jueves, septiembre 28, 2006

EL CRUCE

Mientras caminaba, pensaba en todo lo que le diría cuando la viese. Sabía que por aquella zona era fácil mantener un encuentro fortuito. En su cabeza se amontonaban las palabras, las frases que necesitaba decir y repetía, una y otra vez, la futura conversación que los uniría de nuevo. Le diría cuánto la quiere, cuánto la echa de menos y cómo añora la recogida de caracoles en la bañera, le diría que la nocilla ya no sabe igual... le diría tantas cosas. Allí viene. ¡Qué guapa! ¡Oh, es él! Diosdiosdiosdios es él. ¿Y ahora qué le digo? ¡ay dios! Hola Ana. Hola, dice ella. Cuánto tiempo ¿no?, pregunta él. Sí, contesta ella. ¿Cómo estás, Ana? ¡Ah, muy bien! ¿y tú?. Bien, bien... si, muy bien, de hecho... estoy mejor que nunca, contesta él. ¡Vaya, me alegro!, bueno me marcho, tengo prisa, dice ella. Bien, vale... ¡Ana!, dice él. Dime. ¡Hasta pronto! Ciao. Y ella siguió caminando en sentido opuesto al de él. Y él siguió caminando en el sentido opuesto a ella.