martes, diciembre 05, 2006

LA NOCHE


Algo la despertó, aquella noche de diciembre y después, la arrojó de la cama. Tuvo que darse algo tiempo antes de reaccionar para recuperar la cordura y saber si todo lo que sentía era real o sueño, orientarse en la habitación oscura. A tientas fue al cuarto del niño que gemía invadido de pánico. La criatura tenía un perro dentro que le oprimía el pecho y no le dejaba respirar. Su tos salía en forma de ladrido y sus ojos, suplicantes, miraban a su madre, esperando la solución. Ella cogió al pequeño de la mano y lo condujo al salón, aún torpe por el sueño roto. Abrió la ventana y juntos se sentaron a respirar la fría noche y a observar la magia de la penumbra.

Una madre y un niño miraban por la ventana de madrugada, y la quietud de la noche les invitó a disfrutar del silencio. El viento fresco abrió al niño nuevos caminos para respirar. El murmullo de los árboles llamaba la atención del pequeño, que los miraba entre dulces caricias y templados besos. Así empezó a serenarse. La luna, misteriosa, les observaba desde un cielo plagado de nubes. Los sueños viajaban de ventana en ventana mientras la ciudad dormía. El pequeño, vencido por el cansancio, fue sumiéndose en un apacible sueño, mecido por los susurros de las hojas húmedas. Al fin, parecía que aquel perro se había quedado dormido, o quizás se hubiera marchado por donde había venido. Ahora podrían descansar. La madre cerró la ventana y la noche siguió fuera durante un buen rato más