lunes, octubre 30, 2006

NO PODEMOS SER TAN MALOS...


A las diez y media de la noche el auditorio aún no se había llenado, y la sensación que producía verlo tan vacío era fría. Faltaba el calor del público. La ausencia de coro descubría una tarima estropeada. Quizás sea pronto, pensé. Pero no lo era. De hecho, los músicos comenzaron a ocupar sus puestos sin orden aparente. Daban la impresión de no haberse arreglado para la ocasión, como si se tratara de una orquesta de bajo rango que se hubiera puesto la única prenda negra que tenía en el armario. Tanto es así, que él y yo nos miramos a los ojos y nos sonreímos con la complicidad que nos brindan los años. D. Piotr Vandilovsky aparecía ante nosotros por mi lado derecho. Su rostro parecía bondadoso. Sus ojos, tras las lentes, sonreían. El público comenzó a aplaudir. Un aplauso prudente. Cuando el silencio dominó el auditorio, la orquesta comenzó a tocar dulcemente el Aria de la Suite nº 3, BWV 1068 de Johann S. Bach, después fue el turno para el Canon en Re mayor de Johann Pachelbel, pieza por la que realmente fui y que me emocionó hasta el punto de escocerme los ojos, siguieron con Música Acuática, de Georg F. Händel, que nos transportó al Támesis, y con la que pude imaginar a Jorge I paseando orgulloso y, para terminar, Las cuatro estaciones, de Antonio Vivaldi. Aplaudimos hasta que nos picaron las palmas de las manos, todos satisfechos, ellos y nosotros. Perdonen mi torpeza y mi ignorancia, porque soy nula en este campo, pero pienso yo, que si el hombre es capaz de crear algo así de bello, de vivirlo, de interpretarlo y de sentirlo, entonces no seremos tan malos ¿no?