nubes repujadas. No hace falta ver para creer. No hace falta. No. Y la daga, allí, en mi pierna. Recordándome la urgencia de mi partida. Metí la mano en el bolsillo. Saqué la daga y contemplé el insolente fulgor de su hoja, cuando un cuervo se acercó a mi dando bramidos y agitando las alas con fuerza. Un graznido, que le salió de dentro, me asustó. Mi mano flaqueó arrojando la daga al agua. Sonó glup y me pareció cómico. Súbitamente me pregunté cuántas dagas habría ya en aquel turbio fondo. Tantas había arrojado... Me levanté cuando el solsticio de invierno comenzó a decaer. Y dirigí mis pasos de vuelta a la muchedumbre, para perderme de nuevo entre la masa, y ser, uno más en el mes de diciembre. Quizás el porqué, fuera yo mismo.

miércoles, febrero 07, 2007

ZANG Y LA MONTAÑA BLANCA



La música de fondo corresponde a la cación de Yann Tiersen titulada Esther y que aparece en su último disco On tour.

La voz la pongo yo.

El cuento, el cuento creo que ya existía antes de haberlo escrito, existía en mi cabeza.

En las tierras lejanas de Oriente, los hombres no temen a los dragones. los consideran seres superiores y benévolos. Lung era un dragón blanco, y en Shandong, la ciudad de la montaña, le consideraban un dios.

Allí, los días son claros y la hierba resplandece. Los colores brillan más que en cualquier otro lugar del mundo. Un día soleado, de los que huelen a musgo y a hierba mojada, Zang conoció el amor.

Su padre, un pobre viejo alfarero, trabajaba día y noche en su taller, y la cerámica negra lo cubría todo. Pasaba horas y horas engarzando pensamientos y moldeando vasijas. Y en soledad, el viento le susurraba al oído que algo inusual sucedía con su hija. Por eso, una noche se dispuso a despejar aquella duda.
Hace mucho tiempo, un níveo dragón llegó a Shandong. El animal, malherido, trató de descansar y reponerse. Su lechoso cuerpo yacía sobre la hierba, y descansaba junto al turbulento río amarillo, bajo el cálido y generoso sol de primavera. Sufrió fiebres y delirios. Estaba debilitado, y permanecía tumbado sin poder moverse. Zang le encontró una mañana por casualidad, mientras recolectaba el musgo que mantenía su cama esponjosa. Cada día se acercaba a él. Primero, temerosa. Después, más serena. Aprendió a despojarle del musgo que crecía entre sus escamas. El dragón blanco, como signo de agradecimiento, le lamía las manos, y pronto, iniciaron una hermosa amistad.

Pero Lung no supo comportarse ni como un amigo, ni como un dios. Porque pronto se enamoró de aquella muchacha. Por eso, como castigo, fue convertido en montaña, y su fuego dejó de refulgir. A pesar de ello, Zang siguió visitándole cada día. Y continuó retirándole el musgo que, ahora, repujaba sus rocas.

Una inmensa montaña blanca abrigaba ahora Shandong. En aquel lugar, todo eran colores. El cielo, azul; el río, amarillo; la hierba, verde; y, la montaña, blanca.

El padre de Zang vivía muy preocupado. Apenas sabía dónde andaba su hija. Sólo alcanzaba a entender que ella volvía con el ocaso y desaparecía al alba. Un día, sin poder resistir la curiosidad, la siguió a través de la maleza hasta la montaña blanca. Allí, descubrió con pavor cómo su hija se desnudaba ante aquella inmensidad, y pudo escuchar los gemidos de placer que aquel pétreo ser emitía, al ver el dulce cuerpo de su hija contonearse a la luz de la luna. Ahora entendía. Por fin comprendió el motivo por el cual el dragón dejó de ser un dios, y desgraciadamente supo quién fue la mujer que le causó aquel castigo: su propia hija. Ella le había dejado en vergüenza ante sus vecinos. El viejo escapó de aquel lugar y esperó a que su hija regresara. Cuando Zang llegó a su hogar, descubrió que toda la cerámica estaba esparcida y rota por el suelo fruto de la ira. El viejo, de rodillas, quedaba de espaldas a ella. Y aquella noche, después de presenciar tan vergonzoso hecho, decidió preguntarle con arrojo acerca de sus prolongadas ausencias, a pesar de conocer ya la respuesta. Zang le confesó lo que llegaría a convertirse en el peor de sus infortunios. De dónde vienes, preguntó el viejo sin levantar la cabeza. Y ella, sospechando que su padre se había dado por enterado de aquel secreto, se anticipó diciéndole, Padre, padre, amo a la montaña blanca. El viejo, apesadumbrado y con el corazón roto, le ordenó con todo el dolor que cabía en sí, que abandonara la casa para siempre.

Y así fue como Zang se fue a vivir al interior de la montaña blanca. A partir de aquel día, la montaña recuperó su fuego, y dejó de ser montaña, para ser volcán. La leyenda dice que cuando Lung y Zang hacen el amor, la montaña ruge y lanza fuego. Un fuego con forma de mujer. Y allí, al pie del volcán, los turistas siempre se encuentran una vasija negra repleta de fruta fresca.

Ésa es la historia de Lung, el dragón blanco, el único dragón que, por haber amado como lo hace un hombre, no es considerado un dios en Shandong.
(Esther R. C.)