lunes, diciembre 17, 2007

¿Felices fiestas?


Un deseo por navidad.

 

-D eseo tanto ser feliz... ¿qué puedo hacer, oh Dios?

-Corre, hijo, corre sin parar.

 

 

É rase un niño pequeño de occidente que escribía una carta a los Reyes magos.

 

P ara los niños pobres africanos, también les pido el catálogo entero del Corte Inglés.

 

 

Nuevo Oriente

 

Sus ojos seguían el estertor de la estrella de Oriente.

Después su ciudad sucumbió.

 

 

Feliz navidad

El abeto, imponente y ricamente adornado, le hizo recordar que era un sin techo.

 

 

Una historia real.

 

En Belén nace un niño desnudo, que siglos después demostrará la ineficacia del sufrimiento.

 

miércoles, diciembre 12, 2007

Imagen

Tres lesbianas
embriagadas, extasiadas, excitadas pero maltrechas
piensan a un tiempo en un mismo hombre
¿dónde estará ahora?
¿tal vez muerto?
Y se quedan soñando junto al fuego hasta la noche acartonada.

lunes, diciembre 10, 2007

Simbolismo poético en antena

Un pseudo Félix Romeo aparece ante el mundo como un galeón de plata, surcando la luz y arrastrando estelas en un rectángulo líquido de mentiras rojas. Anuncia lo que será el último estertor de la poesía. En la pantalla, junto a él, un muchacho, rubio y despeinado, llora ante un micrófono la pérdida de una de sus piernas. El reportero mira hacia el objetivo. Me mira a mí a través de los tubos incandescentes. Me instiga preguntándome delante del mundo porqué le corté la pierna porqué la escritura automática porqué las drogas porqué él.

Apagué el televisor.

Todo se acabó.

lunes, diciembre 03, 2007

De la literaturología

Habito en un pastel de tierra
roja y cruda
que nadie querrá comerse nunca.

viernes, noviembre 30, 2007

miércoles, noviembre 28, 2007

Desengaño

P rometió para sí mismo no volver a verla jamás,

después, se arrancó los ojos.

martes, noviembre 27, 2007

jueves, noviembre 22, 2007

Yo maté a Frida Khalo

Siempre amé a aquella muchacha de una sola ceja. La amé hasta la enfermedad. La amé aún sin saber lo que era el amor. Irracionalmente. Lo confieso. Cada día imploraba a mi dios de acero sentir su piel caliente sobre la aleación de mi brazo. El único modo de hacerme sentir mínimamente humano. Iba con ese muchacho. Ese tal Alejandro Gómez Arias. Aún lo recuerdo bien. Ella le miraba embelesada, perdida en el océano de sus ojos tristes y a mi me hervía la poca vida que no tenía. Charlaban de todo y de nada, pero su mano me tocaba. Era a mí a quien acariciaba. Y era mi alma ferrosa quien la protegía en aquel camión desaforado.

Pero he de reconocer que la idea de tomarla no se había pasado por mi cabeza. Soy capaz de amar desde la sombra. Eso ocurrió después, cuando el conductor del camión, borracho de velocidad, me hizo perder la cordura. Ése fue el día en el que murió Frida, y no como cuentan esas manidas biografías que nada saben de aquel entonces. Todo patrañas. Lo narraré y verán cómo, aunque oxidado, no miento.

Aquel hombre azotado por el alcohol conducía tan rápido como el viento en los acantilados, como la voz entre los valles. Todo se precipitaba y mi deseo se henchía como un globo rojo a punto de explotar, azuzado por los celos y por el calor de esa hembra. En la encrucijada, un tranvía se acercaba con paso lento. Nosotros acudíamos a su encuentro, raudos, alentados por la ignorancia. Dentro del camión unos reían. Ignorantes. Otros, gritaban. Espantados. Frida se abrazó a Alejandro. Alejandro se abrazó a la vida. Yo me enervaba viéndolos tan unidos. La velocidad venía vestida de muerte y presentí que ése era el día y no otro. Si no la penetraba en ese momento no lo haría jamás. Entonces, el camión y el tranvía chocaron. La gente, asustada, salió despedida por los aires. Yo me desgarré. Me separé de mi cuerpo y atravesé el vientre de Frida en busca de la comunión tan esperada. La penetré allí mismo con una fuerza exagerada.

Después del vértigo, todo fue nada. El silencio vino despacio. Frida yacía desnuda sobre el camino de sangre y arena, como una artista vestida de rojo y plata. Yo, aún dentro de ella, sentía el reducto de su voz fatigada. Extinguiéndose. Después la gente gritaba "¡la artista! ¡la artista! ¡que alguien socorre a la artista!".

Fue Alejandro Gómez Arias quien me arrancó despiadadamente de sus entrañas. Y mientras me extirpaba de la carne rosa y blanda, gritaban al unísono las gaviotas, sonaban las sirenas de los buques del océano y se cerraba el cielo plomizo en torno a nosotros. Frida había muerto. De ella nació una niña. La vimos todos salir de su cuerpo. La niña Frida. Con ojos nuevos y un cuerpo encerrado en su propia carne. Yo maté a Frida Khalo. Yo mismo. Un miserable pasamanos. Pero me consuela pensar que la devolví a la vida, arrebatándosela.

martes, noviembre 20, 2007

jueves, noviembre 15, 2007

Deseo que te desearás

Son muchas las cosas que una persona puede llegar a desear, pero muy pocas las que consigue. Son los deseos los que nos convierte en humanos. Los deseos buenos, quiero decir. Deben tener una carga positiva porque desear exterminar a una raza no nos hace humanos, sino demonios. Me refiero a los deseos buenos, a como que el sol brille cada día, a que aquel muchacho te sonría cuando se cruce contigo, o a ver tus palabras escritas en algún otro lugar. Y ese deseo se va cargando de fuerza a medida que no se cumple. Es condición indispensable que el deseo no se cumpla (para ello ya se inventaron las lámparas maravillosas o los anillos mágicos, pero ¿quién tiene una, eh, quién?). Así se hincha cuanto más lejos se encuentre del momento de su obtención.
 
Los deseos son mágicos porque habitan en el mundo de lo inasible, de lo contrario perderían todo su encanto. No dejarían de ser meros objetos al alcance de cualquiera. Pero no. Los deseos son los dioses de nuestra esperanza por eso los anhelamos.
 
Es posible que uno piense que cuando se consigue un deseo también uno alcanza la felicidad. Pero siempre habrá deseos que vayan ocupando el primer lugar y la meta no llega nunca. Seré feliz cuando me mire. Seré feliz cuando me bese. Seré feliz cuando me diga que me quiere. Seré feliz cuando me ame. Van creciendo y haciéndose ambiciosos.
 
¿Pero qué pasa si no se cumplen los deseos? Nos volvemos melancólicos y huraños. En el peor de los casos, envidiosos. Asi que sólo me digo, Esther. ten cuidado con tus deseos. Por favor, ten cuidado.
 

miércoles, noviembre 14, 2007

Tacatá

Conducía ese trasto viejo, borracho de tristeza. Conducía sin saber que lo hacía. El runrún de mi mente me sumía en un estado de semiinconsciencia que me impedía escuchar a aquella mujer que ocupaba el asiento de copiloto. Después de tanto tiempo amándonos pude comprobar que era una completa desconocida.   Sus reproches eran lánguidos y discretos, pero sonaban como el metal contra el asfalto. Y la tristeza se había evaporado, lo supe cuando la recogí. Lo vi en su mirada. Fui consciente del final de nuestro camino, que era oscuro y pedregoso. Me desvié del camino hacia un lado, paré muy despacio, puse las luces de avería tacatá tacatá tacatá y aguardé a su mirada. En ella, todo era nada. El brillo de sus ojos me asustaba. Era el momento de abrir la puerta hacia la sombra. Me dio miedo perder lo que nunca tuve. ¿Qué sería de mí sin ella? Esbocé una sonrisa. Me salió de perro. Vi la determinación personificada. El silencio ahora hacía tanto daño... Bajé la mirada y sentí el dolor de un cuchillo en el pecho. Después la puerta se cerró y lloré abrazado al volante siguiendo con la mente el ritmo del tacatá.

