martes, noviembre 28, 2006

EL PASEO

Aquella muchacha leía distraídamente mientras caminaba, sobre un manto amarillo de hojas secas que, como cada otoño, cubría el paseo. Vestía un gorro de lana y su pelo rizado, siempre rizado, asomaba largo y suelto por los lados, cubriendo sus hombros. Sostenía el libro con ambas manos, como si mantuviera entre ellas a un pequeño pájaro recién caído de su nido. Su parsimonioso caminar se antojaba pueril. A veces parecía detenerse, así, de repente, quién sabe si motivado por su creciente interés ante aquella historia, y lo reanudaba, al terminar la frase. Quizás ella aún no había sucumbido, como otras personas, ante la imagen impuesta, la imagen no selectiva que, como un canto de sirenas poco piadosas, ofrecía la sociedad. Es posible que esa joven, aún creyera en la magia que la palabra escrita puede ejercer en el alma. Viéndola a ella, es fácil respirar con cierto alivio y pensar que habrá que tener esperanza. Será cuestión de tiempo entonces. Creer que, algún día, se desempolvarán todos los libros que ahora duermen tranquilos sobre las estanterías, esperando latentes a ser redescubiertos.