lunes, diciembre 11, 2006

EL JUEVES

Aquel día, y como todos los jueves desde hacía veinticinco años, Marisa estaba planchando. Lo hacía de espaldas a la puerta. Mojaba su dedo índice para tocar el acero y comprobar la temperatura. Si el dedo sonaba kisssssh eso significaba que la plancha estaba lista para empezar. Le gustaba planchar los jueves porque era el día en el que su marido se reunía con los socios y por lo general, llegaba tarde. Ella disfrutaba bisbiseando canciones para entretener su mente.

Pero algo la detuvo aquella tarde. Un aliento estremecedor la esperaba en el hueco de su cuello. A sus espaldas sintió la presencia de su marido, que ahora la cogía por la cintura para morderla suavemente el lóbulo de su pequeña oreja. Tras ella, la turgencia prometía una inusual velada. Marisa sonrió complacida y se dejó llevar. Su sangre fluía vertiginosa y la sentía en su piel, ardiente. Se dio la vuelta, le miró a los ojos y se devoraron. Marisa se abandonó a la locura añorada y no puso objeciones cuando él le arrancó la ropa. Entonces una risa sonora y llena de vida nació de su garganta, rompiendo por un momento el mágico rumor del deseo.

Hicieron el amor como nunca lo habían hecho antes. Él la tomó con una fuerza desconocida, casi salvaje. Terminaron exhaustos. Ella, de espaldas a él, aguardaba para recibir un beso suyo, un beso concluyente. Cuando lo hubo obtenido oyó el crepitar de los muelles, después se sintió sola. A los diez minutos, escuchó cómo se cerraba, de un portazo, la puerta que da a la calle. Supo así que él se había marchado. Entonces, durmió como una niña.




Llevaba tiempo pensando en esa posibilidad. Su único deseo era hacerla feliz. Creyó que el día propicio sería el jueves. Y fue así como determinó hacerlo. Ese jueves no fue a la reunión del despacho, sino que esperó nervioso sentado en la mesa de un bar, dejando que los minutos siguieran avanzando, paladeando los pensamientos, reconcomiéndose con ellos, mirando el vaso vacío como si esperara de él algo más que un simple refresco. Se mantuvo impasible, hasta que por fin le vio entrar por la puerta del bar.

Venía tan acelerado que casi no tocaba el suelo. Cuando estuvo frente a él, cogiendo el aliento que le faltaba le dijo soltando las llaves sobre la fría mesa, Ya está, lo he hecho. Él esbozó una sonrisa forzada, confirmando su deseo. Así concluyeron, sin cruzar una palabra más sobre aquel asunto. Cogió las llaves que le habían tendido sobre el mármol y las guardó en el bolsillo de su pantalón arrugado. Se levantó, se dio la vuelta y se fue a casa, dejando todo muy lejos, más de lo que pudiera imaginar. Ese día, cuando llegó a casa, su esposa le esperaba, por fin, radiante.