 

tacatá

 

tacatá

 

ta
 
ca
 


jueves, noviembre 08, 2007

Ha nacido el amor

El delicioso sol de abril nos daba de lleno en la cara porque le mirábamos de frente, agradecidos pero protegiendo nuestros ojos con unas gafas oscuras. Aquella disposición nos mantenía a uno al lado del otro. Cerca, pero lejos. Ricardo tenía las piernas estiradas y cruzadas bajo la mesa que habíamos elegido en la terraza de aquel bar. Eso significaba que su culo estaba al ras de la silla. Cruzaba los brazos sobre su torso inflado, y su barbilla casi se apoyaba sobre su pecho. La papada le desbordaba por los lados. Tras los cristales verdes que ocupaban gran parte de su rostro no se adivinaba si dormía o si miraba. Ya habíamos terminado los cafés. Ricardo, incluso había apurado un coñac y había intentado desentrañar los posos. Yo, acodada sobre la mesa, observaba al resto de los clientes que el que más o el que menos, dormitaba clandestinamente. Vagué con mi mirada por el lugar ajardinado, observando las castañas caídas, que son muy bonitas, pero que no son comestibles, o bueno, son comestibles pero excesivamente laxantes, observando las bolsas vacías de pipas de Tarancón, que eran arrastradas por la brisa, animadas casi a volar, y acompañaba con mi mirada a la gente que por allí deambulaba, al ratón mugriento con un globo fálico en la mano, a un sospecho grupo de africanos cuchicheando, a una china vendiendo carteles taurinos. Me detuve ante una pareja que, sentada en un banco de madera se besaban y manoseaban sin vergüenza. Él, despatarrado, la sostenía por la cintura de modo que sus cuerpos formaban un anclaje, un puzzle de dos piezas. Parece que él se entretenía mordisqueando el cuello de aquella muchacha. Ricardo. ¿Si? ¿tú qué crees que es el amor? ¿el amor? si, el amor. Ricardo cambió de postura. Suspiró y me miró con hastío. No parecía alentado a comenzar un diálogo de aquel calibre. Pero habló. Con desgana, pero habló. El amor es un tren hacia París. No. Te lo pregunto en serio. Lo digo en serio. El amor es un ascenso a una alta montaña. Es... es una gran prueba. ¿Sabes qué creo yo? Sorpréndeme. Creo que el amor es una mierda. ¿Una mierda? Si. Una mierda. El amor no apesta. ¿Tú has conocido el amor? El amor es una herida. ¿Una herida? Jamás he visto que el amor supure. El amor puede infectarse. ¿De veras? Claro. No. Una herida, no. Porque las heridas terminan curándose. El amor es una úlcera crónica. Dolorosa y sangrante. A veces me asustas. Es lo que pienso. El amor es vida. ¿vida? Si. Verás. El amor nace, crece... si, claro, folla y muere. ¡Qué bruta eres! Parece que en lugar de sentimientos tienes cristales rotos. Soy realista. Y algo depresiva. El amor nace dentro. En el pecho. Aquí. –Y se señalaba con el dedo índice el lugar que ocupaba su corazón-- Y si pones tu mano sobre él puedes llegar a escucharlo. ¿acaso no has observado a Valentina y a Ramiro? Su amor se oye a través de las paredes. –Y volvió a adoptar la postura inicial para seguir dormitando.--Valentina ha dejado su país. Por él. Ramiro ha dejado su vida. Por ella. Creo que voy a vomitar. Vomita si quieres, pero hazme un favor, ve al aseo a hacerlo. Y cuando termines, avísame, porque debemos volver al trabajo. Creo que ya son las tres y tenemos que terminar los balances. No iba a vomitar, por supuesto. Me gustaba sacar a Ricardo de sus casillas, pero me levanté dispuesta a quitarme a esa pareja de mi campo de visión. Pedí al camarero que había tras la barra, la llave del baño. Era una llave normal, de las de puertas normales, de casas normales, de vidas normales y llevaba una cuerda de esparto a modo de llavero. Abrí. Casi tenía que rozar con mis piernas el mugriento retrete para poder cerrar la puerta. Olía mal. El suelo estaba enlodado. Oriné. No había papel. Me lavé las manos. Me miré ante el espejo roto y gastado. Me vi. Vi mis ojos. Miré dentro. Mi mano subió lentamente como una araña hasta el lado izquierdo de mi pecho y ahí se quedó, intentando escuchar una suerte de pataleo.


miércoles, octubre 31, 2007

Amarillo canario

Le felicito. El doctor de la boca nacarada lo dijo con la misma vehemencia que se usa cuando te dicen, después de una larga jornada de nervios, que ha sido un niño, que no tienes cáncer, que el trabajo es tuyo, que has cruzado la frontera, que te han concedido la hipoteca a sesenta años. Entonces se desperezaron todas las flores del mundo, los prados resplandecieron, los hijos sonrieron a sus madres esquivas, el cielo se volvió rosa y verde y amarillo, y meliflua mi sonrisa, incluso pude escuchar el canon de Pachelbel. Esas dos palabras tenían la contundencia de un gran libro de sólidas tapas cerrándose, simultánea y concluyentemente, plof, provocando una nube de polvo blanquecino. Tras aquella nube, el doctor, del que me llegaba el aroma de su perfume, caro sin duda. Le felicito. El binomio adquirió la suficiente fuerza como para que me creyera curada. Curado de mis manías. De mis soliloquios. Si he de ser sincera, yo misma advertí el progreso que había estado viviendo las últimas semanas. Ya casi no le lanzaba al pobre de Eduardo mis inquisidoras miradas cuando su tráquea materializaba un glup redondo y lento. E incluso, había notado mi manera de reprimirme en el vagón del tren cuando alguien, cualquiera, sentado por casualidad a mi lado, mascaba chicle con la boca abierta. Por fin había conseguido no resoplar más de una vez cuando comenzaba la tortura de las explosiones de fresa. Por eso había llegado este ansiado momento de reconocimiento. Tan sólo faltó que el doctor de la boca nacarada me tendiese un diploma y me lanzara serpentina mientras yo le ofrecía mi amistosa mano.

Abandoné la consulta con pies alados. Rejuvenecida. Ligera como un molinillo, esférico y delicado, a punto de desmembrarme con el roce de cualquier ligera brisa. Una vida nueva comenzaba para mí a partir de ese momento. La estación de tren a la que me dirigía tenía el aspecto de un ingenioso prisma, hasta que dejó de serlo, para convertirse en el culo de la opulenta mulata que me precedía. Era pomposo, prieto y lucido. Enfundado en un ajustado pantalón amarillo canario. Sus cachetes danzaban rítmicamente a izquierda y a derecha, y mis pasos seguían aquel ritmo que al parecer se imponía. Izquierda. Derecha. Izquierda. Derecha. Pom. Pom. Pom. El rugido de un tren nos alertó a ambas de su perentoria partida. Y entonces el culo aumentó el ritmo de la samba al afterpunk. Derechaizquierdaderechaizquierdaderechaizquierda, para terminar siendo una carrera a contra reloj. Del bolsillo apretado del apretado pantalón asomó la cabeza lo que parecía ser un billete de transporte público. Vi perfectamente (ya he explicado que su ritmo me sometía a un encantamiento) cómo aquel billete salía del bolsillo, como sale un gusano de una castaña: decidido a morir, cayendo al suelo. Y entonces es cuando uno piensa en Santo Tomás de Aquino, y el egoísmo vence al corazón, (que además está tonto y ciego de esplendoroso) y no le dice nada a la mujer del culo oscilante. El billete se queda triste yaciendo en un suelo peligroso y desconocido para los billetes. Pero las dos entramos en el vagón, que parecía suspirar de aburrimiento, aliviadas de saber que llegaríamos a nuestro destino con cinco minutos de adelanto. La mujer del culo oscilante, que mascaba chicle de menta fresca, se sentó a mi lado. Y comenzó a buscar en su bolso de vinilo negro. Era grande, tanto como una bolsa de basura. Y la mulata del culo rítmico se desesperaba buscando lo que yo solo sabía. Sacaba de su bolso todo su contenido. El teléfono móvil, una agenda mugrienta, un pintalabios, una compresa, un chismito pequeño con unos auriculares largos, una billetera con billetes de transporte público. Ahí se detuvo. Los extrajo todos. Los pasaba de una mano a otra como si jugara al mus. Como si cambiara cromos. Y bisbiseaba palabras desconocidas para mí. Porque aún no sé hablar brasileño. Alguien, un hombre esmirriado, se situó frente a mi y me preguntó gesticulando grotescamente, si el tren se dirigía a Atocha. Asentí sonriendo. Y el culo oscilante que seguía sacando cosas de su bolso de vinilo negro. Aún extrajo un secador de pelo, un cucú de pared. Y aquel esmirriado movía el pie acompasadamente con la música atronadora que salía de sus auriculares incrustados en sus enormes orejas de murciélago, transparentes y varicosas, pavoneándose ante mí (aunque pretendía hacerme creer que a quien quería impresionar era al culo cadencioso). Estaba decidida a ayudarla, a decirle que su billete estaba tirado en el suelo de la estación. Que se olvidara de él, que ya no estaría cuando regresara. Que echara alguna hora más en el trabajo para poder comprarse otro, pero un clic me lo impidió. Clic, clic, clic. Alcé la mirada y busqué con ansiedad el causante de aquel sonido. Clic, clic. Un hombre narigón, vestido como se visten los horteras franceses de los años setenta en las portadas de los discos de treinta y tres revoluciones, se cortaba impasiblemente las uñas con un llavero cortaúñas. Imaginé el suelo lleno de trozos de uña. También imaginé que un trozo de uña me caía dentro de un ojo. Algo se removía en mi interior. Noté cómo se mezclaban mis humores en el estómago, cómo tamborileaban mis dedos sobre mi pierna y decidí pensar en un mundo feliz, tal y como me había estado enseñando el doctor. Un mundo basado en la tolerancia clic, clic, un mundo clic, donde los ancianos y los clic niños, clic, clic, clic no son arrollados clic cuando van a entrar a algún lugar, donde las sonrisas clic, clic superan con creces clic a los desprecios. Clic, clic, clic. Pero me levanté encendida en fuego. El clic dejó de oírse por unos segundos. Miré con efusividad al francés narigón y hortera que también me miraba, le lancé flechas siux envenenadas que imaginé clavadas en su borboteante corazón rojo, escupí fuego al esmirriado que me observaba ufano mientras me decía a mí misma ven, que te estoy esperando, enano esmirriado a ver si sigues teniendo ganas de mirar el culo oscilante de la mujer sin billete después de mi mirada asesina, y a ella... a ella la dejé para el final. La miré. La remiré. Vi cómo continuaba mascando goma verde, y chasqueé la lengua, me di la vuelta y marché con pies alados de aquel infierno.

