lunes, diciembre 18, 2006

LINEAS

Hoy me he dado cuenta, observándome con mirada escrutadora, de que ya no soy la misma persona. A veces lo hago, -digo observarme- pero nunca trasciendo. Durante un instante me contemplo, fijo mi mirada en las pupilas, y buceo a través de mi propia negrura en busca de mí misma y de mi esencia. Da la impresión de que no me conozco lo suficiente, como si detrás de esa coraza, se escondiera un universo desconocido. “La belleza será convulsiva o no será”, que decía Bretón, y yo me dispongo a averiguarlo asomada al precipicio de mis ojos.
Sin embargo, he de confesar, que hoy me detuve en lo más superficial, no por ello menos importante. Mi coraza está algo ajada, porque empieza a ser dibujada por finos surcos. Veo líneas transversales en la frente que denotan el asombro, quizás la ignorancia, que en mi vida me asalta con vehemencia. Las cruzan, perpendicularmente y entre las cejas, unos pequeños surcos, como las púas de un peine mellado, que manifiestan severidad y que son las que más me preocupan, las más marcadas. En el extremo de cada ojo, nace, en forma de abanico, un ramillete de alegres y finas líneas; signo inconfundible de mi expresividad, de la risa y del llanto. El rictus, suavemente marcado, demuestra la parte más agradecida de mi personalidad. Las arrugas de la alegría no me molestan, sino que me complacen.
Mi hijo, que es curioso por naturaleza, me mira fijamente, quizás emulando a su mamá, y después de unos segundos, confirma, con voz seria, el número de líneas que ve en mi rostro. Cinco. Diez. Doce. Hoy, ya no soy la misma persona, pero descuiden, que estoy tranquila.