lunes, octubre 29, 2007

Si se abriera la tierra.

Se hizo esperar y no sé si, al fin, valió la pena. Ha concluido justo ahora, que se ha cortado la leche. Que se ha esfumado esa parte de mí que es invisible de tan gastada. Después de tanto tiempo escribiendo aquello, harta de leerlo y releerlo, de corregirlo, de soñarlo, de aborrecerlo y de necesitarlo también, harta de ver que la mierda era cada vez más mierda y que uno pierde hasta la noción de lo que es bello. Y luego de terminado, no sabes qué hacer, si empapelar el dormitorio, si hacer un ritual pirómano o si llevarlo al retrete y darle el uso para el que verdaderamente fue creado. En mis manos yace como lo haría una larva, viscosa y repugnante, con un movimiento apenas perceptible, de no ser por la luz mortecina y pulsátil que irradia. Y lo ofrezco ufana. Ofrezco mi mierda para ser compartida. Y aceptan mi mierda con gentileza. Y ahora no sé dónde meterme. Llegados a este punto quizás lo deseable, fuera que se rompiese la tierra y me engullera. Pero no se abre. La muy puta no se abre y no me va a quedar más remedio que entregar las ochenta y tantas páginas y esperar a ver qué hace la tierra. La muy puta si se abriera...

martes, octubre 23, 2007

La teoría de Simónides de Ceos aún vigente en el s. XXI

Su mamá le preguntó que qué era para él un poeta, y el pequeño contestó que un poeta es un señor que pinta.

lunes, octubre 22, 2007

Agota Kristof

LIBROS - LA ANALFABETA
Leo de casi todo con voracidad. Periódicos, de uno y de otro lado. Revistas. Almanaques. Relatos. Poemas. Leo mientras cocino. Mientras me desplazo. Leo para dormir. Leo cuando me despierto, mientras sorbo el café. Mientras otros ven la tele. En el descanso del trabajo. Leo todo lo que cae en mis manos. Y aunque ése podría ser el inicio de La analfabeta, no lo es, entre otras cosas, porque yo no tengo cuatro años, sino treinta más.
Sé que nunca llegaré a ser como aquella analfabeta ilustrada a la que admiro tanto. Ni viviré en un país extranjero. Ni tendré que hablar una lengua que no sea la materna. Pero sé que algo me une a ella. El ritmo del verso sincronizado con el sonido monótono de la vida diaria. El aislamiento, en su caso, impuesto. La pasión por la escritura y la lectura. Por eso leeré todo lo que ha leído ella. A Thomas Bernhard. Me pregunto si habrá leído a Robert Desnos. Por si acaso, lo leeré también. Y la leeré a ella. Varias veces.

El abuelo saca un diario del bolsillo de su levita y dice a los vecinos:

-¡Mirad! ¡Escuchad!

Y a mí me dice:

-¡Lee!

Y yo leo. Normalmente, sin errores, y tan rápido como me lo pida.

Dejando de lado este orgullo de abuelo, mi enfermedad de la lectura me traerá sobre todo reproches y desprecio:

"No hace nada. Se pasa el día leyendo."

miércoles, octubre 17, 2007

Sueño que sueño

Imagina que te despiertas de un profundo sueño en el que resuelves de un plumazo todos tus problemas y te das cuenta de que no eran más que nimiedades. Ha desaparecido esa inquietud amarilla que te hacía tan vulnerable, te la has comido y ya no está. Hoy no ves ratas, sino palomas a tu paso, y el plúmbeo cielo que te ampara te recuerda con sordina que ya puedes volver a ronronear por la ciudad y a escupir esa miseria que te ceñía. No sabes cómo huele una flor, pero sí el orín de gato, y crees que eres especial   cuando ni si quiera se te ve pasar. Las conversaciones ajenas se te escurren hasta quedar depositadas en los bolsillos aún vacíos. Y en el sueño soñaste que habías soñado que te librabas de tus quebrantos de un plumazo. Despierta aún me duelen los huesos y aprieto mis labios de plomo, no vaya a ser que me despierte.


lunes, octubre 15, 2007

miércoles, octubre 10, 2007

Versos a zancadas.

¿Qué hacer

cuando ya no se puede hacer mas nada?

¿cuando  a las palabras

sólo les queda el rescoldo de la desgana?

 

¿qué hacer

para que me mantengas en tu mirada?

¿para que me acunes en tu cama

mullida de plumas, de besos y de lana?

 

¿qué hacer cuando sobran las palabras,

las tuyas, siempre tan calladas?

mudas, sordas,  ciegas,

apenas unos fantasmas.

 

¿qué hacer, amigo mío,

cuando ya no se puede hacer mas nada,

cuando la voz, está muerta de tan callada?

¿cuando el deseo ferviente de mi alma

es gritarle al azul del alba

hasta quedar extenuada?

 

¿qué se puede hacer, ahora,

que ya no hay nada?

sólo correr hacia la alambrada

¡saltar todos la balaustrada!

y escapar del silencio de la palabra,

para recuperar de nuevo el alma.


martes, octubre 09, 2007

El ojo

Yo no quería mirar ese ojo. ¡Pero era el ojo quien me llamaba! Era él quien parecía decirme, como en un dulce encantamiento, mírame, ¿no ves cómo soy? soy irregular, inverosímil y remoto ¿qué sientes? ¡vamos mírame con valor!, quiero que te sientas culpable por ser tan proporcionada. Pero yo me decía a mi misma, no, no le hagas caso, no le mires, que no note que le estás observando. Intenta fijar tu mirada en el otro ojo. En el bueno, en el de la mirada recta. De ese modo no se sentirá retraído. No tendrá excusas frente al espejo para pensar que le he visto raro. Que piense que para mí, como para el resto, su anormalidad no es eficaz. Pero todo mi esfuerzo me ha sido en vano. Porque mis ojos buscaban allí la desviación, la oblicuidad en su mirada, como si fuera el narcótico que me faltara en la sangre. Yo diría que se trataba más bien de una fuerza irresistible, como la que ejercen los imanes, la que me atraía hasta su anómala mirada. Hipnotizada, sólo era capaz de hacer lo que no me gustaba nada. Justo mirar aquella tara. Y por no querer hacer daño, sólo yo me hacía daño.

lunes, octubre 08, 2007

Despierta, Pablo.


Estoy preocupada. Ayer dejé a uno de mis personajes durmiendo en el sofá. Y sólo cuando ya había logrado olvidarme de todo, recordé haberle abandonado allí, durante horas. Al pobre me le habían apaleado. No pude conciliar el sueño. Quise soñar con aviones de papel planeando por mi cielo gris. Pero no hubo cielos. Sólo logré despertarme cuando aquella mujer con olor a cebolla cruda se puso a mi lado. Y que yo la intuía. La vi venir. Y luego aquel olor recalcitrante que me hizo sentir de nuevo viva. A pesar de que todas las miradas eran esquivas. Lo vi en los reflejos, que a veces son más veraces que la vida misma. Sólo espero que, cuando vuelva a casa, siga ahí, tumbado, durmiendo, tal y como le dejé. Volveré a tomar posesión de mi omnipotencia para darle alguna solución a esa insustancial existencia que le adjudiqué.  


viernes, septiembre 28, 2007

¿No me oyes morir?

Es mentira que yo le amara, madre. Es mentira. Ahora me atrevo a admitirlo. Si le amé fue más por costumbre y abnegación que por amor.

 

El día que me desposó, ni si quiera supo hacerme sentir mujer. Para él no era más que una muñeca rota que se dejaba hacer. Tanta ilusión le había puesto yo a aquella eterna espera, que la decepción me dejó cierto rescoldo a tormento. Me folló con violencia exacerbada. No vibré con las sacudidas, ni grité como tantas veces había imaginado que haría. (Y si lo hice, fue por el dolor, no nos confundamos). Sus embestidas sólo me llenaron de un desprecio líquido y de una tristeza destinada al más profundo pozo, pero aún no le había dejado de amar y pensaba que la hiel que vertía en mí era dulce almíbar que pronto germinaría en mi vientre. La exhalación rancia   que me vomitó cuando se desplomó sobre mí sonó a aborrecimiento antiguo, pero yo soñé con acunar un niño en mis brazos, aunque éste fuera el hijo del mismísimo demonio.

 

Luego vinieron los golpes. La primera vez que dejó marcados sus cinco dedos en mi piel, comprendí que era él quien mandaba en casa, que para eso era él quien traía el dinero, y jamás me atreví a contradecirle. Durante años renuncié a arreglarme y comencé a acumular sedimentos de miedo que anegaron mi carácter. Me volví gorda y fea aunque asustadiza como un pequeño roedor y el rencor me confinó a un recóndito cuarto oscuro.

 

En las interminables tardes de soledad, creí poder hablar contigo, mi madre muerta a la que lloraba su ausencia. Te plañí y te reclamé ayuda. Una clemencia que mi dios me negaba. Tus fríos y huesudos dedos acariciaron mi rostro magullado. Recuerdo que mientras el gato lamía mis piernas rudas, yo albergaba quizás falsas esperanzas. Pero entonces ocurrió el milagro. Debiste llevar mis ruegos hasta la misma puerta de dios, de los santos y de todos los muertos que allí habitan.

 

Ahora es otro, madre. Aquel andamio nos cambió la vida ¡a los dos! y doy gracias a Dios. Sabrás que ahora me acompaña a comprarme ropa, a la peluquería y a tomar café. A veces flirteo con otros hombres en su presencia sin que parezca que le importe demasiado ¿o si? vete a saber, ese nuevo hermetismo suyo me impide ver su realidad. ¿No es una lástima, madre, siendo tan fuerte como lo fue conmigo?. Volvemos a las tantas de la noche, momento que aprovecho para ducharme y engalanarme. Después es su turno, y le quito a él toda la mierda que lleva encima porque su inutilidad es tal que suele cagarse en los pantalones. Después le doy el puré mientras me mira con ojos piadosos y yo le rebaño los restos de comida que le caen tristemente por las comisuras, mientras le repito dulces palabras rabiosas. A veces le pinto de rojo sus labios resecos, y le dejo todo el día maquillado frente a un espejo, y le azuzo diciéndole ¿ves que guapo estás así?. Y entonces me pregunto, vuelta para adentro, qué pensará una mente como la suya estando encerrado en un cuerpo como el suyo. Sólo el  rencor es capaz de esquivar mi fatal idea de abandonarle. Ya sabe que yo soy mujer de un solo hombre, madre, por eso estaremos juntos hasta que la muerte nos separe que no tardará mucho pues leo en su mirada una sempiterna pregunta: ¿es que no me oyes morir?

 
 

miércoles, septiembre 26, 2007

Luz

Cierro los ojos y abro caminos.

 

viernes, septiembre 21, 2007

Pronóstico reservado

Cumplió su promesa de entregarle la luna,
aunque ahora sufre quemaduras de tercer grado.

viernes, septiembre 14, 2007

Sólo yo

Comienzo a ser

desde el momento en que me pienso.

Vuelvo de la tierra de los muertos,

ahora que me pienso.

 

A veces soy música,

soy viento

pero ahora, que me zafé del silencio

sólo soy yo, ahora que me pienso.

 

Regresaré a la tiniebla,

a mi mesa solitaria,

a mi oscura telaraña,

a no ser,

a renacer,

pero ahora,

sólo soy yo,

ahora que me pienso.

lunes, septiembre 10, 2007

Brevas

Las suaves caricias del viento estival
me hicieron añorar
tu cimbreante blusa de seda.

martes, septiembre 04, 2007

Conversaciones calladas

El niño jugaba a hacer castillos de arena. Pasadizos, grutas y patios. Almenas, torres y calabozos. Él solo. Bueno, él y las monótonas olas. Tampoco necesitaba a nadie más. Aunque bien es cierto que la presencia de alguien con quien poder hablar, con quien poder planear las bases de su juego, siempre hacía más apetitosa la fogosa mañana de playa. Llevaba ya un buen rato trabajando en un gran túnel que suministraba agua a las estancias del castillo y que, a veces, su desbordante abundancia, redondeaba las líneas de la construcción.

La vehemencia de una sombra le hizo sospechar que alguien le observaba. Notó a su lado la presencia de una persona. Levantó sus gatunos e inocentes ojos, y vio a una pequeña cuyo pelo rubio se asemejaba al blanco y delataba su origen extranjero. No se dijeron nada, pues los dos sabían que sería inútil. El niño volvió a bajar la mirada hacia su castillo y siguió trabajando en su construcción, alargando todo lo que podía aquel interminable túnel. Un instante después, vio cómo la niña se arrodillaba junto a él, y sin mediar palabra, comenzaba su labor de ayuda. Su pequeña manita arrimaba puñados de arena donde evidentemente debían ir altas montañas, y arañaba la arena donde era obvio que hubiese fosos. A veces se miraban largo rato, pero en ningún momento hablaron, no les hizo falta porque se entendían perfectamente.

viernes, agosto 24, 2007

lunes, agosto 20, 2007

Voyeur

Lo que más gusta es poder mirar.

lunes, agosto 13, 2007

Ambición

Quería comerse el mundo.
 
Abrió mucho la boca... pero se perdió entre sus muelas.




martes, agosto 07, 2007

Deseos

Era un día cualquiera y estaba sola cuando la noche, salpicada de destellos, llegó como un susurro. Casi como el rumor de los recuerdos. Como una sombra de murmullos ilícitos. Una remembranza de bisbiseos desconocidos e insensatos. Recuerdo que pensé, ojalá se rompa la noche en mil pedazos, y yo con ella. Que se rompa como un espejo. Como el espejo de un sultán. Y que se rompan los sueños, aún a riesgo de que se conviertan en pesadillas. Recuerdo que lo deseé con mucha fuerza. Y que cerré los ojos como si fueran puños. Me pregunté, ¿y si, cuando abra los ojos, la noche se ha desquebrajado? o lo que es mejor, ¿y si la noche se ha roto en diminutas piezas, tan pequeñas como el polvo? ¿minúsculas e insignificantes? ¿y si la noche ya no existiera? entonces ¿qué pasará entonces? ¿desearé que se rompa también el día? Cuando abrí los ojos, suspiré aliviada.  Porque allí, aún estaba la noche. Aquella noche tan callada.



martes, julio 31, 2007

Puta

Cuántos testigos inertes trae la noche,

de piedras, de alambre,

de plástico inflamable.

Cuánta soledad marchita

vislumbra tu agonía

a través del vano de mi vida.

Abrazado al recuerdo

de tus medias de seda

rotas, gozas

de una suerte de deseo

que amenaza con traerte a mi boca.

Y prendo en mi tristeza

un broche,

con una imagen que encierra

tu inequívoca sombra de perra,

con labios de arena

que con tu ausencia

mi memoria llenas

de cristales rotos

de odio y de flemas.

Eres una mujer,

una enferma

una puta y además, vieja.

¡Pero qué haría sin ti,

sin tu ausencia, mejor sería morir!


(El cuadro se titula "Chelsea Hotel".
Antonio Berni. 1977)

miércoles, julio 25, 2007

Sopa de letras

 

Los poemas no son para el verano.

 

Los poemas, son como las sopas,

 

que apetecen, pero ahogan.

 

Te acaloran, para después, nada.

 

Te los comes y te chorrea la nostalgia.

 

Te calientan, para después,
 
nada.

 

En un jardín olvidado Luis desgrana palabras.

 

Letra

 

tras

 

letra

 

Luis

 

las

 

s  e  p  a  r  a.

 

Y yo sentada le espero, desnuda, a que me sirva la sopa
 
que de caliente, amarga.
 
(El cuadro de de Mónica de Silva)
 
Post scriptum. No se me dan bien los poemas. A él no le debió gustar. No me importa. A mí sí que me gusta. Mis poemas son como los hijos feos, que se les quiere, si cabe, aún más.

 

viernes, julio 20, 2007

Nada

¿Y si fuese todo nada?
dime
¿y si el viento, ya cansado, arrastrara la última luz de la mañana?
¿y si la lluvia, lánguida y reseca, borrara toda la bondad de mi alma?
¿y si las olas tumbaran aquella vida abreviada?
¿y si el fuego apagara el hielo de mi mirada?
¿y si yo no fuera más que nada?
entonces ¿qué harías tú sino llorar sobre la almohada?

Dime, si todo fuese nada...


lunes, julio 16, 2007

Realidad

"- Teddy, ¿cómo hace uno para distinguir las cosas reales de la que no son reales?

El oso barajó alternativas.

- Las cosas reales son buenas."

(Brian W. Aldiss. Los superjuguetes duran todo el verano.)

(Gracias a Andrés Ibáñez que es quien recupera este retazo a propósito de Second Life)


viernes, julio 13, 2007

Cuatro catorces sobre la verdad y otras mentiras.

- ¿Quieres que te diga la verdad?
- No. Preferiría que me dijeras solamente Tu verdad.




- Necesito la verdad...

- ¿Te la digo?

- No. No vaya a ser que me arrepienta.






Hubo un tiempo en que todo era verdad. Lástima que sólo fuese un sueño.





Piensa en tu verdad y verás cómo no hay nada de cierto en ella.



martes, julio 10, 2007

Un ángel.

Su madre –ahora lo piensa-, fue una mujer de hoy, de ayer, y cómo no, de mañana, -porque así era, una mujer que avanzaba, como lo haría un molinillo, con pies ligeros a través del paso del tiempo-, digamos que fue una mujer de mente abierta, con luz en los ojos y el alma despejada. Pues su madre miró a su hija con detenimiento, -sus ojos en sus ojos, su azul en su azul-, y la percibió tal y como se percibe a un ángel. Esos ojos sólo podían pertenecer a los de un tranquilo querubín, capaz de transmitirla toda la paz de la que ella carecía, y su belleza, sin duda innata, asomaba por entre su piel de seda, fruto, claro que sí –a ella le gustaba pensarlo así- de su propio cuerpo, de su propia sangre, de sí misma. Su niña, y sólo su niña era la única responsable de mantenerla en un sosiego permanente, en una tranquilidad casi como una sedación, hasta que un buen día, de esos de cielo indiviso y pensamientos mansos, la madre, hermosa como lo son todas, le preguntó con un hilo de voz, ¿qué querrá ser mi cielo? dime... ¿has pensado lo que querrás ser cuando seas mayor amor mío?, a lo que la niña respondió, con toda la templanza que su pequeño cuerpo albergaba, pero firme y con decisión, claro mami, quiero ser una pin-up. Eso... eso era lo más parecido a decir mami quiero ser puta, pero con esos ojos almendrados y esa cara de ángel... ¿quién podría negárselo?

lunes, julio 09, 2007

Me bebí...

Me bebí la copa
llena de tus lágrimas,
redondas como esferas,
sorbo a sorbo,
y en cada sorbo, tú.

Tú estabas.
Todo tú estabas en mí.
Tu esencia en mis labios.
En mi boca.
En mi lengua.
En mi sed.

Y esperaba,
-Esperaba pensar como tú piensas.-
-Sentir como tú sientes.-
sentirte tal y como eres.

Mas sólo recibí,
a cambio,
una profunda tristeza.

lunes, junio 25, 2007

Nudos

"A Sandra Villarubia le gustaba que le hicieran cosquillas en el envés de sus brazos largos y blancos..."



Pincha para escuchar el cuento


Pincha para ver el vídeo de la vigilia

(El video ha sido realizado por Pedro Bernal)




Nudos es el nombre que da título a mi último cuento, y que fue el que elegí para leer en Poemagia. El nudo que tenía en el estómago resbaló hasta mis pies al verme allí arriba. Y lo cierto es que disfruté mucho. Me gustó la sensación. Me sentí bien. Gracias Miguel Angel.




Texto: Esther Rodríguez

Voz: Esther Rodríguez

Ilustración: Esther Rodríguez

Música: Golfrapp



miércoles, junio 13, 2007

Ilusiones nocturnas




Sobre el tejado
aún las nubes se desquebrajan,
en un cielo rojo sin neones
cuando las lágrimas,
cimbreantes y convexas
huyen despavoridas de los balcones.

Cielo, es tu imagen confesa,
tu deseo intencionado
tu alma indefensa
lo que más pesa
en el hueco de mi pecho malogrado.


Sé que la verdad, aunque imperfecta,
tiñe de sucio magenta
todo el blanco bien preciado.

Mas no temas, mi bien,
que la tormenta no durará siempre,
abre ese libro de estrellas extintas
de brillos vacuos sin nombre
y recrea tu mente,
olvida por un instante
quién eres.


(El dibujo es de Alexandre Cara-Ribas y se titula Eclair).







jueves, junio 07, 2007

Lo que pensarán de nosotros cuando hayamos muerto.


La primavera continuaba dormida, a pesar de lo avanzado que estaba el mes de mayo. Parecía como si el invierno, después de tantos meses instalado, se resistiera a partir. Con todas las mantas que cubrían mi cuerpo, aún sentía mis huesos entumecidos. Abrí los ojos y observé cómo una franja de luz se colaba a través del vano de la puerta. Como siempre, sólo yo llenaba el vacío de la cama. Aparentemente todo seguía igual entre aquella penumbra que había ido creciendo durante los últimos meses en mi cuarto. A mi derecha, pude ver una raquítica silla, que después recordé, era la que ocupaba Ana durante las noches en vela, mientras me mojaba las sienes con paños helados, o le acercaba agua fresca a mis labios resecos. Frente a la cama, el espejo seguía impasible el paso del tiempo. Hice acopio de la poca fuerza que aún conservaba, y pude levantarme para dirigirme hacia él, con la intención de comprobar, hasta qué punto había hecho mella, esa extraña enfermedad que aquejaba mi cuerpo. Lo que sucedió a continuación, sólo pudo arrancar de mi rostro, una expresión de horror y espanto, porque aquel deslucido espejo, no me devolvería ninguna imagen de mi mismo, tal y como yo esperaba. Era como si mi cuerpo fuera transparente como el agua. Víctima de mi imaginación, agité las manos frente a él haciendo ademán de saludo, con la vana esperanza de encontrar alguna suerte de movimiento en su interior. Después, y ante el primer desengaño, me pellizqué la cara, intentando así, comprobar el estado de mi mente, quizás aún en proceso de sueño. Pero me sentía más vivo de lo que jamás hubiera pensado estar. Definitivamente, y por inverosímil que pudiera parecer, el espejo estaba vacío, o quizás fuese yo quien estuviera muerto y exento de mi propio reflejo. Por un impulso casi mecánico, me dirigí hacia la ventana para abrir el postigo y dejar así, que la luz del día inundara el cuarto. Sólo después me volteé para ver, con pánico en los ojos, mi lecho. Allí, entre las mullidas mantas, se encontraba mi cuerpo inerte. Me acerqué a mi mismo y me toqué con sumo cuidado. Estaba caliente. Lo cual sólo podía significar que yo no estaba muerto, y que lo que a mi cuerpo le sucedía, era simplemente, que mi alma había abandonado la materia, para vislumbrar desde otra dimensión, la miseria que me rodeaba, y de la cual yo era un absoluto ignorante. De pronto, escuché el tintineo de unas llaves que se acercaban hasta la puerta. Después, sentí cómo se abría la cerradura. De nuevo tuve miedo. Era Ana. No me vio. Quiero decir, que no vio mi alma, aunque sí mi cuerpo. Nada le extrañó. Se sentó en la escuálida silla. Acercó su oído hasta mi pecho, y casi pude observar su determinante abnegación. Entonces tuve ganas de prometerla que jamás le volvería a poner una mano encima. Que la amaría como jamás había amado antes. Quería pedirle perdón por haber sido tan miserable, pero cuando ya me disponía a introducirme de nuevo en mi cuerpo, alguien inesperado irrumpió el silencio del dormitorio. Era Nicolás. Un antiguo y buen amigo de la familia que le preguntaba a Ana que si ya. No, aún no, respondía ella. Y yo observaba con impaciente curiosidad cómo Nicolás le tendía con complacencia a mi esposa, un vaso, al que previamente le había agregado unos polvos. Ana lo cogió respondiéndole con una sonrisa, mitad de agradecimiento, mitad de complicidad y después, me lo hizo beber como si fuera un pajarito recién nacido, con mi pico rojo y abierto. Ahora, ya tengo la certeza de lo que pensarán de mi cuando yo haya muerto.
(El dibujo es de Moisés mahiques)

lunes, junio 04, 2007

Apología pro vita sua

Que estés en condiciones -solía decirse Salazar a sí mismo cuando reflexionaba sobre este tramo final de su existencia- de aceptar que cualquiera deje de verte o dejes tú de verle de un día para otro, sin el menor pesar o nostalgia o recuerdo.” Y satisfecho de esta radicalidad, que tenía un punto de pose, añadía Salazar: “No se trata de olvidar a nadie: nada tan malsonante como el olvido. Pero tampoco se trata de algo tan preciso como los recuerdos o las remembranzas, por modificadas o amansadas que estén. ¿De qué se trata entonces? Pues se trata de una simple presencia muy múltiple, de un muy intermitente y flotante sistema de presencias que se unifican en mi vida: ellas existen porque yo existo, pero que son indoloras, sin aristas o, como mucho, destellos placenteros.”


Contra natura
Álvaro Pombo

martes, mayo 29, 2007

Primer amor


Después de decapitar muñecas
conocí un amor temprano
bajo el frío de la noche,
y en el desamparo más extraño.

Donde acababa el peñascal
y comenzaba el bosque,
tan violento...
El fuego, agonizaba,
tras la mirada lunar
dándonos el calor que no necesitábamos.

Y su cinturón oscilante
en un vaivén rítmico y cadencioso
golpeaba mis caderas,
con suavidad.
El rumor de los fresnos
ahogaba nuestros gemidos
de tequila,
limón
y sal.

Ahí donde acababa el peñasco
nos asomamos al brocal.
Arrojamos piedras al fondo
y refrescamos nuestra ansiedad.

Nuestros deseos se ahogaron
entre risas y nervios
y quedó el amor,
ausente,
mientras nos veía marchar.


(El dibujo es de André Masson)

jueves, mayo 24, 2007

¿Qué?


Pero ella permanecería
con la música incrustada en su vida,
y con la literatura
haciéndole herida.

lunes, mayo 21, 2007

El ciprés


Después de tantos años buscando,
por fin encontró un buen árbol al que arrimarse.

miércoles, mayo 16, 2007

Sombras




Atravesé un bosque de ladrillos,
vagamente coloreados,

-de un rojo casi muerto,
atenuado por la penumbra-,

proyectando una sombra
que se confundía con el oscuro asfalto.

Observé con morosa lentitud
cómo se extinguía la tarde,
cómo avanzaban los fantasmas
que habitan en las sombras,
bisbiseando palabras
que generan turbación.

De pronto la carne tiembla,
el corazón se agita.
La maleza de la ciudad maldita
que se oculta tras las sombras,
me llama,
pero yo me precipito
al amparo del silencio
y me arrebujo en la soledad
de mi misántropo hogar.

Desde un rincón
le rezo a mi Dios,
que es de restos,
de pedazos,
de segmentos
y respiro con alivio
al verme de nuevo contigo.

jueves, mayo 10, 2007

Proeza



Uno se acostumbra a todo. O a casi todo. Yo me acostumbro a ser como soy. Fui la última. Disponía de poco tiempo. Comencé agitada, como es normal en mí. Era mi pecho el que se excitaba, no mi mente. Pero hubo algo. No sé qué, que me hizo olvidar dónde estaba. Me hizo olvidar con quién estaba. Era como si solo yo estuviese allí. Yo y mi voz. No estoy acostumbrada. Lo normal, digo, lo normal es que no pueda continuar. Que me falte el aire. Que me tiemblen las manos. Que mi voz se quiebre. Que pida perdón. Pero ayer, no fue como siempre. No sé porqué pero para mi es toda una proeza.

lunes, mayo 07, 2007

De la ensencia del punto...


Ese punto, de existir, está entre el cielo y la tierra;

entre la sabiduría y la ignorancia;

entre tu y yo.

Ese punto no está en ningún sitio,

para estar en todas partes.

Ese punto es una estrella,

el filamento de una bombilla,

un pixel,

tu boca abierta.

Ese punto son mil puntos.

(Los necesarios para definir tu silueta.

Trémula.

Erecta.

Sombra yerta de tu voz imperfecta.)

Ese punto soy yo.

Sombra. Confusión.

Un puto punto sin pizca de inspiración.

lunes, abril 30, 2007

Con la mirada fija en la pared y en el punto exacto, alcanzas el infinito.

miércoles, abril 25, 2007


Tenía a sus pies, el mundo, hecho añicos.

jueves, abril 19, 2007

La ventana ausente


Un hombre que desea, es un hombre loco. Por eso, decir que lo que los ojos no ven, el corazón no lo desea, es tan falso como decir que morir es pasar a mejor vida. El deseo se forja con la ausencia, y así, poco a poco, el hombre se hace poeta, y el poeta, de tanto desear, enloquece. Esta es la historia de un poeta que se volvió loco. El poeta, de traje raído y zapatos relucientes –y del que no diré su nombre, pues carece de importancia-, solía acudir a una taberna cada mañana. Allí, pasaba largas horas divagando entre humo y tinta. Su mirada se perdía tras los cristales de la vidriera. La vida pasaba deprisa en el exterior. La vida pasaba despacio en el interior. Y el poeta soñaba tanto y tan rápido, como la vida le permitía.
Sus versos, cuando surgían, lo hacían sin previo aviso, y entonces, el café se quedaba frío. Del erotismo más sublime surge mi yo más canalla, escribía el poeta. Esa mañana comenzó así su verso, y después, miró afuera. Vio gente con prisas, hojas cansadas, un edificio dolorido y una ventana ausente. Pero nada de eso le servía. Se mojó los labios y aborreció el café. Miró de nuevo. Con otros ojos. Y esta vez vio la celeridad del alma, la primavera dormida, el hogar que agoniza y una mujer hermosa. Apareció allí, de repente, en aquella ventana. Ocupando la ausencia que antes hubo en ella. Regalando a sus ojos la prístina piel de aquellos pechos desnudos. El poeta sintió un vahído y después, una insolente turgencia. Sin menoscabo, cogió el lápiz y por fin, continuó sus versos.

Del erotismo más sublime,
surge mi yo más canalla.
Deja que me acerque, mujer, que te mime.
Y después, calla.
Sueño que de tus pechos níveos bebo
y que me embriago de violeta.
Que mi deseo longevo,
con tu distancia se agrieta.

Pero la mujer desaparece. Solo deja el recuerdo de su sombra. Un triste y callado eco. Son las once de la mañana y el poeta, rendido, se marcha. Al día siguiente no pudo apartar la mirada de aquella la ventana. Que estaba sola. Y así continuó durante todo el día. Y al día siguiente. Y al siguiente.

Una de esas mañanas, en la taberna, el poeta se mojaba los labios, se rascaba su pelo ralo y se desesperaba. El café estaba frío a morir. Esa ventana, llena de esperanza. Allí estaba ella. La esperanza era una mujer. Eran unos pechos. El poeta creía enloquecer. Detuvo sus ojos en sus ojos. Y deseó tocar su piel. Se levantó con precipitación. Vertió sobre la mesa, el café. Salió a la calle, pero ella ya no estaba. Cabizbajo se volvió a su mesa. A sus versos. A su papel. La agonía, negra como tu alma, me invade y me mata, escribía el poeta. Y cuando el sol ya se marchaba, echó su última mirada a la ventana ausente y después, se marchó a su casa.

El tiempo pasó, y los encuentros entre el poeta y la mujer de la ventana siguieron siendo fortuitos. Una mañana, el poeta impaciente, le preguntó al tabernero por el nombre de aquella mujer. ¿Qué mujer? preguntó el tabernero. Aquella, la que cada mañana se asoma a esa ventana para que yo concluya mis versos. Ella me muestra sus pechos desnudos. Y llora. Y es entonces cuando mi lápiz cobra vida. El tabernero le miró con compasión y le aconsejó que descansase. No le vendría mal dormir, le dijo. Pero el poeta insistió. Dígamelo, dígamelo por el amor de dios, o voy a volverme loco. ¿Loco? le preguntó el tabernero con una expresión socarrona en su boca. Frente a esta taberna, amigo, sólo hay bosque. Sólo bosque.

lunes, abril 16, 2007

Un día en cualquier ciudad del mundo


El día transcurre con normalidad. El pulso del lugar es precipitado, como nos gusta a todos los que habitamos en las grandes urbes. Los cláxons no entienden de silencios. La gente no entiende de modales. El egoísmo no entiende de elegancia. Hoy, además, las nubes avanzan a la velocidad de los automóviles. Así da gusto. En esta ciudad de cualquier lugar del mundo, la prisa es un modo de vida asimilado, aceptado y normalizado, como en cualquier ciudad del mundo. No para los niños, desde luego. Para ellos simplemente se trata de una aburrida mentira. Ni siquiera lo pueden tocar. ¿Cómo creer pues en algo que no se ve? igual que no creen en hadas, brujas y ogros, ¿por qué creer en el tiempo? Pero para los adultos, el tiempo es una necesidad vital. Si no corremos ¿para qué vivimos? Así que, desde que nos levantamos y hasta que nos acostamos, una prisa incipiente nos empuja. Vamos, vamos. Rápido. Hay que vivir mucho.

Hoy, una madre y su pequeño acuden a un gran centro comercial. Van con mucha prisa. Tienen que hacer rápidamente la compra, para irse después a las actividades extraescolares que harán del pequeño un gran hombre. El inquietante edificio gris espera con la boca abierta el fluir de la gente. La mujer es joven para lo mayor que podría ser. Se ve que su cuerpo no tiene tanta prisa por envejecer. El niño aparenta ser eso, un niño. Como los de antes. Va solito. Nadie le da la mano, porque las manos de la madre están en otro lugar. Quizás ocupadas con un móvil. Quizás tímidas en un bolsillo. Los dos caminan. El uno al lado del otro. En el semáforo, el niño se detiene observando a un simpático perro que intenta morderse su propio rabo, y para ello, da vueltas y vueltas sobre un mismo eje. Ahora sí. Cuando el muñeco estático del semáforo cambia a verde, la mano de su madre le agarra de una manga y tira de ella para que el pequeño agilice su paso. No hay que perder tiempo, pues el semáforo también tiene prisa por cambiar. El niño avanza después que sus pies. Un paso de su madre, equivale a tres pasitos suyos. Intenta poner un pie en cada ralla blanca del asfalto, pero es imposible, con una piernas tan cortas...raya, gris, gris, gris, raya, gris, gris, gris, raya…. Los pajarillos metálicos comienzan a cantar. Parece que la primavera se le ha adelantado al invierno. El pulso se acelera aún más. Pero la acera es ya una realidad.

Dentro del centro comercial hay un hormiguero de gente. Que va. Que viene. La joven madre aprovecha las actividades que el centro comercial ofrece a sus clientes, y deja a su hijo disfrutando de un cuentacuentos exclusivo para usuarios mientras ella se abastece. No te muevas de aquí hasta que yo regrese ¿me oyes?. El niño asiente con determinación, siguiendo con la vista, arriba y abajo, el dedo índice de su madre. Ella desaparece entre el bullicio, y el niño comienza a mirar con curiosidad a aquel extravagante hombre que se dispone a contar ¿cuentos?

Pero el niño piensa que los cuentos son aburridos. Que hay que imaginar demasiado, e imaginar es una pérdida de tiempo, porque hay que hacer un gran esfuerzo para, al final, no ver nada. Además, ese hombre es demasiado mayor para hacer esas payasadas, y piensa que si él tuviera un padre e hiciera eso, se avergonzaría de él. Así que, se quita las gafas para evitar ver cómo aquel hombre gesticula y pronuncia cada palabra como si hablara con bebés.

El niño sin gafas no puede ver nada, pero alcanza a distinguir entre bultos la zona de telemática. Decide ir hacia allí, así que se levanta y avanza entre la nebulosa a pasos cortitos, tropezando torpemente con las vitrinas. Camina confundido y no llega hasta esa sección, porque la marabunta le empuja y le arrastra y le lleva por un camino equivocado. Pero no puede hacer nada más que dejarse llevar por la masa delirante y ciega. El pequeño no siente temor. ¿Cómo sentir algo que no se puede ver?

El niño es escupido por el gran edificio luminoso y camina entretenido por las calles, gris, gris, gris, gris, gris, eso sí, ahora con las gafas puestas, para disfrutar bien de todo lo que le ofrece el día. Si me caigo del bordillo, pierdo. Si pierdo es que me muero. Mierda. Caca. Gilipollas. El niño funambulista, avanza sin remisión hacia ningún sitio.

En el descampado el sol se pone con parsimonia. Entre los escombros es bonito ver cómo anochece. Los trozos de cristal verde le ofrecen destellos. El niño descubre que inventar juguetes con la basura tiene cierta gracia. Pero empieza a sentir frío. Sentado entre los deshechos espera a que su mamá regrese. Ya le parece que se está retrasando demasiado.

El niño piensa que dormir acurrucado entre los escombros es triste e incómodo, pero de ahí no se movería porque en eso quedó con su madre. Así que la esperaría allí, pero durmiendo.

jueves, abril 12, 2007

Ser aguacero

A penas me doy cuenta de lo complicado que resulta ser lluvia,
ser agua,
ser lágrima,
para poder filtrarme entre las grietas de la vida.
De la mía.
De la tuya.
Y discurrir por el pedregoso camino que lleva hasta la piedra.
A la nuestra.
De colarme entre los dedos del viento.
De tocar las cuerdas al sol.
Cómo deseo ser aguacero.
Y ser sol.
Y ser viento.
Para llegar hasta donde estás y abrirme por dentro.
Ser lágrima y gritar.
Un te quiero que sabe a profunda soledad.


(Domi, mi amor.)

lunes, abril 09, 2007


La noche polar
me impidió ver
la geometría de tu cuerpo,
el ángulo de tus pechos.

Anquilosada en el pasado
te inventé en mil deseos,
con ojos romboidales
y labios asimétricos.

Una nariz que tangencial
acusaba mis secretos.

Uñas,
pelo
y dientes.

Miscelánea de humores
que durante años
nos hicieron diferentes.

lunes, abril 02, 2007

Nana para supervivientes

Silencio...
que nadie hable
que me despiertan al niño.

Sólo quiero oír
el rumor de las pestañas.
Así que, silencio,
que me despiertan al crío.

¿No ven que necesita oírse?
¿sentirse?
¿creerse?
Denle silencio,
que necesita entenderse.

¿Ven?
¡Qué bonito cuando duerme!
¡Qué suave cuando piensa!
así que, que nadie me le despierte,
que será su recompensa.

Algún día,
este niño, se soñará poeta.
Así que ¡silencio!
que el niño duerme,
que me le despiertan.

martes, marzo 27, 2007

De vísceras y sangre

Antes de la sangre,
y de las vísceras,
aún antes de que yo llegara,
el asfalto resplandeciente
le acogió
y fue estigma,
signo,
dolor.

Pero paso deprisa,
tratando de evitar
lo irremediable.
Manos frías.
Dedos de alambre.

Recordé entonces el parque,
el crepitar de las plumas,
el graznido de las aves,
el óxido asesino,
que hiere,
y el cielo verde.

En la soledad indemne,
el silencio mece
la savia,
la magia solemne.

Pero paso deprisa,
tratando de olvidar,
el daño,
la soledad,
y el cristal.

Antes de la sangre,
y de las entrañas,
mucho antes de que yo llegara,
el sol le calentaba,
quedito, quedito,
el lomo.

viernes, marzo 23, 2007

El amparo del regazo

Te daré mi regazo,

para que me respires,

para que te embriagues,

ahora, eso sí,

a cambio quiero

tu vida entera,

¿me oyes?

tu vida entera.

lunes, marzo 19, 2007

Lista de un transeúnte.

Un avión oblicuo. Un periódico destripado. Unos labios ensangrentados. Una maleta arrinconada. Unos ojos dentro de una cara. Una cara sin mirada. Una mierda de perro. Botellas rotas. Otra mierda de perro. Un tren con alma. Un perro. Un bonitatecomería. Una rueda de coche muerta. Chinches. Información manipulada. Ojos perdidos. Un gracias. Bocas crispadas. Narices obtusas. Orejas inauditas. Perfume nauseabundo. Secretos. Mentiras. Una vida usada. Cáscaras. Pipas abiertas en canal. Odio embotellado. Radio. Recio. Rabia. Ruido.

jueves, marzo 15, 2007

Paseo por el asfalto,

en soledad,
y a través de los visillos,
sólo veo tu agonía.

lunes, marzo 12, 2007

HOMENAJE

Hablaré con la voz entumecida, mas sin ambages,
cuando languidece lo que ni si quiera me pertenece.
Esquileando sin demora
todo el sobrante de obscuridad,
desnudándome sin remedio,
abrochando mis recuerdos enmohecidos.
Oblicuo mis sentimientos hacia algún lugar lejano.
Más allá de mi intimidad.
Con recato me felicito
y me doy presto otra oportunidad.
Me aferraré nomónica
a los rayos del sol
para proyectar mi sombra al menos,
y aguardaré adormecida
un próximo mes de marzo.
De flores y sueño.
Porque sí.
Ésa es la verdad.
Mi homenaje será pequeño como una avellana.

miércoles, marzo 07, 2007

LA ARMONIA DE LAS ESFERAS




“Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara
y de sentarse en el fatigado sillón,
volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava
y dijo una palabra en voz baja.
La rosa resurgió.”

Jorge Luis Borges
La rosa de Paracelso

La armonía de las esferas.

Hace un tiempo, fui a París. Sólo puedo recordar ese viaje como un acontecimiento mágico, porque todo lo que allí me sucedía, iba arropado con un aura de excelsitud. Desde el viento que soplaba lánguidamente, arrastrando a su paso hojas de diversos colores, hasta detalles mínimos que parecían calculados por algún tipo de fuerza superior, de orden oculto; como esas notas musicales que llegaban hasta mis oídos, casi como un sueño. Así, La vie en rose, con sus proporciones armónicas y sus formas abstractas, constituía mi cosmos, y estaría siempre sonando en mi imaginación a cada paso que daba en aquella fastuosa ciudad parisina.

Fui sola porque tenía algo pendiente en mi vida. Ese tipo de cosas que sabes que debes hacer por no creer que has estado en el mundo sólo de paso. Antes de morir, quería visitar el cementerio del Père Lachaise y averiguar cómo trataba aquel lugar a mi queridísimo Sr. Wilde. Pude comprobar que, bajo aquél cielo plomizo, su tumba aparecía sublime. Dejé una rosa roja custodiando la piedra. ¡Qué palabras! ¡Qué simbología! ¡Quién me iba a decir a mi, que algo tan poco habitual como es la presencia de una rosa, fuera a repetirse en más de una ocasión durante mi viaje! ¡Cuántas rosas marcarían a partir de ese momento mi vida para siempre!

Abandoné aquel lugar para pasear por la abigarrada ciudad. Me acerqué a la Sainte Chapelle, paseé por los Campos Elíseos flanqueados de hermosos castaños, toqué los rosetones del Arco de Triunfo y así, recorrí aquella ciudad con una aguja apuntando al cielo. Notre Dame y sus terroríficas gárgolas, El hotel des Invalides, busqué bajo la pirámide del Louvre algún indicio que apuntara al descubrimiento de los restos de María Magadalena y navegué por el Sena.

No dejaba de ser una turista más. Yo también descubrí que al pie del Sacre Die hay un carrusel de ensueño. Y todavía hoy, si cierro los ojos, puedo escuchar su música. Ya no soy una niña, lo sé, pero elegí un carruaje tirado por un caballo blanco. Me acomodé en su interior como lo hubiera hecho una princesa. Y esperé con pueril ilusión a que comenzara el viaje. Mi viaje.

El carrusel giraba y a través de la ventana vi a un hombre con la mirada perdida. Mirando sin ver. Creí no conocerle, pero pude comprobar cómo me observaba. Yo quise creer que me miraba. Ahora lo sé. Parecía mayor y algo abreviado por el paso de los años, aunque bien vestido. Pelo ralo y blanco. Las orejas, inauditas. En su mano lucía un bastón con cabeza de metal, y sus ojos, sus ojos parecían traspasar mi cristalino, a pesar de su ceguera. Porque, sí, aquel hombre era ciego. Me asusté por las coincidencias. Me alarmé por la imposibilidad. El parecido con el escritor de Tucumán era sorprendente, pero absurdo sólo pensarlo ¿porqué habría fijado sus ojos vacíos en mi? ¿Acaso me conocía? De pronto, me urgió que aquel carrusel cesara su movimiento. Tal era mi deseo de acercarme al extraño e interrogarle, que me ahogaba.

Cuando bajé, aquel hombre ya no estaba allí. Pero le vi alejarse calle abajo. Caminaba con la celeridad que le permitían sus viejos pasos, casi escapando, o ¿acaso pretendía que le siguiera? ¿qué querría que supiera? Le seguí lo más cautamente que pude a través de las calles parisinas hasta llegar a la orilla del Sena. Él seguía sin descanso su andadura. Se dirigía hacia los quais, aquellos paseos que flanquean el río y en donde los vendedores ofrecen joyas literarias. Súbitamente y mientras le observaba oculta desde un rincón, arrebolada por el cielo, aquel hombre se detuvo en un puesto de libros, volteó la cabeza una vez más hacia mí, y a los pocos segundos, se había desvanecido como un fantasma de humo.

Primero temblé y después, me dirigí hacia ese puesto. Nada había de extraño en él. El vendedor canturreaba con un pitillo entre los labios, mientras colocaba postales de mujeres desnudas de los años veinte.

De entre todos los libros que estaban expuestos allí, me fijé en un uno que irradiaba luz. Pero al parecer nadie podía verlo más que yo. Esa luz, brillaba sólo para mi. Sentí miedo. Era una edición francesa, muy cuidada y elegante de La Rosa de Paracelso. Recordé aquel cuento vívidamente. Y entonces, sí. Supe quién era ese hombre que me había conducido entre tinieblas hasta allí. ¿Porqué no? ¿Acaso no lo merezco? Lo cogí con delicadeza, como si tuviera vida. Lo sostuve con ambas manos y observé la portada en piel repujada y grabada con letras doradas. Entonces lo abrí, con sumo cuidado, intentando que la magia no cesara. Estaba dedicado. Con letra furiosa se leía “La rosa resurgirá, amigo”. Y yo no podía dar crédito a lo que estaba leyendo, porque la firma, ¡la firma de aquella dedicatoria! era ni más ni menos que de Bioy Casares, amigo recalcitrante de Borges. Y ese libro estaba allí, entre mis manos. Y de porqué estaba aquel libro ahí, no hay explicación, como tampoco la hay sobre la dedicatoria de Bioy, ¿porqué le dedicaba un cuento, que no era suyo, al propio autor? Me sudaban las manos. ¿Se habría dado cuenta alguien de aquel hallazgo? ¿o sólo yo podía verlo?

Pero la armonía continuaba sin cesar y así, el librero me sonrió e hizo un gesto que cualquiera habría comprendido tal y como yo lo hice. Así que, le devolví mi mejor sonrisa agradeciéndole el regalo, guardé el libro como quien guarda un tesoro, y me marché al hotel apresuradamente.

Cuando llegué a la habitación del hotel, deseosa de poder abrir de nuevo el libro, de empaparme en sus letras, de soñarme discípula, vi que una rosa roja flotaba sobre mi cama.

Ya soy vieja, y aún no he llegado a comprender nada de aquella aventura, aunque sé que aquel caballero que leía de niño a Schopenhauer, me eligió a mi. Mi libro, o el libro de Bioy o, tal vez, el libro de Borges sigue aún inédito en mis manos, y la frase continúa resonando como una armonía en mi cabeza.

Fuera la tierra sigue girando sobre sí misma. La luna alrededor de la tierra. Y todo, alrededor del sol, en armonía. Yo, en el centro de ese universo.


Esther R.C.
2007


(Este cuento se lo dedico a mi hermano mayor.

Para ti Juan.

Ya te daré la rosa.)